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Muerto el perro
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CLAROSCUROS


Muerto el perro


03/01/2007

CARLOS Rivera

En el decurso lineal del tiempo, entre un año que termina y otro que comienza no hay frontera para el discurso fundamentalista de la barbarie. Barbarie es que la primera potencia del mundo occidental entregue a un dictador como Sadam Hussein para ser ahorcado por sus enemigos religiosos y políticos. Morir en la horca suena a medioevo moral y es posible que algunas mentalidades contemporáneas moren en ese pasado de claroscuros de la historia del hombre que no aprende de sus errores. Tras un juicio sin las debidas garantías procesales, ese señor feudal llamado George Bush ha conseguido que retrocedamos en el tiempo hasta la edad de las brujas de Salem, los sacrificios humanos de los aztecas y la Inquisición española. Ha muerto ahorcado un dictador islámico y podemos visualizar en la red de redes su imagen en el árbol del patíbulo para el morboso chismorreo de los internautas. No hace mucho murió el dictador Pinochet, en la cama y sin haber pagado tributo por sus actos genocidas. En este mundo no es todo cuestión de suerte. Cuenta que seas amigo o enemigo de la primera potencia de Occidente donde dicen que residen -¡qué ironía!- las esencias morales de nuestra civilización. En el caso de Sadam, ni eso concuerda. Cuando cometió el genocidio de los kurdos era el ahorcado compañero de viaje de las democracias de Occidente. Su dictadura sangrienta estaba bien considerada, ya que Sadam era el perro guardián de la paz estratégica de la zona de Oriente Medio. Los norteamericanos le proporcionaron las armas con las que masacró a los kurdos, esos pobres apátridas sin justicia histórica. Cabe decir que si la egolatría de Sadam no hubiera llegado tan lejos con la invasión de Kuwait y la amenaza a otro país medieval y amigo de los americanos, como Arabia Saudí, no hubiera habido lugar para las dos guerras familiares de los Bush ni ahora estaríamos hablando de esa bárbara noticia de la pena de muerte, aunque haya sido aplicada a un sanguinario dictador islámico.
La pena de muerte nos retrotrae al tiempo en el que la derecha medieval de Occidente se iba de cruzadas, que es como decir que se iba de latrocinio en el nombre de Dios a los Santos Lugares donde se supone que nació la religión cristiana. Cruzada es una palabra que no conviene olvidar, pues continúa vigente en estos tiempos de la globalización, que no son moralmente mejores que los del medioevo. La palabra cruzada encierra en sí misma esa doble moral de la ley del embudo tan cara al pensamiento conservador. Estaba cantado que Sadam Hussein, cuando se le subió a las barbas a los americanos, era el objetivo de los nuevos cruzados de la fe que mezclando en sus objetivos intereses económicos y políticos se fueron a las guerras de los Bush cuando el precio estratégico del petróleo y el ataque a las Torres Gemelas proporcionaron la perfecta excusa. Uno de los enemigos, Sadam, estaba bien señalado. El otro, Bin Laden , otrora socio norteamericano, era y continúa siendo el enemigo invisible para justificar el terrorismo de Estado como estrategia geopolítica global.
El mundo de hoy es un mundo amalgamado de razas, intereses económicos, sentimientos religiosos y posiciones culturales que, como escribió Umberto Eco , "es una madeja que no se puede devanar sin destruir". De ese juego peligroso eran conscientes los norteamericanos y los aliados que lo apoyaron en la última guerra que ha dejado a Irak en un estado deplorable. Muerto el perro no se acabará la rabia. Crecerá exponencialmente.
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