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FUMARADAS
El visitante
27/12/2006
CARLOS Rivera
Cada año que pasa y que me pesa me resulta más grato decirle adiós al visitante accidental que es el Espíritu Navideño, un sujeto bastante deteriorado y confuso en el que en otro tiempo confié. Nunca me dijo a donde iba ni de donde venía. Ni a mí me importaba. Ni recuerdo en qué año lo conocí. Sólo sé que aún vivián mis abuelos. Eran los tiempos de la postguerra y el visitante venía demacrado. Tenía una mirada evasiva y sólo llegaba a ciertas casas de mi pueblo. El me trajo los primeros mantecados y una espada de madera para jugar a ser como el Guerrero del Antifaz. Otro año me regaló un avión de aluminio con el que solía volar por los ingratos cielos del insomnio sobre las casas de La Coronada. En ocasiones era algo mentiroso, como cuando hablaba conmigo y con mis hermanos y nos prometía bicicletas para el verano como en la película y novela de Fernando Fernán Gómez , aunque nunca llegamos a verlas . Por aquellos años el Espíritu Navideño tenía los bolsillos vacíos, como casi todo el mundo. De todas maneras, durante parte de mi infancia llegamos a cultivar una amistad sincera. Lo ví crecer económicamente y hacerse asíduo de casi todos los hogares. Repartía caramelos de café con leche y nos hacía cantar en la iglesia aquel villancico catalán del "fu, fu, fu" que tanto me gustaba. Mi padre lo sentaba a la mesa de Nochebuena y el nos contaba cuentos de azúcar. Aquel Espíritu Navideño tenía buen carácter y a los niños nos encantaba su presencia. En su honor, la víspera de la Navidad ibamos a recoger gamones con los que hacíamos unas antorchas admirables y recorriamos las calles de La Coronada. Hice en la Facultad de Filosofía un trabajo de campo de antropología a propósito de tal rito de purificación. Al paso de los años el visitante accidental se siguió dejando ver aunque ya no le presté tanta atención. Sólo en los primeros años de la infancia de mi hijo volví a sentirme a gusto con su presencia. Me acompañaba para las compras de los juguetes. Me ayudaba a poner el belén y el árbol, aunque esto último lo hacía de mala gana. El Espíritu Navideño, como buen cristiano, no estaba muy de acuerdo con Papa Noel y con Santa Claus. Los consideraba unos luteranos de poca monta promovidos y patrocinados por la multinacional por excelencia: la Coca-Cola . Acabó por aceptarlos e incluso se iba con ellos a tomar unas copas, aunque nunca dejó de considerarlos unos indivíduos engreídos de dudosa reputación que venían a robarles la ilusión a los niños. Por culpa de ellos mi hijo, a los seis o siete años, dejó de creer en los Reyes Magos. Los nuevos padres comenzaron a dejarles los juguetes a los niños en el árbol de la Navidad. El Espíritu Navideño, aunque a regañadientes, iba aceptando las nuevas costumbres como un mal menor. Como era de prever le entró un furor consumista, como a todos nosotros. Comenzó a emborracharse y a discutir en las comidas de empresa. Se fue paganizando de tal manera que tenía la tarjeta de El Corte Inglés. La Navidad, que el representaba, se convirtió en un simulacro de lo que había sido. Y así me lo encontré, una tarde de estas, deambulando como un perro callejero, con los bolsillos vacíos, y, lo que es peor, con el corazón vacío. Lo ví sentado a la puerta de una iglesia pidiendo dinero para regresar a su extraño país que no figura en los mapas. Y no me reconoció. En ese instante supe que estaba pasando un mal momento. Había pasado la Nochebuena en una casa para transeuntes a donde lo habían llevado Cayetano Peláez y sus amigos.
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Carlos Rivera
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