DINASTIAS
CARLOS RIVERA
¿Qué quedará de estos señores que están gobernando en España cuando pierdan, un suponer, las próximas elecciones?. Por el gusto historicista tan caro a los habitantes de nuestro patio de vecindad a lo mejor se les llama “antiguo régimen”, como al felipismo o al franquismo. Claro que está por ver que pierdan los próximos comicios. Igual se convierten en dinastía como los Austrias o los Borbones. Algunos ya se están viendo como Mayor Oreja I o Rato I o Rajoy I, con lo que los liberales o derecha de ahora podrían ser como los reyes godos cuyas monarquías eran electivas. No tiene gracia la cosa porque pudiera hacerse realidad ese chiste que circuló por ahí en anteriores gobiernos de Aznar. El chiste cuenta que muere un viejo franquista y va al infierno de los dictadores en el que se hallaba- ¡como no!- el Hijo Predilecto de El Ferrol. Franco le pregunta como andan las cosas por España y el otro le responde que España va bien. ¿Quién está gobernando, inquiere el que fuera llamado caudillo?. Aznar, mi general. ¿El hijo de mi director general de Prensa?. No, señor, el nieto. ¿Y quien está de portavoz del gobierno?. Pío Cabanillas. ¿Todavía vive Pío?. No, mi general, es su hijo. Y en Inmigración está Fernández Miranda. ¿Torcuato, pregunta Franco?. No, mi general, su hijo. Y en Galicia manda Fraga. ¿El hijo, supongo?, dice Franco. No, excelencia, el mismo, el de siempre. Y Franco, relajado, contesta : ya decía yo que lo dejé todo atado y bien atado. Pues podría ser, seamos pesimistas, y que el aznarismo liberal se convierta en dinastía política electiva como las de los reyes godos. Lo de liberales, es un decir, nada tiene que ver en estos señores con aquellos cuyo ámbito político en España fue heredero de la Revolución Francesa. Ni con Riego, uno de sus mártires. Ni con aquellos que lucían escarapelas con la leyenda “libertad o muerte”, se subían a las mesas de los cafés antiguos para perorar y que se distinguían por liarse a estacazos con el absolutismo. Hoy no está muy claro que sean liberales o sean absolutos, de la manera que están gobernando. Hoy está todo tan confuso que Rodríguez Zapatero puede ser un Sagasta, es decir, una izquierda más o menos populista y Aznar o Mayor o Rato unos Cánovas de conservarlo todo, especialmente el poder, de cuya erótica, como bien sabemos, nadie se libra. En esto de los nombres de las ideas hay una confusión de mil diablos. Algunos de nuestros conciudadanos no distinguen entre izquierda y derecha. Es por culpa de la aventura histórica de las palabras que se van quedando sin contenido con el uso y con el abuso. Lo único cierto es que siempre mandan los de siempre porque hasta la llamada izquierda cuando toca poder se le pone una cara de miedo que dan ganas de no votarla. Santiago Carrillo, que es un tío muy listo, dijo cuando gobernaba Felipe : ellos creen que tienen el poder pero sólo tienen el gobierno. No como los de ahora que juntan en un mismo poder el político, el económico, el mediático y todo lo que se pueda conjugar por activa y por pasiva con esa palabra (poder) de cuyos actos nos apercibimos cuando confunde la “p” con la “j”, como suele ocurrir. En fin, cuando se vayan estos señores que nos están gobernando, a lo mejor los llamamos “antiguo régimen” y “nuevo” al que venga. Y dale con la aventura de las palabras si, en el fondo, todo va a ser lo mismo para los perdedores de las elecciones que serán los de siempre, usted y yo y el vecino de al lado. Claro que uno tiene su corazoncito y le gustaría que estos señores que tan bien lo han hecho con los que ostentan el poder verdadero, nos dejaran en paz a los que nunca lo tuvimos y que venga Sagasta Rodríguez Zapatero y que no nos confunda la orientación, a ver si de una vez acertamos y comenzamos a llamar a las cosas por su nombre. De no ser así nos volveremos a liar y al nuevo régimen lo llamaremos antiguo si vuelven con la aplicación de las recetas liberales como el Tony Blair en Inglaterra. No sé qué manías les ha entrado a todos con la palabra “liberal”. Parece como si quisieran vendernos algo. Habrá que recurrir a la hermeneútica para entenderlos.
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