|
|
|
Inicio
»
Artículos de opinión (1998-2003)
|
Versión Imprimible
|
|
» Devaluaciones |
DEVALUACIONES
CARLOS RIVERA
Está bien eso de sacar los libros a la calle, aunque sea en un solo día del año, ya que la calle no acude a los libros. Incluso es políticamente plausible que un ministro o un concejal participen en uno de esos maratones de lectura del Quijote tan de moda por la fecha de cada 23 de abril (tan de atípica moda, porque ¿cuándo estuvieron de moda los libros?). Al menos el ministro o el concejal van a conocer de buena tinta un capítulo de la obra inmortal de nuestro Cervantes. Algo es algo. Porque conocer el libro entero no lo recuerdan ni los más viejos de todos los lugares de esta plaza mayor llamada España, un país que no lee o que sólo a medias lee, según esas encuestas al uso. En una de ellas, en internet, resultaba que nadie o casi nadie había leído el Quijote como es debido, es decir, completamente. Ni siquiera aquel Quijote escolar que habían conocido por obligación y según el capítulo que les mandara leer el maestro en la escuela de la infancia. A resultas de las curiosas encuestas yo debo de ser una de esas extrañas criaturas que en la adolescencia vertiginosa ya se había empapado de la aventura de dos ilusos que resultaron ser los seres más lúcidos y sensatos que he conocido. Tal vez por eso nunca estuvieron de moda en ningún tiempo y lugar. El código de los caballeros andantes es indescifrable para la mayoría de los que están inmersos en asuntos del sentido común que, como bien se ha dicho, es el menos común de los sentidos. Ni Don Alonso Quijano ni Sancho Panza pueden ser entendidos a la luz de la cruda realidad de la vida. Mejor dejarlos yacentes en sus sueños de personajes peligrosos y rematadamente locos por haberse metido en tantos berenjenales ajenos. Mejor dejar que el libro de Cervantes repose en las estanterías sin adentrarse en su lectura, por si pudiera ser contagiosa y desviara nuestra atención de los asuntos terrenales que nos quitan pero no nos dan los sueños. No es extraño, pues, que nadie o casi nadie haya leído completamente el Quijote. Y ¿qué digo el Quijote?, ni siquiera otro libro desde la escuela elemental, como confiesa la mitad de los españoles. El proceso de cretinización general ha permitido que el juicio de la lectura sea absolutamente refractario para una sociedad sin más plusvalías mentales que la plusvalías económicas. Así es imposible saber de buena tinta, que es un dicho español, de qué lado de la razón se está, si la razón sólo se nutre de la basura ideológica de la mayoría de los medios al uso. Así que nada tiene de extraño que la gente no lea. Lo verdaderamente extraño es que haya gente que escriba y que nuestra producción editorial aumente cada año. Será lo que decía José Jiménez Lozano, que el libro, como tal, se ha convertido en un objeto socialmente apreciado como regalo o adorno, lo cual, a mi entender, sería una degradación del libro como objeto cultural. Lo que nunca se ha cumplido es aquella apreciación de Heine de que el destino de los libros va unido al destino de los hombres y que si los libros fueran quemados en la hoguera los seguirían los hombres. En las hogueras y en el expolio de la Biblioteca de Bagdad lo que hemos visto, por el contrario, es la desaparición de un inapreciable tesoro cultural ante la pasividad de los espectadores iraquies y americanos. Eso nos lleva a la desoladora conclusión de ¿a quién le importan los libros?. Si hasta los presidentes de gobierno que dicen leer a los poetas se han involucrado, con su apoyo a la guerra, en ese espectáculo ignominioso, habrá que entender que hemos retrocedido milenios de inteligencia humana si es de recibo anteponer la salvación de un pozo de petróleo a la salvación de la Biblioteca de Bagdad o de su Museo Arqueológico. El oro ideológico de la cultura es una absoluta banalidad para el poder en comparación con el oro negro de una civilización que se ahoga bajo el octanaje y la potencia de sus automóviles. Ahora que no parece haber fronteras por la controvertida globalización crecen, alarmantemente, las fronteras mentales. McLuhan ya anticipó el futuro, que no ha significado ciertamente el acta de defunción del libro, sino su progresiva devaluación. Paralela a la devaluación inteligente del ser humano.
| Importante:
Se permite la reproducción de los textos siempre que se
cite la fuente |
|
Carlos Rivera
»
Artículos de opinión (1998-2003)
» Respuesta |
Envía este
artículo a un amigo CLICK
AQUÍ |
|
|
|
|
|
|