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FUMARADAS


Olivo


13/12/2006

CARLOS Rivera

En el Valle del Guadiato, donde nací, no hay muchos olivos. Sin embargo, en los corrales de las casas de La Coronada y de cualquier otro pueblo o aldea de la sierra de Córdoba este árbol icónico de nuestra cultura mediterránea está presente como un viejo símbolo de la autarquía para el consumo familiar. Hubo tiempos peores en los que el alimento de pan con aceitunas bastaba para consolar el estómago de los pobres de sus penurias de postguerra. El olivo discreto de la sierra no da grandes cosechas, pero está ahí, en los valles del Guadiato y de los Pedroches, como un árbol autárquico compartiendo con la milenaria y recia encina su atributo de dignificador del paisaje. Como está en la campiña cordobesa, en las tierras de Jaén y Palestina, en el mezzogiorno italiano y en Delfos, en Sicilia y en Mallorca con su mitológica abundancia para unto de los dioses paganos y del pagano pan dorado con su savia milenaria acompañando al café del desayuno. Estos días del otoño en la remota Olimpia, en Baena y en Getsemaní, el árbol mediterráneo por antonomasia está siendo zarandeado por las varas de los inmigrantes en cuyas manos anidan el sufrimiento del destierro y el desarraigo de la pobreza extrema. Dicen que la cosecha de este año es abundante pues vinieron las témporas benévolas y que en este otoño cálido de 2006 las aceitunas son grandes como uvas. Ya he probado las de Montoro con su punto de orégano y su color amarillento que ennegrece de modo gradual. Pan y aceituna, como en los viejos tiempos, tomo por cena alguna noche. Es el mismo alimento de los dioses del panteón griego y del panteón romano de cuando Grecia y Roma y el olivo dominaban la Historia. Nada queda de aquel viejo poder sino el olivo, resistente a las sequías de los más acérrimos secanos. Arbol que se me antoja luminoso y eterno como su aceite de la vida desde Agrigento hasta Baena, desde el Tirreno a Tarragona.
La flor del olivo es como la flor del aire que desde Homero extiende su cantata de civilizaciones. Los poetas, además, le otorgamos al árbol un contenido filosófico pues fue junto a la sombra del olivo donde nuestros antepasados mediterráneos nos dejaron la herencia de sentirnos libres, presocráticos, pitagóricos y ecuménicos, razones por las que la Unesco debería considerar declararlo patrimonio de la mediterraneidad de donde nace la cultura de Occidente. Patrimonio de la Humanidad, por lo tanto, considerando que reyes y emperadores de antaño eran ungidos con el zumo del aceite de la vida. Considerando que la simbología del olivo en nuestra cultura está implícita en todas las manifestaciones de la literatura y el arte. Considerando su perdurabilidad a lo largo de miles de generaciones que a la sombra de este arquetipo de perfección vegetal han influido en la historia de Europa y en la historia del mundo. Desde Salamina a Troya pasando por Bailén el olivo ha contemplado todos los esplendores y decadencias de nuestra civilización milenaria.
Goethe decía, como buen centroeuropeo, que el árbol más completo y más señorial era el roble: "ver la grandeza de un roble es contemplar la naturaleza en su expresión más sublime". Es otro cantar. Nuestro olivo, simbólicamente, es expresión de vida por las múltiples utilidades gastronómicas de su fruto. Y, sobre todo, es un ejemplo de supervivencia cuando el invierno, su mayor enemigo, lo deja solo frente a los vientos y las nieblas húmedas sin que menoscaben su dignidad escarchada a la espera de que el sol y el aire de la primavera alienten su floración .
Importante: Se permite la reproducción de los textos siempre que se cite la fuente
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