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CAJAS DE ZAPATOS


CARLOS RIVERA


En cajas de zapatos guardábamos, de niños, nuestros tesoros más preciados : aquellos cromos de futbolistas que venían en los sobrecitos del azafrán ; los de artistas de cine, de cuando el cine era la burbuja de las ilusiones. El cromo de la belleza desvanecida por la muerte de Ana María Pier Angeli fue mi primer amor verdadero y tuve que decirlo en un poema cuando dejé de ser niñó y desterré mis cajas de zapatos al inútil desván de la memoria. Pero no sólo había cromos en aquellas cajas que tuvieran alma como la tuvieron mis escasos juguetes. Servían también para guardar grillos, gorriones, gusanos de seda, encantamientos, sortilegios y un sinfín de músicas de los días azules, como el cabello de la trenza rubia de una niña de cuyo nombre no puedo acordarme.
Se cuenta que Doña María Moliner, que dio luz y palabras a nuestro bello idioma, guardaba en cajas de zapatos las fichas de su maravilloso “Diccionario de uso del español”. Lo supe por Gonzalo Santonja a quien también le llegó el infundio propalado por no recuerda quien. De los infundios salen muchos gozos y muchas maldades. Por infundios, con pruebas imaginarias, se desencadenó la absurda guerra de Irak cuyo dolor perdurará muchos años en nuestras conciencias. De los malos infundios líbrenos el destino pero no de los buenos, que pueden ser habitados por un rumor de hadas, por una venturosa víspera, por un alcance mágico, por un qué y por un cómo que nos mantiene a la espera de algo que puede ocurrir y que nos hará más grato el dulce transcurso de las horas. Creer en los infundios es como caer en el trance de una aventura con resultados inimaginables. A los que son mayores que yo les he oído contar que hubo en nuestra ciudad, allá por los años cuarenta o cincuenta, un señor llamado Don Primitivo, castellano y funcionario de Hacienda, que, al parecer, se lo creía todo. Un día le dijeron a tan crédula persona que había aparecido una ballena junto al Puente Romano. Y allá que se fue Don Primitivo a contemplar el prodigio, con la mala fortuna de ser atropellado por uno de los escasos automóviles que entonces circulaban, a la altura del Alcázar de los Reyes Cristianos.
De infundios con malos o con buenos presagios están llenas las horas de la vida como las viejas cajas de zapatos de mi niñez estaban llenas de nubes de la eterna ilusión y las de Doña María Moliner de fichas del diccionario. Y las de Rafael Alberti, de cuyo nacimiento ya se ha cumplido el centenario. Miles de cajas de la vida del poeta que pintó el azul y con el azul pintó su tiempo llegaron a la Fundación que lleva su nombre en el Puerto de Santa María. Esta vez no se trataba de un infundio. Miles de cajas de zapatos repletas de cartas, facturas, recibos, talones sin cobrar, dietas de actos a los que había sido invitado Rafael... Un almacén de fragmentos y vicisitudes incoclusas y relaciones desinteresadas contenidas en cajas de zapatos como pruebas de una existencia longeva y desorbitada como sus poemas y sus prosas, sus amigos y sus enemigos. Humildes y cotidianos envoltorios de un genio atribulado por el cartero que llamó mil veces a su puerta. Cajas con ilusiones desvanecidas, con billetes de trenes nunca tomados, con ofertas como la de un editor griego que le ofrecía mil dólares por la exclusiva de “La arboleda perdida”. Cajas con la correspondencia de Dámaso Alonso, de Ella Bransquinscaya, su traductora al ruso, como un recuerdo de caracolas perdidas en la arena del tiempo.
Debajo de las numerosas camas del exilio de Rafael Alberti habían dormido aquellas cajas de zapatos esperando, como la mano de nieve del arpa de Bécquer, que alguien las despertara y abriera su misteriosa música al infundio de la curiosidad. Las de Doña María Moliner eran como más lógicas : el trabajo titánico de difundir a la clara epifanía del tiempo las palabras del bello idioma castellano. ¡Cuántos años, cuánta vida, cuánto sacrificio, cuánta luz, cuánta sombra, pueden contener unas humildes cajas de zapatos!. En ellas los tesoros de la niñez. Los grillos. Los gusanos de seda. El cromo, ajado por la muerte, de la bella Ana María Pier Angeli. Cartas de amor con el liviano cabello rubio de una niña. Con el amor primero. O con el último. El que nunca será confesado.
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Carlos Rivera » Artículos de opinión (1998-2003) » Respuesta

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