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FUMARADAS
Venenos
06/12/2006
CARLOS Rivera
Al paso que lleva Putin , neozar de Rusia, acabará pareciéndose a nuestro decimonónico general Narváez , quien a la hora de su muerte y al preguntarle el cura si perdonaba a sus enemigos pronunció una sentencia lapidaria: "No tengo enemigos. Los he matado a todos". Una larga ristra de asesinatos de opositores políticos, periodistas, espías y otros cadáveres menores jalonan macabramente el no largo trayecto político de Putin. A ese negro haber habría que incorporar los cientos de muertos inocentes producidos por los asaltos contraterroristas de la escuela infantil de Beslam y del teatro Bolshoi. Amén de los innumerables masacrados por mandato directo del presidente ruso en las repúblicas periféricas de lo que un día fue la URSS. Los métodos son los que cambian. Los envenenamientos confirmados del agente secreto Litvinenko y del ex ministro Gaidar son los últimos de los conocidos. En ambos casos el presidente Putin ha expresado su pesar públicamente, lo que demuestra un cinismo político de primera magnitud, muy habitual en ciertos dirigentes y arma letal donde las haya a la hora de emprender una guerra (Bush Jr. ), justificar una matanza (cualquier dirigente israelita) y un largo etcétera que nos podría conducir a una sencilla conclusión : el cinismo, el fanatismo y el providencialismo son los venenos más utilizados política y religiosamente desde que el mundo es mundo. Desde niños somos adoctrinados en el nombre de Dios y en el sagrado nombre de la patria. Desde niños aprendemos a ser maniqueístas. En pequeñas dosis que duran, en ocasiones, hasta la hora de la muerte, el veneno sutil de las doctrinas de las grandes palabras penetra en nuestra mente y se extiende como un discurso posesivo en la conciencia hasta llegar a producir en el cerebro náuseas, vómitos o diarreas por el exceso de salivación del doctrinaje. Curiosamente, son los mismos síntomas de intoxicación letal que han terminado con la vida de esas personas (Litvinenko y Gaidar) a lo Putin (nuestro Narváez lo hacía más a lo bestia). El exceso de salivación del doctrinaje en la vida cotidiana no se percibe sino en forma de palabras rumiadas día a día hasta convertir al adoctrinado en el sujeto pasivo perfecto para justificar cualquier contingencia política o religiosa: una guerra, un acto terrorista, una expedición nocturna del Ku-Kux-Klan, la lapidación de una mujer adúltera, la Santa Inquisición española, un tedeum de acción de gracias tras la batalla victoriosa contra el enemigo de nuestra propia sangre. Son sólo unos ejemplos del envenenamiento colectivo que suele administrarse en pequeñas dosis desde un púlpito, desde una ikastola, desde una mezquita, desde un periódico, desde una emisora de radio. Son muchos y diversos los lugares desde los que se administran las dosis de veneno contaminadas de rencor. Hay quien las necesita para sentirse vivo cada día. Quien las ingiere, con fanática convicción, en el café del desayuno; quien las administra hablando ex cátedra. A la corta, esas pequeñas dosis de veneno no producen más efectos en el sujeto que las acepta que los de la ignorancia, el fanatismo y la ceguera de la venda del mulo que da vueltas y vueltas a la noria. A la larga, así se emprenden guerras, así se justifica cualquier crimen contra la humanidad, cualquier atentado terrorista, cualquier violación de los derechos humanos. Porque no estamos hablando de un veneno materializado. Es más sutil: es el veneno moral de los doctrinarios de las grandes verdades absolutas que alimentan el odio, la venganza y la muerte.
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Carlos Rivera
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