ALUMBRADOS
CARLOS RIVERA
La mirada poética de un artista puede atravesar el tiempo a la búsqueda de su identidad. En un poema, en un cuadro, en una música, en una película de cine, puedes buscar ese matiz genealógico que te distingue, uno entre tantos, en la construcción de tu propia historia. Víctor Erice, que nació en la postguerra como yo, pintó un cuadro poetizado de aquel tiempo en aquella maravillosa película suya, “El espíritu de la colmena”. Ahora ha vuelto a reincidir con un “Alumbramiento” de doce minutos de duración en el largometraje “Ten minutes older. The trumpet”, un ejercicio de estilo sobre la identidad personal y metáfora sobre una época. Tengo albumes de foto de mi madre el año en el que comienza la acción de la joya cinematográfica de Víctor Erice (1940). Era mi madre joven y a finales de aquel año estaba encinta de mí. Lógicamente, no puedo recordar ni reconocer esa mirada luminosa suya bajo la que se oculta el espacio de la juventud que es capaz de contener y retener todo el tiempo del mundo. Mi madre, que murió en marzo del 2000, es en esa fotografía sepia una criatura matutina en cuyo rosto el aire se serena con los destellos de un amor genesíaco hacia el incierto fruto de su vientre. Nada semejante a la devastación final de su mirada, lo que reduce a ilusoria toda la veracidad pluscuamperfecta que refleja aquel retrato. En los neblinosos trayectos del tiempo quedó el estupor de aquella alegría que reflejaban sus ojos y la sensación de haber sido arrastrada aguas abajo de ese río donde ella fue a tramitar su vida. El cuadro de Erice es una metáfora precisa del tiempo detenido con imágenes que conforman una trama silenciosa, un discurso en reposo con las horas suspensas en instantáneas como la cuna de un niño dormido, la madre aletargada, el abuelo haciendo solitarios, otros niños jugando en la calle. Tal si fuera un album intemporal de un lugar, de una época, que yo recuerdo como en una historia que no me ha sucedido sino como una apariencia de la que no tengo certezas o un paisaje difuso e inocente del que no tengo memoria exacta sino esa imprecisión que tan bien definió en un poema Jaime Gil de Biedma : “Así que apenas puedo recordar / que fue de varios años de mi vida / ni a donde iba cuando me desperté / y no me encontré solo”. En este último verso, con el que me identifico plenamente, parece que comenzara el tiempo, el verdadero alumbramiento, la auténtica ruptura del cordón umbilical de la propia historia de uno, el momento en el que ya tenemos memoria de rostros, nombres, cuerpos, calles, juegos y la entelequia de uno mismo comienza a convertirse en realidad que recordamos con sus accidentes, contingencias, desviaciones y dispersiones de lo que es la vida, de lo que significa el pasado de aquellos niños que fuimos alumbrados en una postguerra que se nos quedó como una sombra o como una mancha oscura del tiempo sobre nuestra memoria real. En las imágenes engarzadas de ese bello trabajo cinematográfico de Víctor Erice, hay tantas heridas como iluminaciones, desde el recorte de un periódico de junio de 1.940 que anunciaba la llegada de los nazis a la frontera de Hendaya, a la ternura de la nana que una nodriza le canta al niño que acaba de venir a un mundo amenazado. Toda nuestra oscurecida infancia de alumbrados en la postguerra contuvo esa quiebra de una Europa en guerra y luego en reconstrucción. De esos años tengo la memoria imprecisa de una España que se lamía sus propias heridas y que en un poema de mi libro “Los destierros” definí habitada por “constelaciónes de cadáveres derrotados o victoriosos”, con una infancia “ahogada entre cirios y novenas” como esencia de mi matiz semántico distinguiendo la huella de aquel tiempo borroso y gris en el que fuimos nacidos a la vida aquellos niños de los años cuarenta. Alumbrados, como sugiere Víctor Erice, al descubrir en tan plástico como poético retrato el significado de las heridas de los años oscuros, de aquellos años que desvelaron nuestra primera identidad, que pasaron como una sombra sobre nuestra conciencia, antes de despertar y de saber, como se contaba en los versos de Gil de Biedma, que no nos encontrábamos solos sino en compañía de aquellos con los que construimos el discurso de nuestra historia personal.
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