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FUMARADAS
Un movimiento hedonista
15/11/2006
CARLOS Rivera
Hoy es casi imposible sustraerse a lo que un médico americano, Larry Dossey , denominara "enfermedad del tiempo". Una extraña enfermedad que produce agobio del ánimo, gente estresada, angustiada, que siente cómo la vida se le va de las manos sin apenas haberla degustado. Una enfermedad cuantificable en la economía de los países capitalistas: se dan cifras de pérdidas millonarias a causa del absentismo producido por el estrés, la primera causa de baja laboral en los países desarrollados. A finales de los años 80 se creó un movimiento de reacción a la velocidad y a la prisa. Se llamaba, se sigue llamando, el movimiento "Slow" que, vertido del anglo, es "despacio". Elogio de la lentitud , del periodista canadiense Carl Honoré , fue el primer manifiesto de ese movimiento que pretende recuperar el equilibrio, hacer las cosas más humanas y menos frenéticas. Una filosofía que yo he venido cultivando a mi manera durante gran parte de mi vida: disfrutar a paso lento de la corta existencia que tenemos. Hoy se les llama triunfadoras a aquellas personas que trabajan todo el día con la agenda repleta, con el móvil como arma de sonámbulo. Porque sonámbulos parecen aunque ellos consideran que están más despiertos que nadie, sintiendo rabia e impotencia si tienen que aguardar media hora en una cola. La espera, dicen, es un tiempo tirado a la basura. Y por eso han sustituido el nombre de la palabra "rapidez" por el competitivo de "eficacia". El virus de la velocidad compaginado con esa otra enfermedad del tiempo que vivimos, que es la aceleración histórica, ha contribuido a crear masas de agitados solitarios que, incapaces de detener el tiempo, intentan multiplicarlo. Recuerdo aquella Córdoba de la que habla Carlos Castilla en la Casa del Olivo , una ciudad tranquila, sin esa acumulación de decibelios que nos ha convertido en una de las ciudades más ruidosas de Europa. La vida, entonces, era una disposición de tiempo para leer y pasear, para ir a los viejos cines en los que ponían películas acordes con el entorno de la época, películas para sentir la vida y no la angustia de la violencia, el sexo rápido, la comida rápida, el autismo de los que ves por las calles colgados del móvil o del ipod. La sociedad frenética y angustiada de nuestros días ha disparado el consumo de ansiolíticos. Y es que los que están inmersos en el barullo no disponen de tiempo e incluso están surgiendo engendros como el azucarillo de disolución ultrarápida para no tener que remover el café de la mañana y tomarlo lo más deprisa posible. No es broma. Sucede en Japón y en Estados Unidos, como los que llaman "drive-through", una especie de funerales express que consisten en colocar el ataúd a la entrada de la iglesia para que la gente pase en sus coches, tire una flor, se despida del difunto y sus familiares y salga pitando hacia la aceleración frenética del trabajo y de la vida. "Time is money" más que nunca. La huelga de la pasada semana reivindicando diez minutos para atender a los pacientes en la consulta ambulatoria es un signo de los tiempos que más que corren, vuelan. Y es que bajar el ritmo, en el mundo frenético de hoy, supone trabajar menos horas, ganar menos dinero y consumir menos. Un axioma letal para la incierta felicidad del individuo estresado. De ahí que estén surgiendo movimientos antiprisas y hedonistas como el movimiento "slow" y la utopía social de las "cittás slows", una red de ciudades que apuestan por desacelerar y recuperar el gusto por la vida.
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