Dos poemas de Enrique Díez-Canedo
El desterrado
Todo lo llevas contigo, tú, que nada tienes. Lo que no te han de quitar los reveses porque es tuyo y sólo tuyo, porque es íntimo y perenne, y es raíz, es tallo, es hoja, flor y fruto, aroma y jugo, todo a la vez, para siempre. No es recuerdo que subsiste ni anhelo que permanece; no es imagen que perdura, ni ficción, ni sombra. En este sentir tuyo y sólo tuyo, nada se pierde: lo pasado y lo abolido, se halla, vivo y presente, se hace materia en tu cuerpo, carne en tu carne se vuelve, carne de la carne tuya, ser del ser que eres, uno y todos entre tantos que fueron, y son, y vienen, hecho de patria y de ausencia, tiempo eterno y hora breve, de nativa desnudez y adquiridos bienes. De aquellos imperturbables amaneceres en que la luz de tu estancia se adueñaba tenue pintando vidrios y cuadros, libros y muebles; de aquellos días de afanes o placeres, de vacilación o estudio, de tenso querer, de inerte voluntad; de cuantos hilos tu vida tejen, no hay una urdimbre quebrada ni un matiz más débil. .. Nadie podrá desterrarte de estos continentes que son carne y tierra tuya: don sin trueque, conquista sin despojo, prenda de vida sin muerte. Nadie podrá desterrarte; tierra fuiste, tierra fértil, y serás tierra, y más tierra cuando te entierren. No desterrado, enterrado serás tierra, polvo y germen.
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Preludio
El caballero duerme; la vida, en torno, calla. Noche y paz. Una tregua después de una batalla. Sobre la tierra donde reposa el caballero, junto a su cuerpo yacen un laúd y un acero Una ronda fantástica de figuras esbeltas que abandonan al aire sus cabelleras sueltas, cabelleras que tienen resplandores triunfales, demoniacas o angélicas, nocturnas o aurorales; una ronda fantástica de figuras que vienen cogidas de las manos; de figuras que tienen la misma faz: hermanas, de un mismo amor nacidas, y luego separadas hacia diversas vidas que en sus rostros iguales, con desiguales besos, han dejado distintos ideales impresos, una ronda fantástica se aproxima al durmiente, cada hermana, inclinándose, le da un beso en la frente. Cuando aquel caballero de su reposo vuelva, ya matinales preces recitará la selva y el cantar de los gallos vigorosa alegría pondrá en el afanoso tragín [sic] de la alquería, y sobre la quietud campestre y aldeana volará el religioso tañir de la campana, y del cielo magnífico disolverá el añil los penachos de humo de la ciudad fabril, y viajará en los trenes la muchedumbre errante de Norte a Mediodía, de Poniente a Levante, y por todos los mares que limitan la tierra cruzarán los navíos y habrá paz y habrá guerra: todo el vario y constante vivir tumultuoso, cuando aquel caballero vuelva de su reposo, dirá, sereno y libre, de sus sentidos dueño: Las Horas de mi vida cruzaron por mi sueño. Requiriendo el laúd, en estancias sonoras dirá las armonías ocultas de las Horas. Cantará el equilibrio de la Hora tranquila en que el mar exploró de una zarca pupila. Cantará la dulzura del agreste paraje que de una grata Hora fue plácido paisaje. Cantará, melancólico, la Hora postrimera que vio el desvanecerse de una hermosa quimera, de una estrella volante que en el cielo naufraga, de una luz vacilante que fenece y se apaga. Cantará de una Hora la majestad: de aquella que ha dejado en la vida la más profunda huella de esperanza o de angustia, de goce o de dolor, de inquietud o de calma, de amor o de rencor: de la Hora solemne, decisiva y suprema que remata una vida y es coroza o diadema. Como aquellas figuras ensoñadas, los versos, en sus rostros iguales, tendrán gestos diversos. Como las cabelleras que flotaban errantes, tremolarán sus vivas estrofas ondulantes Y como las figuras cogidas de las manos, van juntos en un libro. Y a los mares arcanos de lo futuro, mares en que ninguna quilla surco dejó, se lanzan buscando ignota orilla. ¿Las estrellas del cielo cifran algún presagio? Tal vez es de victoria, tal vez es de naufragio ¡Pero adelante por el mar de lo futuro, y a combatir al viento contrario y al mar duro como si en la ignorada contingente ribera la mansión paternal sus brazos extendiera, como si un porvenir glorioso al firme anhelo prometieran triunfantes las estrellas del cielo!
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