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Dos poemas de Enrique Díez-Canedo
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Dos poemas de Enrique Díez-Canedo



El desterrado


Todo lo llevas contigo,
tú, que nada tienes.
Lo que no te han de quitar
los reveses
porque es tuyo y sólo tuyo,
porque es íntimo y perenne,
y es raíz, es tallo, es hoja,
flor y fruto, aroma y jugo,
todo a la vez, para siempre.
No es recuerdo que subsiste
ni anhelo que permanece;
no es imagen que perdura,
ni ficción, ni sombra. En este
sentir tuyo y sólo tuyo,
nada se pierde:
lo pasado y lo abolido,
se halla, vivo y presente,
se hace materia en tu cuerpo,
carne en tu carne se vuelve,
carne de la carne tuya,
ser del ser que eres,
uno y todos entre tantos
que fueron, y son, y vienen,
hecho de patria y de ausencia,
tiempo eterno y hora breve,
de nativa desnudez
y adquiridos bienes.
De aquellos imperturbables
amaneceres
en que la luz de tu estancia
se adueñaba tenue
pintando vidrios y cuadros,
libros y muebles;
de aquellos días de afanes
o placeres,
de vacilación o estudio,
de tenso querer, de inerte
voluntad; de cuantos hilos
tu vida tejen,
no hay una urdimbre quebrada
ni un matiz más débil. ..
Nadie podrá desterrarte
de estos continentes
que son carne y tierra tuya:
don sin trueque,
conquista sin despojo,
prenda de vida sin muerte.
Nadie podrá desterrarte;
tierra fuiste, tierra fértil,
y serás tierra, y más tierra
cuando te entierren.
No desterrado, enterrado
serás tierra, polvo y germen.






***************


Preludio


El caballero duerme; la vida, en torno, calla.
Noche y paz. Una tregua después de una batalla.
Sobre la tierra donde reposa el caballero,
junto a su cuerpo yacen un laúd y un acero
Una ronda fantástica de figuras esbeltas
que abandonan al aire sus cabelleras sueltas,
cabelleras que tienen resplandores triunfales,
demoniacas o angélicas, nocturnas o aurorales;
una ronda fantástica de figuras que vienen
cogidas de las manos; de figuras que tienen
la misma faz: hermanas, de un mismo amor nacidas,
y luego separadas hacia diversas vidas
que en sus rostros iguales, con desiguales besos,
han dejado distintos ideales impresos,
una ronda fantástica se aproxima al durmiente,
cada hermana, inclinándose, le da un beso en la frente.
Cuando aquel caballero de su reposo vuelva,
ya matinales preces recitará la selva
y el cantar de los gallos vigorosa alegría
pondrá en el afanoso tragín [sic] de la alquería,
y sobre la quietud campestre y aldeana
volará el religioso tañir de la campana,
y del cielo magnífico disolverá el añil
los penachos de humo de la ciudad fabril,
y viajará en los trenes la muchedumbre errante
de Norte a Mediodía, de Poniente a Levante,
y por todos los mares que limitan la tierra
cruzarán los navíos y habrá paz y habrá guerra:
todo el vario y constante vivir tumultuoso,
cuando aquel caballero vuelva de su reposo,
dirá, sereno y libre, de sus sentidos dueño:
Las Horas de mi vida cruzaron por mi sueño.
Requiriendo el laúd, en estancias sonoras
dirá las armonías ocultas de las Horas.
Cantará el equilibrio de la Hora tranquila
en que el mar exploró de una zarca pupila.
Cantará la dulzura del agreste paraje
que de una grata Hora fue plácido paisaje.
Cantará, melancólico, la Hora postrimera
que vio el desvanecerse de una hermosa quimera,
de una estrella volante que en el cielo naufraga,
de una luz vacilante que fenece y se apaga.
Cantará de una Hora la majestad: de aquella
que ha dejado en la vida la más profunda huella
de esperanza o de angustia, de goce o de dolor,
de inquietud o de calma, de amor o de rencor:
de la Hora solemne, decisiva y suprema
que remata una vida y es coroza o diadema.
Como aquellas figuras ensoñadas, los versos,
en sus rostros iguales, tendrán gestos diversos.
Como las cabelleras que flotaban errantes,
tremolarán sus vivas estrofas ondulantes
Y como las figuras cogidas de las manos,
van juntos en un libro. Y a los mares arcanos
de lo futuro, mares en que ninguna quilla
surco dejó, se lanzan buscando ignota orilla.
¿Las estrellas del cielo cifran algún presagio?
Tal vez es de victoria, tal vez es de naufragio
¡Pero adelante por el mar de lo futuro,
y a combatir al viento contrario y al mar duro
como si en la ignorada contingente ribera
la mansión paternal sus brazos extendiera,
como si un porvenir glorioso al firme anhelo
prometieran triunfantes las estrellas del cielo!
Importante: Se permite la reproducción de los textos siempre que se cite la fuente
Carlos Rivera » Poe+ » Respuesta

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