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FUMARADAS
Murallas
08/11/2006
CARLOS Rivera
Las murallas, como símbolo de protección contra el miedo, son una constante histórica. Las más antiguas de las que tenemos noticias son las murallas de Jericó, erigidas hace casi 6.000 años y descritas en el bíblico libro de Josué . El miedo al otro, al diferente, ha sido paralelo al miedo al invasor y de ahí que una gran parte de la política exterior e interior de la mayoría de los países haya girado en torno a la muralla como concepto estratégico y al muro como metáfora. La última gran muralla de la que tenemos noticia todavía no existe pero muy pronto la veremos levantada. Tendrá más de mil kilómetros y va a ser erigida entre Estados Unidos y México no por el miedo a una invasión sino para evitar la entrada masiva de inmigrantes mexicanos. Ha sido, ¡cómo no!, una ocurrencia política del presidente Bush y su gobierno. Ese muro de miedo de más de mil kilómetros lo va a levantar el país que celebró como pocos la caída del ignominioso muro de Berlín que había separado a las dos Alemanias durante la guerra fría que nunca terminará mientras existan murallas donde ahuyentar los miedos que tan bien definía en un poema Raymond Carver : "Miedo a ver un coche de la policía acercarse a mi puerta / Miedo a dormirme por la noche / Miedo a no dormirme / Miedo que suena en la quietud de la noche". Metáfora de los tiempos que corren esa de las murallas que aún recordamos en la canción de libertad que cantaban, entre otros, Mercedes Sosa y Quilapayún . La letra era de un poema de Nicolás Guillén sobre abrir y cerrar las murallas en clave de utopía: "para hacer esa muralla juntemos todas las manos / los negros sus manos negras / los blancos sus blancas manos". Precisamente eso: cuestión de colores. El color de las razas, el color del dinero, el color de la miseria y de la opulencia, el color que no tiene color, que es el color del hambre. Eso es lo que origina, predestina y determina el nacimiento de las murallas. Algunas son y no son, como las alambradas de Ceuta y de Melilla. Otras son fuertemente disuasorias, encofradas con el hormigón que deshace la Historia y la convierte en un conglomerado de odio. Ponerle puertas al campo de la injusticia para que nadie cruce la muralla, nadie derribe el muro que divide a la humanidad en dos mitades absolutamente desiguales. Estados Unidos, símbolo y origen de la globalización, decide construir una inmensa muralla para detener el paso de quienes buscan la dignidad personal al norte del río Grande. Fácil será levantarla. Abatirla será una misión casi imposible, puesto que las murallas perduran en el tiempo y aunque acaben convirtiéndose en recurso turístico siempre serán un alegato histórico contra la libertad, una inmigrante emparedada por los siglos de los siglos. Es curioso que mientras se habla de que en la aldea global han caído las fronteras sociales, económicas y culturales alguien decida construir esa muralla entre dos países integrados dentro de la misma área económica del Nafta, como es el caso de México y Estados Unidos. La explicación es fácil: las murallas se erigen contra la libertad de las personas, no contra la libertad de circulación de los capitales que no tienen fronteras para su acción depredadora. Grandes hormigoneras se encargarán de seguir levantando esos enormes parapetos de piedra y discriminación. Inútil intento: ninguna muralla, ni siquiera la del mar, podrá impedir que el hambre cruce esa frontera invisible por donde pasa, de sur a norte, de este a oeste, el contrabando de la esperanza.
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