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A este lado de la luz

*Texto de Jaime Siles sobre “Todos nosotros”, de Raymond Carver


Se equivocará quien crea que, por explicitar sus referentes, la poesía de Carver resulta fácil de entender. Y se equivocará aún más quien piense que, porque se puede entender, es fácil. Nada de eso: la gran literatura ?a la que Carver, por derecho propio, pertenece? nunca es fácil, y exige una lectura que sepa adentrarse en los escollos de
su aparente sencillez. Sé que esto que voy a decir parecerá una boutade a muchos y extrañará no menos a otros, pero es exactamente lo que opino de la escritura poética de Carver: que es el Horacio de nuestro tiempo; que su práctica del estilo no dista demasiado del de las sátiras de aquel; y que su concepto del discurso es más ambicioso que el de Eliot. Carver ?como sólo Pirandello y Valle-Inclán? sabe distinguir en un tema lo que de él puede extraer un género.

Maneras de ver. De hecho, él da a los suyos distintos tratamientos, porque un objeto puede ser visto desde distintos ángulos a la vez, y eso ?maneras de ver? son para él los géneros. Muchos de sus poemas podían haber sido relatos, y algunos lo han llegado a ser. Pero Carver nunca los confunde: sabe qué parte de la realidad ilumina el poema, y cuál es patrimonio del cuento. Lo que hace es apurar la frontera que existe entre ellos. «Bebiendo en el coche» ?cuyo tema remite a Pessoa, a Larkin y a Defarges? se diferencia de sus posibles intertextos en que aquí no es la acción narrada lo que se poetiza sino la hipótesis de lo que va a ocurrir. Y ello sin uso de potenciales. «Fotografía de mi padre en su vigésimo segundo aniversario» no es ajeno a otro de un poeta admirado por él: Antonio Machado. Pero lo que más ha contribuido a acuñar la idea que los lectores tienen de este autor y de su obra es el tipo de discurso que lo caracteriza: una mezcla de visiones exactas, seguidas de uno o varios excursos, en los que no se sabe qué tiene más efecto literario si la lengua literaria literaturizando la lengua coloquial, o si ésta, coloquializando la lengua literaria. Ese difícil equilibrio entre ambas me ha parecido siempre uno de los grandes logros de Carver y la más precisa maquinaria de su sistema poético también.
Doctrina moral. Pero ello no debe impedirnos ver otros de sus interesantísimos rasgos como la focalización que representa su perfecto «Balzac» o las intermitencias de sentido con que objetiva los distintos momentos de una percepción. Carver es un poeta de nuestro tiempo: de un tiempo en el que cada vez es más difícil poderlo ser. Y en ello estriba uno de sus méritos: en que, incluso en un tiempo como el nuestro, Carver nunca, nunca lo dejó de ser. Y no lo dejó de ser porque la suya era y es una poesía de costumbres, que no sólo no renuncia a la realidad sino que hace de ella el más sólido y seguro de sus ejes. Podría hablarse del realismo de Carver como, hace años, se habló del realismo socialista, pero quien lo haga debe saber que el de Carver implica una doctrina moral y, por ello, también una categoría estética.
Su obra es tan seria que no permite frivolizar: lo impiden el peso de Worsworth y de Coleridge, que lleva dentro, y ese optimismo ontológico que la acompañó, como a su creador, hasta el final. El último Carver, que es el que en Todos nosotros nos llega, presenta la unidad de una persona poemática que sólo espera «a ver qué ocurre» y que se mueve entre el lirismo y la narratividad, como hizo siempre, pero con una metatextualidad añadida, que no es otra que la de la inminencia de su propia muerte y el proceso de un yo que quiere conocer «el lado oculto de las cosas» y mira «calle abajo con la mirada de su juventud», sintiendo una «sensación de vergüenza y de pérdida» que funciona como catalizador tanto del yo como de la escritura. «Bajo una luz marina cerca de Sequim, Washington» tal vez sea el poema que mejor exprese la ósmosis de espacios y de tiempos, la sabia utilización de la tercera persona gramatical como Cayo Julio César, y el mantener la suficiente dosis de misterio como para que no parezca vacía la realidad consiguen generar una inmanente transcendencia.
Su poética consiste en lo que un verso suyo declara: «utilizar las cosas que te rodean». Y eso es lo que Carver hace tal vez mejor que nadie: elevar no a belleza, sino a sentido de belleza, los elementos de la cotidianeidad. Jaime Priede ha logrado reproducir y conservar el tono de una sintaxis que pocas veces es lineal y que, como las heridas de bala, tiene distintos recorridos. Su versión satisface y es, al mismo tiempo, literal. Una sola duda me asalta: en la página 95, ¿no será Ginebra en vez de Génova a lo que alude el cuarto verso de «Leyendo»?



*www.abc.es
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