Concha Espina
*De Wikipedia, la enciclopedia libre
Concha María de la Concepción Jesusa Basilisa Espina (n. Santander, 1869 - m. Madrid, 1955). Escritora española. Hija de Víctor Rodríguez Espina y Olivares y de Ascensión García Tagle y de la Vega, es la séptima de diez hermanos. Tenían la casa familiar en la calle de Méndez Núñez de Santander, en el barrio de Sotileza. El 14 de mayo de 1888 publicó por primera vez en "El Atlántico" de Santander, unos versos usando el anagrama Ana Coe Snichp. Casó con Ramón de la Serna y Cueto en Mazcuerras, Cantabria, y se trasladaron a Valparaíso (Chile). En 1894 nació Ramón y en 1896 Víctor. En 1898 regresaron a España y en 1900, en Mazcuerras, nació su hijo José, fallecido siendo niño, en 1903, su única hija, Josefina y en 1907, su último hijo, Luis. En 1938 empezó a perder la vista y aunque fue operada, en 1940 quedó completamente ciega. Escritora ilustrada y una de las mentes más preclaras de la literatura española de la primera mitad del siglo XX, celebraba los viernes un salón literario en la calle Goya de Madrid, donde asistían personajes de la alta burguesía e intelectuales, como la esposa de Alcalá Galiano, el crítico Luis Araujo Costa, el Dr. Carracido, los dibujantes Bujados y Fresno, también escritores hispanoamericanos como Eloy Blanco, Max Jiménez y un buen número de poetisas noveles. También era asiduo Rafael Cansinos que en 1924 publicaría una amplia obra crítica, Literaturas del Norte, dedicada a la obra de la escritora. Concha Espina también fue colaboradora de diversos periódicos como El Correo Español de Buenos Aires y en España con La Libertad, La Nación, ya desaparecidos, y El Diario Montañés de Cantabria. Entre muchos otros premios y honores, en 1914 y en 1924 recibió Premios de la Real Academia Española por La Esfinge Maragata y Tierras del Aquilón respectivamente. Además, en este último año, fue nombrada hija predilecta de Santander, erigiéndose a tal efecto en el año 1927 un monumento diseñado por Victorio Macho e inaugurado por Alfonso XIII, que también le otorgó la Orden de las Damas Nobles de María-Luisa. En ese mismo año le fue concedido el Premio Nacional de Literatura por su obra Altar Mayor. Asimismo, llegó a ser candidata en tres ocasiones consecutivas al Premio Nobel de Literatura (1926, 1927 y 1928). El primer año perdió por un solo voto siendo el galardón para la escritora italiana Grazia Deledda. En 1948 el pueblo de Mazcuerras adoptó oficialmente el nombre de Luzmela cuando se celebró allí en su casa la ceremonia de imposición de la banda de Alfonso X el Sabio. El 8 de febrero de 1950 recibió la Medalla de Oro al Mérito del Trabajo. Sin embargo, la Real Academia Española de la Lengua era entonces inaccesible a las mujeres. Murió el 19 de mayo de 1955 y sus restos reposan en el pequeño cementerio de Cos (Cantabria) donde se halla su panteón. Metro de Madrid le ha dedicado una estación en la línea 9.
Fragmento de “La esfinge maragata”
Vibra el soplo estridente de la máquina que desaloja vapor, cruje con recio choque una portezuela, algunos pasos vi-gorosos repercuten en el an-dén, silba un pito, tañe una campana, y el convoy trajina, resuella y huye, dejando la pequeña estación muda y sola, con el ojo de su farol vigilante encendido en la torva oscuridad de la noche.
Con más audaz descubre ahora las hermosuras de aquel semblante serenísimo que duerme y sonríe. La llama tembladora del fósforo quema los dedos cómplices sin que el viajero artista deje de ver y de admirar: la tez morena clara, de suavísimo color; puras las facciones y graciosas; párpados grandes y tersos, orla riza y doble de pestañas que acentúan con apacible sombra el romántico livor de las ojeras; mejillas carnosas y rosadas; correcta la nariz, encendida la boca, y en las sienes un oleaje de cabellos negros desprendidos del peinado, que caen sobre las cejas y nimban la cara como una fuerte corona...Tales maravillas cuenta la temblorosa luz al extinguirse de un soplo, semejante a un suspiro, mientras el ocioso mirón falla en silencio: —¡Admirable!, ¡admirable!—. Y se respalda en el sofá escudriñando con golosa mirada a la otra incógnita dormida. Inútilmente: la mantilla o toca que la cela el rostro, no ofrece el menor señuelo a las audacias del furtivo y galante explorador. El cual, entonces, se decide a encender su olvidado cigarrillo, y fuma con impaciente y nervioso afán, puestos los ojos y el corazón en el dulce misterio de aquella hermosa mujer.
| Importante:
Se permite la reproducción de los textos siempre que se
cite la fuente |
|