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Armando Palacio Valdés
*De Wikipedia, la enciclopedia libre
Armando Palacio Valdés (Entralgo, Asturias, 4 de octubre de 1853 - Madrid, 1938), escritor y crítico literario español, perteneciente al Realismo del siglo XIX. Hijo de un abogado ovetense y adinerado por la rama materna de su familia, se educó en Avilés hasta 1865, en que se trasladó a Oviedo para estudiar el bachillerato, lo que entonces se hacía en el mismo edificio de la Universidad; por entonces leyó en su biblioteca la Iliada, de Homero traducida en verso blanco por José Mamerto Gómez Hermosilla, que le impresionó fuertemente y abrió su interés por la literatura y la mitología; tras ello se inclinó por otras de Historia; le impresionó entre las históricas muy especialmente la Historia de la civilización europea de François Guizot, del que también leyó Historia de la revolución inglesa; la primera de esas obras le descubrió la Filosofía de la Historia y tras releerla varias veces decidió aprendérsela de memoria; desde ahí extendió su lectura a la Historia de los Reyes Católicos y la Historia de Felipe II de William H. Prescott; la Conquista de Méjico, de Antonio de Solís, la Historia Universal de Cesare Cantú; el Viaje del joven Anacarsis por la Grecia, las Lecciones de literatura de Hugo Blair, que le hicieron sentir un gran aprecio por la poesía del Romanticismo, etcétera. Por entonces formó parte de un grupo de jóvenes intelectuales mayores que él de los cuales se consagraron a la literatura Leopoldo Alas y Tomás Tuero, con los que entabló una especial amistad. Tras lograr su título de bachiller en Artes en 1870, decidió seguir la carrera de Leyes en Madrid. Dirigió la Revista Europea, donde publicó artículos que luego reunió en Semblanzas literarias (1871). También hay buenos retratos literarios en Los oradores del Ateneo (1878) y en El nuevo viaje al Parnaso (1879), donde desfilan conferenciantes, ateneístas, novelistas y poetas de la época. Escribió también como crítico, en colaboración con Leopoldo Alas, La literatura en 1881. Al morir José María de Pereda en 1906, ocupó el sillón vacante en la Real Academia de la Lengua. Perteneció a la tertulia del Bilis club junto con otros escritores asturianos. Se dio a conocer como novelista con El señorito Octavio (1881), pero ganó la celebridad con Marta y María (1883), ambientada en la ciudad ficticia de Nieva, que en realidad representa a Avilés. En esta época de su evolución literaria suele ambientar sus novelas en Asturias. Así ocurre también con El idilio de un enfermo (1884), que es quizás su obra más perfecta por la concisión, ironía, sencillez de argumento y sobriedad en el retrato de los personajes, algo que Palacio Valdés nunca logró repetir; también de ambiente asturiano son José (1885) y El cuarto poder (1888), donde de la misma manera que en La Regenta de Leopoldo Alas se realiza una sátira de la burguesía provinciana, se denuncia la estupidez de los duelos y la fatuidad de los seductores. Su novela Riverita (1886), cuya segunda parte es Maximina (1887), transcurre en Madrid y revela cierto pesimismo y elementos autobiográficos. Por otra parte, la obra más famosa de Armando Palacio Valdés, La hermana San Sulpicio (1889), transcurre en tierras andaluzas, cuyas costumbres muestra mientras narra los amores entre una monja que logra salir del convento y un médico gallego que al fin se casa con la religiosa vuelta al siglo. La espuma (1891) es una novela que intenta describir la alta sociedad madrileña. La fe, 1892, como su propio título indica, trata el tema religioso, y en El maestrante (1893) se acerca a uno de los grandes temas de la novela del Realismo, el adulterio, de nuevo en ambiente asturiano. Andalucía surge de nuevo en Los majos de Cádiz (1896) y las costumbres valencianas en La alegría del capitán Ribot (1899). Entre todas sus obras, Palacio Valdés prefería Tristán o el pesimismo (1906), cuyo protagonista encarna el tipo humano que fracasa por el negativo concepto que tiene de la Humanidad. La aldea perdida (1911) es como una égloga novelada acerca de la industria minera y quiere ser una demostración de que el progreso industrial causa grandes daños morales. El narrador se distancia demasiado de su tema añorando con una retórica huera y declamatoria una Arcadia perdida y retratando rústicos como héroes homéricos y otorgando nombres de dioses clásicos a aldeanos. Es una manera sumamente superficial de tratar la industrialización de Asturias; a Palacio Valdés se le daba mejor la descripción de la ciudad que de la vida rural. Los papeles del doctor Angélico (1911) es una recopilación de cuentos, pensamientos filosóficos y relatos inconexos, aunque muy interesantes. En Años de juventud del doctor Angélico (1918) cuenta la dispersa historia de un médico (casas de huéspedes, amores con la mujer de un general etc...). Es autobiográfica La novela de un novelista (1921), pero además se trata de una de sus obras maestras, con episodios donde hace gala de una gran ironía y un formidable sentido del humor. Otras novelas suyas son La hija de Natalia (1924), Santa Rogelia (1926), Los cármenes de Granada (1927), y Sinfonía pastoral (1930). Hizo dos colecciones más de cuentos en El pájaro en la nieve y otros cuentos (1925) y Cuentos escogidos (1923). Recogió algunos artículos de prensa breves en Aguas fuertes (1884). Sobre la política femenina escribió el ensayo histórico El gobierno de las mujeres (1931) y sobre la Primera Guerra Mundial en La guerra injusta, donde se declara aliadófilo y se muestra muy cercano a la Generación del 98 en su ataque contra el atraso y la injusticia social de la España de principios del siglo XX. En 1929 publicó su Testamento literario, en el que expone numerosos puntos de vista sobre filosofía, estética, sociedad etc..., con recuerdos y anécdotas de la vida literaria en la época que conoció. Póstumo es el Álbum de un viejo (1940), que es la segunda parte de La novela de un novelista y que lleva un prólogo del autor a una colección de cincuenta artículos. Sus Obras completas fueron editadas por Aguilar en Madrid en 1935; su epistolario con Clarín en 1941. Armando Palacio Valdés es un gran creador de tipos femeninos y es diestro en la pintura costumbrista; sabe también bosquejar personajes secundarios. Al contrario que otros autores concede al humor un papel importante en su obra. Su obra ha sido muy traducida, especialmente al inglés, e igualmente apreciada fuera de España; es seguramente junto a Vicente Blasco Ibáñez el autor español del siglo XIX más leído en el extranjero. Su estilo es claro y pulcro sin incluir neologismos ni arcaísmos.
Un cuento de Palacio Valdés sobre cesantes
*Texto de Antonio Parra
E L Pájaro en la Nieve de Armando Palacio Valdés es uno de los cuentos más tiernos, más duros e implacables y enigmáticos sobre la insensible crueldad de los seres humanos, déspotas y despectivos con el perdedor mientras se hacen de miel y se muestran serviles frente al encumbrado. Aquí las posibilidades y ventajas narrativas del idioma castellano brillan en todo su esplendor. Es una lengua fecunda y con una capacidad de registro que desconocen los que palabrean tanto con el Quijote – un libro que no leyeron nunca- este año del centenario a golpes de incensario y de ditirambo. Para fortuna de los que estamos un poco avezados e iniciados, desde nuestra pasión por las letras, la literatura española no se acaba con Cervantes.
El “Pájaro en la nieve” salió del cálamo de uno de los mejores prosistas de la Restauración aunque generacionalmente habría que situarlo en el 98, y no lo inscriben aunque por su larga vida y su muerte incierta en el Madrid del cerco (unos dicen que fue una de las víctimas de Paracuellos y otros, que de frío y hambre en plena calle después de haber sido desahuciado de su vivienda en el Barrio de Salamanca por los milicianos.) El asturiano Armando Palacio Valdés es uno de nuestros mejores novelistas pues no solamente resulta un virtuoso conocedor de la sicología humana. Sino que lleva a cabo lo que únicamente es privativo del genio: inventar mundos, crear personajes.
Si Clarín fue padre de la segunda gran heroína del idioma castellano, Ana Ozores, después de Dulcinea del Toboso, quien por cierto no existe y sólo abre en el Quijote la boca un par de veces, de forma indirecta, Palacio trajo al mundo a Demetria, a la Hermana san Sulpicio y a centenares de caracteres tanto masculinos como femeninos.
En éste del Pájaro en la Nieve se nos muestra a Juan, un ciego de nacimiento, hijo de un brigada músico de Artillería. Es funcionario y se gana la vida tocando en una iglesia como maestro de capilla. También compone; estaba escribiendo una misa de Réquiem cuando vino el cambio de gobierno que le deja en la calle. Como el ministerio entrante no estaba dispuesto, según había afirmado en el Congreso por boca de uno de sus miembros más autorizados a tolerar inquisiciones de nadie procedió inmediatamente y con saludable energía a dejar cesante a Juan buscándole un sustituto que en sus habilidades musicales ofreciese más garantía y fuese adicto a las instituciones” Claro, que todo esto era antes de la Ley Maura que puso freno al despido libre en la función pública. En este párrafo cargado de ironía y de sarcasmo Palacio Valdés fustiga a la clase política, el turno de partidos de la Restauración, el quiero y no puedo de las pobres gentes que constituyen motivo de crítica social y de proyecto de reforma de su inmensa novelística. Al propio tiempo, se refleja la angustia de los españoles de su tiempo. España vuelve a oler a puchero enfermo. En ese sentido esta historia vuelve a tener una actualidad pasmosa. A la clase funcionarial que vive a costa de las arcas del estado o se quema los ojos para empollarse a base de artificiosidad nemotécnica y ganar una plaza por oposición le quita el sueño la posibilidad de regresar al garbanceo galdosiano o que se retorne a las cesantías. El Conde de Romanones, aquel tribuno de la plebe, famoso por su dinero y por sus espantás que dejaba confundidos a sus interpeladores cuando le decían que iban a llegar los socialistas y quitarle todo cuanto tenía con el apotegma de “pero con lo que tengo y lo que me toque me conformo”, tuvo la genialidad , mediante la Ley Maura, de proclamar inmobles todos los puestos de trabajo de la Administración. Gracias al famoso político monárquico pudieron cantar los motoristas de Carrero cuando iban a entregar el cese a los ministros fulminados: “Jódete que tú eres el eventual y yo soy el fijo”. Esperemos que Zapatero , aunque una reforma de la función pública España lo pide a gritos, no caiga en tales tremedales. Se recuerda que una de las causas que nos llevaron a nuestra guerra civil fue la imprevisión de la Ley Azaña que sembó divisiones en el ejército.
Como en España se suele votar no por las ideas, siempre con el estómago dentro de la masa funcionarial se respira verdadera psicosis colectiva ante la posibilidad de poder ser apeados por el gobierno socialista laicista y descreído. Señores de comunión diaria que yo he conocido se permiten blasfemar de la religión y de los curas. Semejantes bandazos, semejantes manifestaciones espiritosas de ateísmo agresivo y procaz se turnan en la vida española sin conocer reposo. Cabe recordar que Dolores Ibarruri antes de los mítines había sido catequista en Guecho. Hay que ir siempre a favor, nunca en contra de la corriente. Hay que quedar bien. Es el todo vale con tal de continuar en el machito disfrutando de un lugar al sol. La escopeta nacional está muy cargada de manera que las relaciones humanas vienen pautadas por la hipocresía de lo políticamente correcto.
-Católica y cruel majestad, etc. Y donde dije digo digo diego y si te he visto no me acuerdo.
-Pues vale. Ahí nos las den todas-
-En un carrillo.
-Hombre, tampoco es eso..
-¿Que no? Pues para muestra sirva un botón y como por dineros baila el perro ahí tenemos a España que trata de renunciar a su pasado y que si les mientas el franquismo se llevan la mano a la pistola como hacía el general Gorrín cuando alguien profería en sus oídos la palabra “cultura”.
Ahora están saliendo a relucir los amores y desamores, los encuentros y desencuentros de una cañí. Esta sociedad sin pudor alguno remueve los huesos sucios de los muertos. La buena señora era el mito sexual del antiguo Régimen, una suerte de Marilyn Monroe a la flamenca. Los gobernadores civiles, los ministros y hasta algún obispo se daban cita en la víspera del 18 de julio en el palacio de la Granja donde ella actuaba ante Franco. Corrían las fuentes, ella saltaba al escenario. Sus taconeos y meneos de caderas ponían la plaza boca abajo. Era el día en que se celebraba el último consejo. En todas las oficinas y negociados se ponía el cartel de cerrado hasta septiembre. Hasta bautizaron con su nombre la marca de un citroen. Por el rumbo y seguridad con que se movía la faraona circulaba aquel auto por las carreteras de España en la posguerra. Era el mismo poderío y contundencia sobre el firme de los asfaltos que en los tablaos. Mucha, mucha Lola pero que descansen en paz los muertos.
Sin embargo, es veleidad tanto desvarío o al menos a mí me lo parece. Que el vulgo se preocupe por cuestión tan baladí. Tales liviandades del morbo en papel verjurado y de los largos y soporíferos culebrones de las tertulias ante el televisor nos hacen mirar para otro lado como hacían los señores obispos en las veladas del Día de la Fiesta nacional cuando la flamenca mostraba sus piernas al respetable. El currinche de la España que ficha y está en nómina se olvida entonces de los baticores que le acechan en lo porvenir. Aquí nadie se compromete ni mienta la bicha. El personal se queda con cara de carnero degollado cuando le ultrajan la bandera o ve la pantomima del rovireche ridiculizar ciñéndose una corona de espinas a toda la religión cristiana a las puertas del mismo Santo Sepulcro de Jerusalén en el homenaje a las víctimas del Holocausto. Doble sacrilegio. Llueve sobre mojado. ¿Dónde están nuestros funcionarios? Les damos los papeles del archivo y encima se cachondean de nosotros, se mofan de nuestras creencias. Se ciscan en nuestra insignia, símbolo desde Carlos III de nuestros fueros y de nuestra libertad, que podrá ser un trapo pero un trapo por el cual han muerto muchos. Pues vale.
-No se ponga usted tremendo que le vamos a tener que llamar al orden. Pol Pit le acusará de dramatizar y el Pitufo de dogmático.
-Que el Mr. Pit se vaya al casino de Torrelodones y “saque la polla” como dicen los chilenos y que el mallorquín se dedique a pintar monas que es lo que le cumple.
En esta moral de situación que nos pervive importa lo que más el nadar y guardar la ropa. Mi vida por un plato de lentejas. El caso es que no nos quiten la sinecura. Pero al cabo de estas reflexiones me sumerjo con fruición en la inmensa prosa del maestro astur que en esta novela corta hace una diagnosis de los malos patrios con gran hondura y penetración psicológica al narrar el drama de un cesante: “Los faroles de la carrera de san Jerónimo se habían puesto el gorro de dormir y dejaban escapar melancólica claridad. No se oía ruido alguno si no era el rumor vago y lejano de los coches y el caer incesante de los copos como un crujido levísimo y prolongado de sedería. Sólo la voz de Juan vibraba en el silencio de la noche saludando a la Madre de los Desamparados... en vano repitió el dulce nombre de María. El cielo y la Virgen estaban lejos al parecer y no le oyeron; los vecinos de la plaza de las Cortes estaban cerca pero no quisieron oírle. Ningún balcón se abrió siquiera para dejar caer sobre él una moneda de cobre”
El protagonista pierde su empleo en el ministerio. Es expulsado de la sacristía. Todos sus enseres y alhajas van a parar a la almoneda. No puede concluir la misa de Réquiem que estaba componiendo, lo expulsan de la pensión por no poder pagar la renta. Logra una colocación de pianista en un café cantante pero de allí también lo despiden pues los clientes protestan ya que sólo sabía interpretar música selecta: Mozart, Bach, Beethoven cuando lo que le pedían eran peteneras, polcas, malagueñas y baile agarrao. No está hecha la miel para la boca del asno. Es la soledad y la incomprensión del esteta que practica el arte puro.
Por tres pesetas se compra una guitarra y se dedica a cantar por las esquinas. Allí logra un cierto éxito. Los transeúntes se quedaban admirados y se detenían al pasar cuando el ciego atacaba acompañándose a la guitarra las notas de arias y de romanzas famosas formando remolino.
-Vamos. Circulen.
Un guardia lo lleva detenido a la prevención acusado de alterar el orden público. “Por lo visto – escribe Palacio Valdés con su sorna de costumbre- las personas que se reúnen en la calle para escuchar a un ciego demuestran por este hecho instintos peligrosos de rebelión, hostilidad contra las instituciones, una actitud en fin incompatible con el orden social y la seguridad del estado”.
Es terrible la calle. Nuestro Juan se convierte en el rigor de las desdichas. Lo dejan tirado y se transforma en pobre vergonzante. El estado al cual sirvió le da la espalda. El regimiento de Artillería en cuya banda tocaba su padre no quiere saber cosa y los sacerdotes de la iglesia a cuyo esplendor litúrgico contribuyó miran para otro lado como hacían los obispos del Nacional Catolicismo en los saraos cuando salía bailando la Lola. Pero lo peor de todo en esta crudérrima parodia sobre el abandono y la soledad del hombre sobre la tierra Dios se esconde a sus súplicas. Hay en este sublime relato pasajes que a uno le recuerdan al Libro de Job.
La Virgen del Carmen cuyo escapulario lleva al cuello el protagonista como presea de salvación colgado al cuello desde niño no acude a la llamada. Baja del cielo sí y obra un aparente milagro pero todo resulta ser nada más que un espejismo, una alucinación banal. Cuando Juan se encuentra desfallecido muerto de hambre y de frío ante la escalinata del palacio de congresos una noche de perros y en medio de una gran cellisca una mano misteriosa posa sobre su hombro. Alza los ojos y observa ya casi medio moribundo que el desconocido no era otro que su hermano Santiago el indiano de Cuba al cual había escrito varias cartas sin obtener respuesta a lo largo de los años. Misteriosamente su hermano estaba allí. Suceden luego pensamientos atropellados y escenas borrascosas. El indiano le lleva a su palacio para presentarlo a su familia y le pide que interprete al piano algunas de las composiciones que alegraron las veladas de su infancia. Pero este encuentro no es más que una pesadilla de agonizante. El ex funcionario muere de hambre y de frío al pie de los leones de las Cortes. Patético final con escasas concesiones a la galería y a la esperanza. Es un cuento cruel de un singular patetismo. Palacio Valdés y Clarín escribieron las mejores narraciones breves del idioma y ésta es una de ellas. De otras les hablaré más adelante.. Es una pena que no se resuciten aquestos textos. Palacio Valdés, Clarín y otros escritores asturianos como Dolores Medio deberían de ser preceptivos en los colegios españoles como literatura infantil. Al menos los niños de las escuelas aprenderían castellano y no un mal inglés vertido a nuestra lengua como es costumbre ahora donde la plaza de literatura infantil y juvenil la copan los anglosajones. Sin embargo, este es nuestro sino. Castiella face los omes. Coloca en el pedestal al que no se lo merece en menoscabo de la valía.
Todas las mañanas en el autobús se me aparece a mí el espectro del cesante que obsesiona a muchos autores del XIX patrio y que puede volver, si este gobierno se lía la manta a la cabeza y anula la ley de inmovilidad en el cargo del conde de Romanones, derogando los blindajes legales que puso Maura al despido libre de la función pública, y que han respetado todos los gobiernos e incluso Franco fue deferente con los “purgados” de la República quienes al cabo del tiempo volvieron a reconquistar sus derechos.
Al protagonista de esta novela creo que me lo topé por los pasillos del metro en el rush hour. Ha saltado a la realidad agria y cosmopolita del Intercambiador desde el dulce Madrid del “Pájaro en la nieve”. Se trata de un hombrecillo chapado a la antigua, cara de nomo, la cabeza grande y las piernas chicas y las cejas muy pobladas, pulcramente vestido y que acude a fichar a la oficina en cuerpo mortal, sólo presencia física, el gesto circunspecto y la palabra medida para no salirse del carril de lo políticamente correcto. El cuerpo ya lo veo. Es pequeñín. Pero ¿a quien pertenece el espíritu? ¿Es a Juan del Pájaro en la Nieve? ¿Es a Scrooge o a Dickens o el mismísimo duende del kafkiano Gregorio Samsa bajándose del bus Vao?
No lo sé. Ando de últimas por el mundo pleno de dudas y cargado de perplejidades.. En lo único que me afirmo es en el valor adivinatorio del hecho de escribir. En el Pájaro en la Nieve adelanta el autor las circunstancias de su propia muerte en el Madrid rojo por hipotermia y desnutrición. En el mayor de los abandonos. Que Dios nos coja confesados. Pero la vida es ansí. A Palacio Valdés que no es un autor ni de derechas ni de izquierda y que a mí me parece el más revolucionario de la Restauración lo encasillaron en la etiqueta de burgués y de cursi. Y ese casillero no se lo quita nadie. Desenmascaremos el embuste. Demostremos cuán absurda , cuán desvergonzada y carente de fundamento es tal soflama de la crítica. Quienes lo tildan de eso no saben lo que dicen contra este autor. Padre, perdonalos porque no saben de qué hablan.
*www.vistazoalaprensa.com/firmas_
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Carlos Rivera
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