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Alejandro Sawa
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Alejandro Sawa

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Alejandro Sawa Martínez (Sevilla, 15 de marzo 1862 - Madrid, 3 de marzo 1909), escritor y periodista español.Era de origen griego, hijo de una comerciante que importaba vinos y productos ultramarinos de toda clase. Tras un primera vocación religiosa que le hizo ingresar en el seminario de Málaga, salió convertido en un exacerbado anticlerical y estudiará Derecho en Granada durante el curso 1877-1878. Llegado a un Madrid absurdo, brillante y hambriento por primera vez en 1885, vive la pobreza de la vida bohemia y marginal:
Mis primeros tiempos de vida madrileña fueron estupendos de vulgaridad —¿por qué no decirlo?— y de grandeza. Un día de invierno que Pi y Margall me ungió con su diestra reverenda, concediéndome jerarquía intelectual, me quedé a dormir en el hueco de una escalera por no encontrar sitio menos agresivo en que cobijarme. Sé muchas cosas del país Miseria; pero creo que no habría de sentirme completamente extranjero viajando por las inmensidades estrelladas.
Huido a París en 1890 por delito de imprenta, pero también atraído por la vida artística de la metrópoli, vivió algunos años allí trabajando para la famosa casa editorial Garnier, que editaba un diccionario enciclopédico, y amistando con los principales literatos franceses del Parnasianismo y el Simbolismo, aunque él fue un gran lector del romántico Víctor Hugo. Tradujo a los hermanos Goncourt y vivió entonces la etapa más feliz de su existencia. Se casó con una borgoñona, Jeanne Poirier, y tuvo una hija, Elena.
En 1896 regresó a España entregándose febrilmente al periodismo. Fue redactor de El Motín, El Globo y La Correspondencia de España, y colaboró en ABC, Madrid Cómico, España, Alma Española etcétera. Sus últimos años fueron trágicos: se quedó ciego y perdió la razón. No sin ironía, se inicia en esos años finales con el modesto triunfo de su adaptación escénica para el Teatro de la Comedia de Los reyes en el destierro, de Alphonse Daudet, en enero de 1899. Como escritor, se dedica exclusivamente al periodismo; colabora con los diarios más prestigiosos de la época El Liberal, El País, Heraldo de Madrid, España, El Imparcial... El derrumbamiento físico y moral es progresivo. Escribe: «Yo no hubiera querido nacer; pero me es insoportable morir». Murió el día 3 de marzo de 1909 loco y ciego, en su humilde casa de la calle del Conde Duque de Madrid. Poco antes, el gran bohemio había dicho:
¡Irme, irme! Ya no sueño sino con eso. Irme a una tierra cualquiera donde la villanía no sea el estado social de la gente, donde a lo menos las afirmaciones y negaciones tengan el sentido filosófico que todos los léxicos les prestan, donde el honor se asiente en las almas y no en los labios. ¡Irme, huir de aquí, por dignidad, por estética, por instinto de conservación! ¡Es que yo me noto aún sano en esta sociedad de leprosos!
Algunos novelistas de la Generación del 98 lo evocaron en algunas de sus obras, como Pío Baroja en El árbol de la ciencia y Valle-Inclán en Luces de bohemia, donde es encarnado por el personaje de Max Estrella. Aunque era de escasa cultura, poseía un fuerte temperamento y un estilo donde son frecuentes los resabios de una apasionada lectura de Víctor Hugo y Verlaine, de quien fue amigo. También se honraron con su amistad Alphonse Daudet, Rubén Darío y Manuel Machado, quien le dedicó un espléndido epicedio en verso, y, por supuesto, Valle-Inclán. Su mejor obra poética es Iluminaciones en la sombra (1910), de sesgo modernista. También fue autor de novelas de estética naturalista (fue, ya se ha dicho, traductor de los Goncourt) como La mujer de todo el mundo, de 1885; Crimen legal, de 1886; Declaración de un vencido de 1887; Moche, de 1889; Criadero de curas, 1890; La sima de Igustiza 1888 etc...).


Fragmento de “La mujer de todo el mundo”


Palacios buenos los habría en Z, Z, la capital de un territorio de cerca de veinte millones de habitantes, tostado por el sol y por la cólera de los dioses; pero como el de la condesa del Zarzal muy pocos o ninguno. ¡Aquello sí que era lujo! No parecía sino que no cabiendo materialmente en las amplias habitaciones del hotel, se desparramaba, se vaciaba por todos los boquetes de aquella casa desde las bocas de las chimeneas hasta los barrotes recamados de las ventanas de la planta baja. A veinte pasos de distancia del edificio ya se percibían los tibios y aduladores perfumes del jardín, que por lo penetrantes y lo activos en su misión de hacer simpático el sentido localizado en la nariz, simulaban así como heraldos mensajeros de una corte de amor o como la promesa vaga de un mundo más perfecto; y cuando el transeúnte, haciendo caso de aquellas inspiraciones de olor que enardecían su olfato seguía adelante hasta pararse en la verja dorada de aquel parque del paraíso, ¡oh! entonces, burgués o demagogo, linfático o nervioso, con el cerebro chato o esférico, como quiera que fuera, sentía subir desde el estómago al cerebro la oleada biliosa del socialismo, y pensaba indistintamente, como piensan los que están durmiendo, en que Dios no es justo, no, en que Dios no es justo, fundando toda la mecánica social del Universo, en la ley absurda de la desnivelación y el desequilibrio.
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