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FUMARADAS


Zulos

20/09/2006

CARLOS Rivera


El zulo de la casita de muñecas donde el secuestrador Prikoplil mantuvo oculta a Natascha Kampusch era un agujero de su conciencia. Como lo era, en los últimos años, la opinión de Oriana Fallaci contra toda forma de fanatismo sólo religioso, sin haberse percatado de que ese mismo pensamiento había mutado a intolerancia absoluta contra cualquier libertad de pensamiento que no coincidiera con el suyo. Oriana, a quien habíamos admirado en otros tiempos, se había convertido desde lo de las Torres Gemelas en un instrumento mediático al servicio de los "neocón". Lamentamos su muerte tanto como lamentamos en los últimos años su conciencia rigurosa de Casandra fustigando como nueva inquisidora a los pacifistas, a los musulmanes, a ciertas democracias europeas y a todo aquello que se opusiera a las ideas mesiánicas, y por tanto fundamentalistas también, de Bush y sus aliados. Antes de contraer el cáncer que la ha llevado a la muerte, Oriana Fallaci, grandiosa periodista, miraba al mundo desde un zulo muy particular de su conciencia. Desde su indignación y rebeldía sin tapujos tal vez había caído en el juego de la no realidad. Había dejado de ser imparcial en sus juicios categóricos. Se comportaba como ciertos políticos de aquí que a estas alturas de la película todavía sostienen que hubo una conspiración aquel aciago día 11 de marzo del 2004 que los desalojó del poder.
Y tal vez sea cierto que aquel día conspiramos en las urnas, como si once millones de españoles nos hubiéramos puesto involuntaria y tácitamente de acuerdo en un solo principio: no permitir que se nos mintiera tan reiteradamente como lo hicieron los que entonces gobernaban. El problema es que han pasado dos años y que ciertos medios de comunicación siguen dando pábulo a tan peregrina teoría de la conspiración política apoyándose en las palabras de Suárez Trashorras , de las que se hacen eco ciertos dirigentes del Partido Popular hasta el extremo de interpelar, a estas alturas, al Gobierno que entonces no gobernaba exigiendo una y otra vez la verdad de lo que sucedió el 11 de marzo del 2004, como si ellos no la supieran. Churchill decía que un fanático es alguien que no puede cambiar de opinión y que, además, no quiere cambiar de tema. Y esa imaginativa teoría de la conspiración no sólo aburre de repetida, absurda, ilógica e indemostrada sino que es en sí misma un atentado contra el sistema democrático, las libertades y el sentido común de los españoles.
Cuando menos es grotesco que un partido que aspira a gobernar, como el PP, siga aferrándose a tan extraña teoría. Y aún más grotesco que algunos de sus apoyos mediáticos la sostengan sin ningún pudor. El panorama, ciertamente, es surrealista. Entre otras razones porque, incluso suponiendo hasta el delirio que llevaran razón ¿cómo el PP que entonces gobernaba y controlaba las fuerzas de seguridad y los servicios de inteligencia no evitó la catástrofe que se produjo aquel 11 de marzo del 2004? Tal vez sea que viven en un zulo, en el agujero de la no realidad, en el habitáculo donde sólo moran los fantasmas de su indignación por haber perdido aquellas elecciones. Es verdaderamente penoso y lamentable que el partido principal de la oposición no haya asumido democráticamente la derrota. Como lo es que ciertos medios sigan con la tabarra con el único propósito de ganar dinero y desplazar de la competencia ideológica a otros medios más razonables de la derecha.
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