FUMARADAS
DUALIDAD
CARLOS Rivera
Después de haber leído a Hesiodo a la sombra del mar y haber visto volar (lo juran tus ojos) un delicado hexámetro de Homero por los confines de Benajarafe, te sientes un fenicio. Vuela tu corazón hasta Lucrecio y el aire se serena porque te has vuelto autista con la llegada del primer autobús de septiembre, lleno de autistas que van a sus asuntos o a sus melancolías arrastrando en sus ojos los últimos despojos del verano. Inmersos en la barahúnda del tráfico, los urbanitas hacen sonar sus cláxones para dar fe de su existencia. El hombre.com se incorpora del sueño, se quita las legañas del perfumado y delicioso hastío, vuelve a civilizarse hasta la propia destrucción en el borde fluvial de la mañana. Ha llegado septiembre y hay que cerrar la herida luminosa, a intramuros de la realidad. El hombre.com se restablece al orden natural de la ansiedad y la conservación del esqueleto. Sabe que cada día, al deshojar los periódicos, va a encontrarse con la misma noticia: el desajuste entre su propio tiempo, tan efímero, y el tiempo de la Historia. Es lo que desmemoria, pronto, el halo del verano, cuando llega septiembre y te sumerges en los expedientes sumarísimos de la nostalgia y el futuro en el que creemos, inocentemente, que todo está por hacer. Es lo que nos diferencia de las criaturas irracionales, para las que el tiempo es plano, sin memoria y sin pronósticos. Por eso están a salvo de los riesgos del desencanto en el cumplimiento del destino, que nos convierte, sin que nos demos cuenta, en insectos kafkianos, eternamente manipulados, incluso en el paréntesis de las vacaciones, por los efectos colaterales del sistema. Un sistema calculadoramente soportable para los autistas de la gran isla del asfalto. Ahora les darán, como pasto para olvidar melancolías de paraísos del verano, secuelas de algún estúpido programa millonario de la televisión. Y los manipulados se sentirán satisfechos porque ya tendrán de qué hablar, unos y otras, en el tajo y en las oficinas. El morbo de los personajes del extrarradio televisivo los pondrá a salvo de cabrearse, de veras, con el enemigo visible que juega al donativo capitalista de los móviles con el dinero de todos. Con la prepotencia de las eléctricas que disfrazan sus rapiñas con anuncios ecológicos. Cabrearse, también, contra el estado de excepción del hombre.com cuando llega septiembre programando el laberinto de la vida de un nuevo curso, entre avenidas inundadas de automóviles conducidos por sujetos vociferantes en el tráfico de sus insignificantes existencias. Porque, eso sí: se han creído, durante quince o treinta días, soberanos de su propio destino, aunque les haya rebrotado un punto de rebeldía con los incendios de Galicia y la inmigración descontrolada. Ahora es otra cosa. Septiembre es pensar en cómo salir del laberinto. Aún falta un año para desprogramarse. Queda la alternativa de sobrevivir en el autismo colectivo de la ciudad civilizada de la mejor manera, resignándonos a la subida de la estupidez y de los intereses hipotecarios, soportando estoicamente lo de la estafa de los móviles, lo del precio creciente de la luz y de los carburantes. Aunque algunos tengamos alguna solución para ese estado de resistencia pasiva. Desde cualquier lugar del laberinto siempre tienes la posibilidad de convertirte en Diógenes de tu propia realidad. De recordar que tu sentido de la vida se serena, si quieres intentarlo. O de soñar la orilla azul que se confunde con el cielo. La dualidad de sentirte fenicio viendo volar, por los confines de cualquier Benajarafe, un delicado hexámetro de Homero.
| Importante:
Se permite la reproducción de los textos siempre que se
cite la fuente |
|