El universo simbólico de Juan Eduardo Cirlot
*Texto de Carlos García Gual
El reconocimiento pleno del valor de la figura y obra de Juan Eduardo Cirlot se abre camino, al fin, en estos últimos años. Al respecto conviene recordar tanto la exposición sobre el escritor en el Instituto Valenciano de Arte Moderno (IVAM), en 1996, y los homenajes de las revistas Barcarola e Ínsula, en sendos números (en 1997 y 2000), y, en definitiva, la tercera edición española, de su Diccionario de símbolos (Siruela, 1997), así como ahora la muy reciente del ciclo entero de Bronwyn. Y bien puede añadirse, como colofón actual, el libro de Jaime D. Parra, Variaciones sobre Juan Eduardo Cirlot. El poeta y sus símbolos (Del Bronce, 2001). Profetizaba hace tiempo Carlos Barral en sus Memorias que algún día se revalorizaría justamente la poesía de Cirlot. Y esa valoración al alza parece que le llega ya con notoria, si bien algo tardía, justicia. Tal vez ha sido necesario un cierto cambio de sensibilidad, una mayor apertura de los horizontes estéticos, para advertir cuán auténticamente refulge en toda la poesía cirlotiana un surrealismo audaz y de muy largo aliento, y cuán admirable resurge su actitud de vanguardia en su apuesta por la literatura simbólica en su sentido más amplio. No es la intención de estas líneas analizar todas las aportaciones de su obra, sino que quisiera tan sólo destacar cómo, en el marco del simbolismo, la figura de Cirlot se destaca con nítido vigor en el panorama hispánico, harto castizo y miope, de su tiempo. Para ello me limitaré a glosar su Diccionario de símbolos, el más querido y laborioso de sus textos, según confesión propia. Un vistazo de conjunto sobre el simbolismo como el que puede leerse en el utilísimo libro La simbología. Grandes figuras de la ciencia de los símbolos (Montesinos, 2001), coordinado por Jaime D. Parra- nos permite observar a Cirlot en la estela de algunos de los grandes pensadores de esta tendencia espiritual, desde Jung y Eliade hasta Bachelard, Guénon y Durand, por citar sólo algunos grandes nombres. En esa tradición simbolista hay que colocar sus trabajos de poética y hermenéutica, y en esa línea hay que valorar su aportación, reconociéndole su papel inaugural en el ámbito hispánico. Fue aquí profeta, a la par de poeta, vinculándose primero al surrealismo francés y al dadaísmo, para inscribirse luego en una tradición espiritualista de muy lejanos horizontes (que incluyen la Cábala, el misticismo sufí y el orientalismo) de anhelo universal. No es tanto la originalidad cuanto la fidelidad a esa tradición poética lo que destaca en su obra. Pero, más como poeta que como ensayista, su escritura está rodeada siempre de un halo singular, con un gusto por los envites lúdicos, los malabarismos léxicos, pero melancólico a veces, entre los múltiples juegos fonéticos y los ecos de quimeras vanguardistas. Componer un Diccionario de símbolos es un reto difícil, porque la empresa requiere cierta audacia y una mirada de atalaya sobre culturas muy diversas, en una perspectiva ecléctica y universalista, que requiere una fina hermenéutica previa a las definiciones. Porque, a diferencia de los signos lingüísticos, que designan lo real de modo preciso, arbitrario y convencional, los símbolos son entes mucho más sutiles y de significado sugestivo, numinoso, espiritual, trascendente. Los símbolos remiten a un mundo que está más allá de lo empírico, un ámbito espiritual e imaginario que se ha definido en una larga y polifónica tradición cultural. Y en una tradición que, pese a su pretendido universalismo, presenta para unos mismos significantes sentidos y connotaciones muy diversas. Para escribir tal diccionario, Cirlot contaba con un repertorio de muchas lecturas, con su sensibilidad poética y con su entusiasmo de coleccionista, como ha resaltado Victoria Cirlot. No estará de más citar unas líneas de Gilbert Durand, que nos recuerdan la complejidad del símbolo: "Como bien dijo Paul Ricoeur, todo símbolo auténtico posee tres dimensiones concretas: es, al mismo tiempo, cósmico (es decir, extrae su representación del mundo bien visible que nos rodea), onírico (es decir, se arraiga en los recuerdos, los gestos, las visiones de los sueños que constituyen, como demostró Freud, la materia muy concreta de nuestra biografía más íntima) y, por último, poético, o sea, que también recurre al lenguaje, al lenguaje más íntimo, y por tanto al más concreto". Cósmico, onírico, poético, y, podemos añadir, religioso con gran frecuencia, el símbolo se ofrece como un signo recargado de un significado abierto, que apunta a un sentido trascendente. Palabras como "fuego, flecha, paloma, serpiente, cruz", por ejemplo, funcionan como símbolos dotados de un sentido cósmico, onírico, poético y religioso. Los mitos están empedrados de símbolos y las alegorías se sirven de ellos de modo un tanto mecánico. Los símbolos representan, sugieren, una realidad que no puede presentarse directamente, y son productos culturales, vehiculados por una tradición. La tradición mitológica maneja ese imaginario colectivo que sirve de referencia última al lenguaje simbólico, un lenguaje cifrado que tiene un sorprendente alcance universal. Ese alcance universal de los símbolos queda sugerido en un diccionario como el de Cirlot, y es una premisa de muchos simbolismos, desde Jung y Eliade hasta Durand. Frente a la tradición filosófica racionalista, el simbolismo despliega las banderas de su imaginario y reclama un horizonte significativo propio, y se presenta como otro modo expresivo del espíritu humano, con un sentido más poético que lógico, intraducible a la lógica más estricta del mundo empírico, pero no por ello desprovisto de sentido existencial. Al contrario, apunta a un sentido profundo, más universal que el de las lenguas particulares de convencionales y arbitrarios significados. Cirlot no programa adherirse a una especial escuela hermenéutica, sino que expone los resultados de su ardua y larga investigación en tan extensísimo dominio cultural, como un repertorio abierto a todas las interpretaciones, con un sensato eclecticismo y en ese orden alfabético discreto e imparcial de los diccionarios.
*Fuente : Babelia. Diario El País
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