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FUMARADAS
Gaia
CARLOS Rivera
(06/09/2006)
Gaia está enferma y, por la parte que nos toca, sobrecalentada. Damos fe de la cuestión puesto que no hemos conocido en nuestra vida un verano tan tórrido como el que está ¿terminando? Hasta hace unos años Córdoba, según las estadísticas, solía tener una docena de días por encima de los cuarenta grados en julio y en agosto y cinco o seis noches de insomnio y de cabreo. Este verano se han multiplicado. Y es que Gaia, la Tierra, aunque sostenga lo contrario el anciano científico James Lovelock , está mutando sus costumbres, como si fuera incapaz de autorregularse, de controlar su medio ambiente natural químico y físico. Al menos por la parte que nos toca, nuestro hábitat ciudadano, la desmesura del calor de este año nos está aletargando hasta el extremo de no saber qué hacer con nuestro cuerpo después del mediodía, soporífera hora que nos enclaustra por fuera y por dentro, que nos deshabita y nos infunde una pereza extrema y el sueño de vivir eternamente en un entorno refrigerado. Se las trae el calor de este verano del 2006, nos debilita la sesera, nos hospitaliza la razón. ¿Será verdad, como decía Lovelock, que somos los seres vivos los que creamos la atmósfera y no a la inversa? ¿Y los agujeros de la capa de ozono? Porque hay otras corrientes científicas que contradicen las teorías de Lovelock e incluso llegan a negar el efecto invernadero. El caso es que lo del calentamiento global es un hecho tan incuestionable como el calentamiento de los políticos una vez terminada la temporada de vacaciones. Políticos, por cierto, que no se calientan tanto ante un problema como el del medio ambiente. Ahí están bien fríos, no parece preocuparles de inmediato que hierva el Mar Mediteráneo para cobijo de las medusas; que los incendios desforesten a la velocidad del rayo; que se derritan los glaciares; que la densidad de algas en los océanos se haya triplicado en la última decada. Aunque siempre nos quedará el optimismo de sabios como el tal Lovelock que vive en Cornualles, en pleno corazón de la Inglaterra húmeda. Un optimismo basado en observaciones geológicas para esa teoría de su hipótesis Gaia que sostiene, frente a Carl Sagan , la estabilidad del clima terrestre. Dice la tal hipótesis que el clima de nuestro planeta jamás ha sido desfavorable para la vida, que jamás ha hecho demasiado frío ni demasiado calor para los seres vivos. Desde su benévolo clima inglés el ambientalista no teme por la destrucción de la tierra, el único ser vivo que no cambia y no muere jamás. Si él lo afirmó hace tantos años los no expertos en tales cuestiones nada tenemos que decir. Solo que estamos algo mosqueados. Cada verano es más tórrido y cada invierno más frío. Sin embargo, debemos mantener el optimismo. No importa que la humanidad, desde sus orígenes, haya modificado numerosas veces el ecosistema. No importa que la primavera se anticipe cada año dos semanas ni que el otoño retrase su llegada en el mismo periodo de tiempo. Y la verdad es que estamos relativizando los problemas medioambientales como si estuviéramos a salvo de un drama cuyos plazos de cumplimiento estamos observando. El aumento de la temperatura media es un hecho comprobado. Lo dicen, por cercanía, nuestros ya insoportables veranos de Córdoba. No los recuerdan ni los más viejos del lugar, entre los que tengo la esperanza de encontrarme a su debido tiempo. O tal vez sea que mis neuronas, como la historia de la ciencia, se inclinan al escepticismo.
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