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FUMARADAS
Poesía en sociedad
CARLOS Rivera
Me tengo prohibido, salvo en compromisos ineludibles, participar en esas frivolidades líricas que suelen ser las presentaciones o lecturas públicas de libros de poesía. Por respeto a la poesía misma y por un pudor que puede ser desacertado pero sincero. Por considerar que lo que está escrito desde la más profunda intimidad del ser no debe ser sacado a la superficie de una especie de fiesta de sociedad en la que debes alabar y agradecer a cada instante la grata y cálida presencia de los invitados cuando, en realidad, estás robándoles una parte de su precioso tiempo. Lo sé por experiencia propia tanto como por experiencia ajena : a partir de la lectura del quinto o sexto poema del libro presentado ya suelen aparecer las indisimuladas muecas de cansancio y hastío, los primeros bostezos educadamente reprimidos de tu mejor amigo, la inquietud de la silla en la que está sentada esa vecina que te admira o las insistentes miradas al reloj de ese viejo y no recordado conocido que te considera poco menos que un genio. En tal instante tu pudor te empequeñece tanto que querrías desaparecer, dejarlos colgados en el carraspeo contagioso que se propaga por la sala cuando lees ese verso corrosivo que fulminas como si fuera un dardo. Piensas :¿cómo van a entender esos encantadores amigos la magnitud de una rima o la belleza de un endecasílabo si sólo están pensando en la copa de vino o en el canapé que van a tomarse al final de la lectura?. Eso es lo peor. Temes a ese final con palmaditas en la espalda y frases de cumplido tanto como al coloquio o diálogo de besugos que se establece entre el poeta y los invitados cuyas preguntas te hacen perder la causa por la que has venido a ese lugar, una bodega recoleta del casco histórico, para acabar poniendo en entredicho tu propia reputación. Tratándose del lugar del que se trata bien está que al final, con el catavinos en la mano, todo el mundo se quite el ropaje de la hipocresía, pues, en definitiva, hemos venido a eso, a tomarnos una copa entre amigos y a ser gregarios y cómplices de los que han acudido a esta lectura sin saber quien los ha invitado, para acabar diciéndo esa vulgaridad de que “tu cara me suena” sin tener la más pajolera idea de quien es esa mujer que te ha besado o ese indivíduo que dice conocerte desde la lejana juventud y que te felicita por no haber entendido casi nada. Mala cosa es la poesía en sociedad dado que la poesía tiene su única fuerza en la fuerza que nace de la desolación al ser concebida. La poesía y su extravagante botín (y os lo dice un poeta desolado) no puede, en la pura lógica de su necesidad, ser fruto de exhibicionismo ni número uno en la lista de ventas de una feria de las vanidades, a no ser que se trate de los poemas de amor de Antonio Gala o las letras existenciales de Sabina que se venden por Reyes o por el Día de los Enamorados como un frasco de colonia de Loewe para novios globalizados y adictos a la seducción inevitable de los anuncios de la televisión. No es eso. El valor de un poema es el de objeto único, irrepetible y tal vez inalcanzable en su precio. Es por ello que la poesía, la verdadera poesía, provoca la indiferencia general, salvo que se la presente como un objeto de consumo apoyado por una eficaz campaña publicitaria y siempre que el autor sea un Antonio Gala, un Serrat o un Sabina, poetas más bien discretos. Más inocente es lo que aquí sucede, en el salón de actos improvisado de una bodega de la Judería, lugar donde un hexámetro sólo será soportado en función de la copa y el canapé que esperan al final de la lectura.
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Carlos Rivera
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