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FUMARADAS
El cielo enladrillado
CARLOS Rivera
(05/07/2006)
El cielo está enladrillado y no sabemos cómo y quien lo va a desenladrillar, como en el trabalenguas infantil. Al mirarse en los otrora espejos limpios del verde Mediterráneo o del Atlántico espumeante, el cielo se refleja como una orillada totalidad construida y diseminada en apartamentos, chalets, pueblos falsamente marineros, imitación de luminosa cal entre las flores que polinizan alergias urbanísticas a quienes siempre creímos que el mar, la luz, eran de todos, sin parcelas privadas. Desde hace treinta años no he visto cambiar mucho el querido paisaje de Mainake. La Torre del Mar que es el descanso de mi espíritu ya estaba erosionada de fealdad desde los años sesenta del siglo pasado, convirtiendo un bellísimo pueblo de pescadores en un urbano adefesio. Los primeros turistas de medio pelo que se asentaron en Mainake seguían la pista de un casi precursor, Antonio Toré Toré , el popular Toto , autor primero del urbanicidio de la bella Mainake. Un fenicio, dicen por allí, como los que colonizaron el lugar para vender la púrpura de un sueño. Con el paso de los años no sólo ha sido enladrillada la orilla del mar sino todas las pequeñas sierras circundantes. Desde el Palo hasta Nerja el monte y la playa se fueron poblando de torres pretenciosas para alojar vecindades de temporada. Hoy apenas existe un solar libre donde plantar más torres de apartamentos. Tanta especulación urbanística de casi todo el litoral de España ha traído, de momento, las consecuencias de Marbella y de algún que otro lugar de la costa señalado ya con el dedo negro de la corrupción insaciable. Construir y construir, destruyendo paisajes a toda costa, talando el árbol creciente de la hermosura paisajística, enladrillando el cielo, el suelo, el aire que se ha viciado de tanto ponerle puertas al mar, por lo que no es extraño que estén bajo sospecha políticos municipales y barandas de las grandes empresas constructoras. El dedo de la Justicia, al fin, ha tocado la llaga que ojalá no se extienda como una purulenta obscenidad por costas e interiores de un país que encontró la gallina de los huevos de oro del turismo y que ya casi no encuentra lugar donde ponerlos. La metafórica gallina que ha incubado desmadres urbanísticos rodeada de gallos presuntuosos. Muchos de ellos están ahora en el corral de la justicia y de la ley, bajo presunción de inocencia, faltaría más. Sean los jueces quienes dictaminen el veredicto final y quien la haya hecho que la pague, como demanda la razón popular. No seré yo, porque no tengo pruebas, quien sospeche que en nuestra hermosa ciudad haya encontrado la corrupción urbanística un coto privilegiado. Lo que no haré será poner la mano en el fuego por ningún político ni constructor, teniendo evidencias, como las que han denunciado los ecologistas, desde la antigua urbanización de Las Jaras al desmonte de la Carrera del Caballo, pasando por la amenaza latente de lo que se pretende hacer con los Baños de Popea. Que se investigue adecuadamente es lo que todos deseamos. Que se demuestre que todas esas denuncias no están documentadas y que las obras habidas o por haber tienen el visto bueno de la legalidad. Que no haya habido ni cohecho ni prevaricación. En cuyo caso, nadie debe tirar la primera piedra por el riesgo de caer descalabrado. En cuyo caso, también, los responsables políticos de la ciudad deben dar la cara para que las sospechas sólo se queden en infundios. Para evitar sesgadas interpretaciones, eso es lo que esperamos todos. ¿O es que acaso los ecologistas son unos insensatos irresponsables? Para ser justos, yo, no me lo creo.
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Carlos Rivera
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