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FUMARADAS
Guantánamo
CARLOS Rivera
(21/06/2006)
Nadie, en ninguno de los medios de comunicación del mundo, se atreve a definir a Guantánamo como un campo de exterminio. Sin habeas corpus , abandonados a su suerte, esclavizados como perros en una perrera, los prisioneros de Guantánamo comienzan a parecerse demasiado a los de cualquier campo de concentración de los gulags soviéticos o a los de la Alemania hitleriana, aunque en ellos no existan cámaras de gas. Son campos de exterminio, como digo, de un exterminio lento. Los prisioneros de Guantánamo podrían formar parte del canto cósmico de Walt Whitman : son considerados como hojas de hierba, como hojas de hierba pisoteada. La democracia de los Grandes Padres que fuera catecismo de libertad, justicia y fraternidad para todo el universo humano, ha convertido el enclave de la hermosa bahía de Cuba en un oscuro lugar donde se violan los derechos del hombre con la complicidad o la omisión de la Europa llamada paradójicamente "libre". Libre de culpa, desde luego que no. Europa ha consentido los vuelos de la CIA transportando prisioneros desde todos los lugares del planeta a ese ghetto cubano, como si se tratara de un negro juego de la oca del que, recordemos, se sale de dos maneras: o cayendo en la casilla de la muerte o en esa otra casilla supuestamente arcádica que en algunos tableros sustituye la plácida figura del cisne en el lago por una asamblea de esqueletos. Eso es Guantánamo: un siniestro juego de la oca en el que muchos ciudadanos inocentes son substraídos al juego de la vida para perderlo de una vez por todas, bien por suicidio, como ha ocurrido recientemente con tres prisioneros, o por el lento exterminio del orden temporal de sus vidas, que nos recuerda una frase de Marx : "El tiempo es todo, el hombre ya no es nada; todo lo más, el esqueleto del tiempo". Hace poco, en su visita a Alemania, preguntaba el Papa Benedicto por el silencio de Dios ante el holocausto judío. Podría haber preguntado por el silencio de su Iglesia, que en aquellos oscuros años miró para otro lado, sin atreverse a condenar el terror delirante de Hitler . Ahora deberíamos preguntarnos todos por esa nueva forma de nazismo que se le consiente a un presidente norteamericano sin que ese falso Tribunal Penal Inernacional, que las democracias occidentales crearon, tenga nada que decir. Sin que Europa haga otra cosa que desmentir vergonzantemente por medio de sus políticos la colaboración que ha prestado. La hipocresía interesada de los moralistas con toga de nuestra Unión Europea no sabe o no contesta. Con la palabra libertad, base esencial de cualquier sistema democrático, ocurre hoy, como ha ocurrido siempre, que hay quienes intentan hacernos creer que quien mejor la garantiza es el fabricante de cadenas. Con la palabra seguridad, tan querida por todas las derechas habientes del mundo, sigue prevaleciendo el orden paranoico de sujetos como el tal Bush por encima de cualquier otra consideración que respete los derechos humanos. Y en lo que respecta a la justicia, palabra bastante devaluada desde sus orígenes y en su propia esencia, la gran excusa de la lucha contra el terrorismo la está dejando en el puro esqueleleto de un significado coercitivo y policial. Toda esa interpretación del entramado de las tres grandes palabras en las que se asienta la democracia hoy ha conducido a situaciones abyectas como la de Guantánamo, un campo de exterminio en pleno siglo XXI con el consentimiento o la omisión de los modelos políticos actuales, incluido el de una parte de la izquierda.
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