FUMARADAS
Cronopios en Germania
CARLOS Rivera
(14/06/2006)
Ahora que está rodando la pelota en las praderas de Germania y de nuevo la religión del fútbol convoca a sínodo universal, no esperamos otra cosa de la selección española que el "volver con la frente marchita", como en el tango, y en cuartos de final. Nuestros futbolistas reunidos dan la impresión, aparentemente, de ser como los célebres cronopios de Cortázar , iconoclásticos, imaginativos, pero sin ningún sistema de pensamiento que fundamente un estilo propio de juego. Ese saber colectivo a qué se juega, se pierda o se gane, va a contrapié (nunca mejor dicho) de nuestro individualismo y nuestro desorden, al contrario de otras selecciones que con peores futbolistas que los nuestros (por ejemplo, Italia o Alemania) saben organizar el caos del juego y crear un argumento colectivo en torno a la pelota. Acráticamente: así lo hacíamos de niños por los ejidos de nuestros pueblos y los descampados de nuestros barrios. Lo importante era divertirse, como lo hacen en Brasil, otro país de cronopios futboleros en el que, como en el nuestro, importa menos el trabajo en equipo que la genialidad personal. Así en el futbol como en la vida, no esperamos otra cosa que el volver anticipado, a salvo esa creencia providencial a la que siempre nos aferramos ilusivamente y que, como en la lotería de los penalties, ya toca que se cumpla. No olvidemos que ahora tiene la batuta un cronopio intuitivo al que en sus tiempos de futbolista y luego de entrenador llamaron "el sabio" por sus conocimientos estratégicos dentro del rectángulo de la pradera en el que se desarrolla el juego del fútbol. De mi memoria de los mundiales de fútbol conservo, como un espejismo de mi niñez, aquel día en el que un vasco, Telmo Zarraonaindía ( Zarra ) nos puso en semifinales, nuestro más alto logro, con un gol que hoy diríamos "casi de churro", pero que en boca de algún retórico personaje de la corte de Franco , como el falangista Sancho Dávila , sirvió para vengarnos de "la pérfida Albión", la maldita Inglaterra que jugando como un equipo desarboló a la poderosa y anárquica Armada Invencible; la Inglaterra que con sus Drakes y Barbasnegras nos robó la cartera del oro americano para sustituirnos como Imperio. De aquellos polvos de la derrota en el juego de la política y el mar vinieron estos lodos del pesimismo histórico del que sólo podemos consolarnos con aquel gol de Zarra o aquel otro de Marcelino de 1964 con el que conquistamos, venciendo a otra perfidia de la época, la de la Rusia comunista, el único titulo colectivo que posee la selección española de fútbol, la Copa de Europa de Naciones. Casi nunca pasamos de cuartos de final en los campeonatos mundiales de fútbol y soñamos que ahora no se repita la desconsolada tradición y que nuestros delanteros acierten con la red del adversario aunque sea jugando como cronopios imaginativos, tal como lo hace Ronaldinho . Los cronopios, sin embargo, y al decir de su creador, Julio Cortázar, nunca se desaniman y sueñan con conquistar la gloria. Y es que alguna vez, digo yo, será el día en el que los cronopios den satisfacción a las famas. Y de manera contundente. Más por poesía que por verdad y merecimiento. Vaya usted a saber si ese niño prodigio no confirmado, Fernando Torres , no nos sorprende, al fin, cogiendo la pelota como un cronopio alado y eludiendo a los cronopios defensores brasileños en cuartos de final, se queda solo ante el portero y esta vez acierta. Estaremos en semifinales. Y si no pasamos de ahí, siempre nos quedará como consuelo aquella épica goleada a Malta, fábula de cronopios y epopeya matemática del fútbol como no ha habido otra.
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