Alejandro Rossi, desde la fisura de su borgiana sonrisa
*Texto de María Ramírez Ribes. Ensayista
A sabiendas de que a Alejandro Rossi le interesan más "las fisuras insidiosas de la vida cotidiana, obra de roedores, no de demiurgos", para saludar su presencia en Caracas no demora María Ramírez Ribes en vincularlo con Jorge Luis Borges: "Rossi sonríe, quizá no como lo haría Borges, menos preocupado por el impacto de las jugarretas del destino en el yo individual y cotidiano, pero sí consciente, como él, de la reivindicación de lo imaginario a través de la escritura". Y en Venezuela estuvo esta semana, como jurado del Premio Internacional de Ensayo Mariano Picón-Salas, para reivindicar dicho género como un género imaginativo
Llegué a Alejandro Rossi a través de un amigo entrañable para ambos, Juan Nuño. Ambos filósofos, amantes de la escritura y devotos de Borges. La lucidez y agudeza que Nuño siempre mostró en sus afirmaciones está también presente en Alejandro Rossi pero desde otra perspectiva. Tanto la presencia como el tono de Alejandro se mueven en el entorno de la vulnerabilidad humana, elemento que a Juan no le gustaba mostrar.
Alejandro Rossi confiesa que el primer contacto con la lectura lo tuvo en su infancia a través de una niñera que, en las horas del crepúsculo y como preámbulo del sueño, le leía los cuentos de "Las mil y una noches". La memoria del mundo imaginario de aquellas historias estuvo siempre acompañada en el recuerdo de la voz y la atmósfera peculiar de aquellas horas en las que decaía la tarde. Ese rito de iniciación al mundo de la creación literaria, tan temprano y tan peculiar, debió quizá incidir en su amor por la escritura, a pesar de la disciplina filosófica en la que posteriormente se formó.
En realidad, la relación entre filosofía y literatura es una distinción moderna que no existía, por ejemplo, en el mundo antiguo. Heráclito no hubiera entendido esta dicotomía. El poema sobre el Ser de Parménides o el poema sobre el Amor de Safo eran dos poemas sobre aspectos distintos de la vida en donde la acepción moderna entre lo objetivo y lo subjetivo no estaba contemplada. La diferencia es producto de una convención posterior que entiende la expresión de lo emotivo personal en contraposición a la expresión del logos como dictamen genérico y universal que excluye al observador de lo observado.
Borges, que tanto amó la ciencia y la filosofía, entendió sus limitaciones, por eso entró en un juego lúdico con muchas de sus proposiciones, a sabiendas de la dificultad de encontrar al verdadero tigre. Esa realidad que se escapa produjo ironía en Borges y produce una cierta sonrisa y atención en Alejandro Rossi quien, distraídamente, se concentra o vive en el texto la cotidianidad lúcida y casual, irrepetible y misteriosa.
"Manual del distraído", "El cielo de Sotero" y "La fábula de las regiones" son apenas los tres delgados volúmenes de una obra sin duda excepcional que ha merecido la atención de la crítica más conspicua. Ensayos, rasgos autobiográficos, relatos, constituyen pinceladas de otra obra inclusiva, que se amplía en el diálogo de algunos de sus relatos y que reaparecen de un libro a otro, casi como fragmentos de otro libro mucho más amplio que el lector genera en la lectura. Ese diálogo, de una u otra forma, también lo ha mantenido Rossi con Borges.
Rossi ha confesado el deslumbramiento que sintió cuando a principios de los años cincuenta descubrió a Borges. De inmediato se dio cuenta de que estaba frente a una manera de contar inédita hasta el momento. No era únicamente admiración por el cuidado en la escritura, era algo más. Ese cuidado y esa manera de contar da un nuevo salto en la obra de Alejandro Rossi, quien no se detiene ahí en la lucidez, en la conciencia de la relatividad o en el ejercicio de la paradoja. Rossi asimila la ironía borgiana para regresar al asombro de la madeja de lo cotidiano. Las divagaciones sobre el orden del universo o el Principio de Causalidad no llegan a tener para Rossi la relevancia que pueden tener los rasgos de la intimidad, esa "pequeña cicatriz en la frente" que desencadena "recuerdos de institutrices crueles, ansiedades nocturnas, excursiones veraniegas, canciones, aquella implacable tormenta, la soledad de los bosques, el empujón fatal, la caída, reflexiones sobre las trampas de la memoria". En Borges los laberintos son la literatura misma, en Rossi, la literatura es la vida, pero literatura construida con recovecos y diminutas hendiduras por donde también se escapa la vida. El infinito juego de azares de las lejanas cosmogonías borgianas se reduce en los cuentos de Rossi a la perplejidad ante la incomprensión de esos hilos que rigen los gestos y los rasgos de la cotidianidad. Ambos están movidos por un anhelo de desmitificar y desacralizar, pero lo efímero e insignificante se manifiesta de manera distinta. Rossi regresa siempre al día a día, a esa pequeñez de lo elusivo que puede llegar a tener consecuencias transcendentales. Se ha dicho que en Borges hay ironía metafísica. Si la metafísica "ordena nuestras perplejidades", Rossi prefiere quedarse con las perplejidades sin más. La necesidad de control o los bríos fáusticos parecen más bien carecer de respuesta frente al filo vulnerable del día a día. Pero ambos comparten el amor por la mesura y el humor.
Quizá porque Alejandro Rossi nació en Italia de madre venezolana, pasó su adolescencia en Argentina, estudió filosofía en México, Inglaterra y Alemania, vivió en Estados Unidos y finalmente eligió México como su residencia, no le interesa tanto destacar la localización geográfica, sino la manera como el escritor de una forma u otra "vomita su infancia" o sus lecturas o esas experiencias más inmediatas que conducen a reflexiones como:
"Yo pienso, con angustia y banalidad, que la vida se escapa. Se escapa por rendijas que no son ni el tiempo ni la escandalosa muerte. Tiempo y muerte huelen a sacristía, a metafísica oscura y campanuda. Me interesan más las fisuras insidiosas de la vida cotidiana, obra de roedores, no de demiurgos. Pienso en esos innumerables e imperceptibles actos que se fugan sin que yo los advierta. (…) ¿Cuántos gestos, actos, movimientos que son míos y, sin embargo, no he vivido? ¿Cuántas cosas han pasado, por decirlo así, a mis espaldas? ¿Dónde estoy yo? Sí, ya lo dije, sentado en un sillón, monarca de un mundo diminuto en plena huida. Porque es verdad que me gustan mis enérgicos y verdes calcetines, pero esa honesta inclinación por ellos es un misterio…".
Sus relatos no se sitúan en ciudades concretas sino en atmósferas suscitadas por las circunstancias, por una frase, un hecho fortuito o una reflexión. "El cielo de Sotero", que da título al libro, podría suceder en cualquier rincón de la región latinoamericana porque "la verdadera patria son las regiones, no esas fronteras de tinta china creadas por la diplomacia". En otro momento, una cita de Conrad puede desencadenar reflexiones contrarias a dicha cita. Ante "el viejo anhelo de dominar las pasiones, esas olas sucias y tiránicas", Rossi dice: "la vida es esa incesante creación de lazos, complicidades, enredos de las almas, encadenamientos y dependencias. Las virtudes se construyen con ese barro, con esas impurezas y limitaciones que somos. El resto es el inaudito y peligroso sueño de la divinidad".
Más que el análisis riguroso y distante del filósofo, Rossi abre plenamente las puertas a la perplejidad subjetiva de lo inasible de las circunstancias, porque el mundo —¿no lo sabía usted?— es de una fragilidad indignante. Todo puede reventar, estallar, echarse a perder. Estoy leyendo, se va la luz, preparo con astucia y estrategia finísima la cita secreta —sí, claro, la definitiva, la suprema, como diría aquel tío mío tan vulgarón— y, naturalmente, ese día el director me convoca a una reunión de la Comisión Dictaminadora.
Ante lo terrible y enigmático de esta realidad escurridiza, Rossi sonríe, quizá no como lo haría Borges, menos preocupado por el impacto de las jugarretas del destino en el yo individual y cotidiano, pero sí consciente, como él, de la reivindicación de lo imaginario a través de la escritura. Rossi da el salto al retomar dicho imaginario y reconducirlo de los mundos elaborados y distantes borgianos a las sensaciones del día a día. Quizá por eso Rossi continúa el relato de Borges y lo lleva más allá: porque lo trae de vuelta hacia el misterio de la cercanía del enigma que vivimos todos a diario.
Quiero concluir con una reflexión de Julio Ortega, quien ha dicho que "Para dejar de ser borgiano, Rossi lo fue plenamente". Y ha añadido:
"Si todo lo que quedara de la narrativa fueran esos poquísimos textos de Rossi, desde ellos se podría reconstruir la historia universal de la literatura. Dado que todo está ya escrito (por Conrad, Stendhal, Borges…) y casi todo está ya pensado (por Leibniz, Schopenhauer, Wittgenstein…), sólo nos queda la perfección, esto es, el escepticismo clásico. Esa elegancia final es el culto de las formas gratuitas, y supone la ligera marginalidad del escritor, y el carácter a la vez desinteresado y definitivo de su trabajo".
*www.eluniversal.com/verbigracia/ memoria/N183/central3.shtml
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