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Abstraccionismo místico
*Texto de Tamara Djermanovich en “Cultural´s”. Diario La Vanguardia
Crear un mundo sin objeto y, a la vez místico y lleno de luz que brota de unicolores círculos o cuadrados en el fondo blanco es el experimento espiritual único con el que Kasimir Malevich asentó el camino del más radical vanguardismo artístico, trascendiendo notablemente las fronteras de Rusia. Su universo, excelentemente recreado en la exposición de La Pedrera en Barcelona invita a reflexionar que el mundo del más allá no necesariamente es imaginable sólo con figuras y escenarios bíblicos, y que, incluso siendo cristianos, podamos recrear un espacio sagrado desnudo de cualquier forma o figura, sin dejar de hallar allá energías imperecederas. El círculo, la cruz y el cuadrado negros sobre el fondo blanco, los símbolos fundamentales del suprematismo artístico emanan esta energía propia a la pintura de los iconos. "Los colores juegan un papel muy importante, como señales que indican el camino", apunta Malevich en sus escritos sobre el suprematismo, concebido como un "pensamiento filosófico a través del color". Construir un mundo alternativo a través del arte era la obsesión del pintor, que ya desde los inicios de su trayectoria se dedica a experimentar, primero en el impresionismo y en el simbolismo pictórico, luego en el fauvismo, en el primitivismo, en el alogismo y en el (cubo) futurismo, para llegar al final al objetivo de crear un mundo sin objeto, bautizado como el suprematismo artístico. Su revolución suprematista tuvo tres períodos cromáticos: del negro, del color y del blanco. Cuando alcanzó la fase de la abstracción absoluta, Malevich todavía compartía los ideales de la revolución social en Rusia. Así, cuando habla del simbolismo de sus tres colores suprematistas en la existencia cotidiana, ve "el negro como el signo de economía, el rojo como señal de la revolución y el blanco como la acción pura". El pintor pertenecía a toda una generación de artistas rusos que propagaban sacar el arte a la calle, difundirlo entre la masa popular.
El infinito ante vosotros
Malevich, próximo al mismo tiempo a lo que en la teología mística cristiana se conoce como el apofatismo, la incogniscibilidad de Dios o de lo trascendente, concibe que la economía de la forma y del color en el arte abre posibilidades a recrearlo como un mundo místico, lleno de potencia invisible. "¡Seguidme y navegad! El blanco y libre abismo, el infinito está ante vosotros", leemos en otro de sus textos. Asimismo los arquitectotes de Malevich -maquetas tridimensionales para una arquitectura utópica, próximas a un futurismo visionario- expuestos también en Barcelona, forman parte de semejante forma de pensar.
Las primeras obras suprematistas de Malevich se exhiben en 1913, provocando, como él mismo testimonia "la indignación de la prensa y entre los críticos, así como en los medios profesionales". Con Vladimir Tátlin, otro exponente del vanguardismo ruso de índole menos revolucionaria, surgieron varias discusiones de las que una acabó en pelea física, a la víspera de la inauguración de una exposición colectiva; Tátlin aceptó no retirar sus cuadros sólo después de que se habilitaran dos salas, una de los pintores profesionales y otra con las obras de Malevich. No obstante, ya entonces éste último empezó a despertar gran fascinación entre el público, en un momento en que en Rusia se intentaba construir un hombre nuevo, al que Malevich quería glorificar en su primer periodo. En los cuadros suprematistas, sin embargo, se interesa más por el espacio, confesando que quiere retratar "un rincón del Universo en su paso por el tiempo".
Parece que Malevich nunca exhibía enseguida sus pinturas más revolucionarias. Así es posible encontrar unas mismas obras datadas en fechas diferentes. En 1927 exhibe una gran muestra de su obra en Berlín y clausurada la exposición decide dejar todas sus piezas allá. Posiblemente esta decisión generosa le obligó luego, al proponérsele una retrospectiva de su arte en la Galería Tretyakov de Moscú en 1928, a pintar obras nuevas falsificando las fechas, anticipándolas hasta veinte años.
Del icono al suprematismo
La tradición del icono marca todo el arte de las vanguardias rusas, sobre todo por su principal regla estética, de entenderlo como una meditación que trasciende los límites del mundo visible. En Malevich la ausencia de la perspectiva, el hieratismo de las figuras, su rigidez y solemnidad, concentración en los ojos -si los hay (en la fase postsuprematista pinta caras sin rostros)-, todo ello representa la continuidad con el más emblemático arte ruso, que es el arte de los iconos.
No obstante, lo que se da en sus más conocidas pinturas iconográficas es una fusión de la tradición del icono bizantino con la del Renacimiento italiano. Así, su autorretrato de 1933, que es la alusión directa al famoso autorretrato de Durero, reúne la transcedencia del icono con el individualismo y el ligero movimiento del estilo renacentista.
La última fase de Malevich, denominada postsuprematista, representa regreso al mundo (semi) figurativo y a la vez su desengaño existencial. Robóticas figuras anónimas o casas deshabitadas sin puertas ni ventanas dan testimonio de su decepción con lo que fue la política comunista en la práctica a partir de los tiempos de Stalin. Las figuras representadas ya no son los hombres del porvenir, sino víctimas de un sistema que ha mutilado sus vidas, como por ejemplo los campesinos que ya no tienen no sólo sus barbas tradicionales, sino ni siquiera brazos, manos ni rostros, simbolizando la dramática situación del campesinado ruso a raíz de la colectivización forzosa. Cuando compone el blanco sobre el blanco, el pintor ruso-polaco está lejos de la energía y excitación que reclamaba como principios de la inspiración artística y da por concluida su pintura. La tragedia del arte y de la cultura que tuvo lugar en la Rusia estalinista queda resumida en el manuscrito del testamento de Malevich: "Solicito al gobierno soviético que se haga cargo del mantenimiento de mi familia (...) Un apretón de mano a todos, con un saludo de camarada".
Su cuerpo fue trasladado de Petersburgo a Moscú en un féretro suprematista del que las autoridades soviéticas eliminaron el símbolo de la cruz, por su posible interpretación religiosa. Hasta la caída del muro de Berlín, la revolución del vanguardismo artístico de Malevich se pudo conocer en el mundo fundamentalmente gracias a las obras que el pintor dejó fuera de Rusia.
*Tamara Djermanovich (Belgrado, 1965) es profesora en la Facultad de Humanidades de la Universitat Pompeu Fabra. Dirige el seminario de Estudios Eslavos en el Institut Universitari de Cultura
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Carlos Rivera
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