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Un cuadro esperpéntico
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FUMARADAS


Un cuadro esperpéntico

CARLOS Rivera

(07/06/2006)

Pretenderá el señor Rajoy lo que he visto reflejado en un chiste (editorial, como casi todos los suyos) de El Roto: "dialogar, sí, pero sin palabras"? ¿Temeroso, quizás, de que a las palabras de la negociación las pueda cargar el diablo, el líder de la derecha apuesta a contracorriente de lo que exige la mayoría ciudadana, argumentado en encuestas? Creo que no es eso sino una continuidad del guión de estar contra el Gobierno, con o sin razón y salga lo que salga, arriesgándose, por cierto, a que le salga a la derecha un nuevo chichón electoral como el que le salió aquellos días de marzo de las mentiras estratégicas. Esa actitud política de permanente enfrentamiento con el adversario gobernante, sin el mínimo ápice de responsabilidad, es lo que don Ramón Carande llamaba "escribir la historia bajo palabra de honor, o peor aún, con dogmática ideología", aunque la mayoría de los ciudadanos esté al cabo de la calle de que en el propósito de consecución de la paz y el fin definitivo del terrorismo hay que hacer una apuesta arriesgada y unitaria y no caben deserciones ni titubeos. Allá el señor Rajoy y su partido, que en una hora tan crucial para el futuro de este país prefieren una confrontación de imaginarios réditos electorales a participar, con todas las consecuencias, en una negociación que requiere la responsabilidad plena del arco parlamentario.
En la línea relativista del equilibrio en la cuerda floja que marca la postura unánime y uniformada de Rajoy y del PP no hay la menor fisura. Los argumentos del resto de los grupos políticos en torno a la necesidad de la negociación con ETA y su entorno para acabar de una vez con el problema del terrorismo quedan reducidos a ceniza. Eso ha ocurrido también con el debate de los estatutos de Cataluña y Andalucía. Lo que es decir que, una vez más, la derecha española es fiel a sus inalterables principios fundamentalistas, con sus verdades absolutas mantenidas a base de agitación y propaganda. El cuadro es curioso y esperpéntico. Está pintado al estilo de las pinturas negras de Goya ; pincelado en monocromía utilizando la tinta indeleble de una falacia retórica cual es la indisoluble unidad de la nación española, tan rica, tan plural y tan diversa como el pensamiento de sus ciudadanos. Esa posición tan negativa de la derecha a lo largo de toda la historia de este país se sostiene sin "enmendalla" no sólo por su visión exclusivista y patrimonial del poder político, sino porque tienen, tuvieron siempre, miedo al futuro. ¿Qué sería de la pobre España sin ellos, los vigilantes de unas esencias tan rancias? Fueron muchas las ocasiones perdidas hasta llegar a la transición de 1978, arrancada tras largos pactos y renunciaciones porque no había otro camino. Largo y dificultoso fue el parto de aquella Constitución que la mayoría de la derecha aceptó como una especie de "trágala" y que hoy curiosamente defienden como si fuera inmutable y eterna cuando es evidente que necesita cambios, y no sólo en los estatutos de autonomía, para adecuarla a las nuevas necesidades y problemas de los tiempos que corren.
Resulta chocante esa actitud de permanente enroque de la derecha española, connatural a su esencia involutiva. Pero lo que la mayoría de los ciudadanos no podrá entender ni perdonarles es el quedarse solos en su soberbia insolidaria ante un tema tan delicado como el de la negociación con ETA y su entorno. Negarle el apoyo a un gobierno ante una oportunidad como la que se presenta, es absolutamente irresponsable.
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