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Almudena Grandes
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Almudena Grandes{ Madrid, 1960 }

Almudena Grandes Hernández nació en Madrid en 1960 y estudió Geografía e Historia en la Universidad Complutense de esta ciudad. Vinculada al mundo editorial como escritora de encargo, adquirió el reconocimiento del gran público con “Las edades de Lulú”, que recibió el XI premio de narrativa erótica La Sonrisa Vertical en 1989. Su segunda novela es “Te llamaré Viernes” y su tercera fue “Malena es un nombre de tango”. La cuarta, “Modelos de mujer”, es una recopilación de siete cuentos publicados anteriormente en varias revista y periódicos. En 1998 publicó “Atlas de geografía humana”.

Obras

1.Las edades de Lulú. Barcelona: Tusquets, 1989. Novela.
Ganadora del XI Premio La Sonrisa Vertical 1989
2.Te llamaré Viernes. Barcelona: Tusquets, 1991. Novela.
3.Malena es un nombre de tango. Barcelona: Tusquets, 1994. Novela.
4.Modelos de mujer. Barcelona: Tusquets, 1996. Cuentos.
5.La buena hija. Cuento. En: Madres e hijas. Freixas, Laura (ed.) . Barcelona: Anagrama, 1996. Cuentos.
6.Especies sin protección. Cuento. En: Érase una vez la paz. Barcelona: Planeta, 1996, pp. 117-123. Cuentos.
7.Atlas de geografía humana. Barcelona: Tusquets, 1998. Novela.
8.Los aires difíciles. Barcelona: Tusquets, 2002. Novela.
Ganadora del Premio Arcebispo San Clemente 2002
9.Castillos de cartón. Barcelona: Tusquets, 2004. Novela.


*www.escritoras.com/escritoras/escritora.php


Fragmento de “Los aires difíciles”


El 24 de abril de 1999, sábado, el doctor Olmedo entró de guardia en el servicio de Traumatología de la clínica Puerta de Hierro de Madrid a las ocho de la tarde. Todavía no eran las nueve cuando ingresó la primera víctima de un accidente de tráfico, un chaval de diecinueve años que había decidido saltarse un semáforo en rojo para cruzar la plaza de España mientras un todoterreno bajaba por la Gran Vía a unos 80 kilómetros por hora. El choque había sido lateral, pero bastó para que el motorista se rompiera un brazo, dos costillas y la clavícula. El de las once y media, en cambio, no llevaba casco y nadie pudo hacer nada por él, pero Juan Olmedo ni siquiera lo vio, porque estaba ocupándose de una anciana recién operada de la cadera que se había caído en el cuarto de baño de su casa. A las dos de la mañana, un turismo se salió de la carretera en una de las cuestas de la Dehesa de la Villa y acabó empotrándose contra un árbol. El conductor, que estaba borracho, se había hecho un lío con los pies y había pisado el acelerador en vez del freno. Tanto él como su novia llegaron a Urgencias como si se hubieran bañado en su propia sangre, pero ninguno de los dos tenía lesiones mortales. Al doctor Olmedo le tocó ocuparse de ella. A las cuatro y media de la mañana, cuando un camillero se la llevó a su habitación, preguntó si había alguien más esperando, se sentó en la sala y se fumó un cigarrillo, mirando con desconfianza la cama que tenía preparada. Odiaba tanto las guardias de los fines de semana que a veces pensaba hasta en cambiar de especialidad, abandonar aquella desoladora disciplina de cuerpos destrozados para instalarse en terrenos más gratificantes, pero llevaba demasiados años trabajando en un hospital como para fiarse de la apacible apariencia del trabajo de los otros. Además, no solía tener mucho tiempo libre para pensar en las guardias de los sábados, y aquella noche no fue una excepción. A las cinco menos veinte, le avisaron de que acababa de llegar una chica joven que había sido atropellada por un coche en la puerta de una discoteca. Aquello sonaba fatal, pero las heridas resultaron muy superficiales. A las seis, sin pensárselo más, se tumbó en la cama y se quedó dormido en el mismo instante en que apoyó la cabeza en la almohada. Quince minutos más tarde le despertó una enfermera.
-¿Sí? -preguntó, tan perfectamente despierto como si no se hubiera acostado-. ¿Qué hay ahora?
-No, no es eso… Es que acaba de llegar su hermano, preguntando por usted. Por lo visto, algún familiar suyo ha tenido un accidente, no me ha querido decir más. Está muy alterado. He venido corriendo a buscarle.
-Muchas gracias -Juan se levantó de un salto-. ¿Dónde está?
-Delante del control.
Bajo las luces atenuadas de una pálida madrugada de hospital, Damián caminaba en círculo alrededor del punto en el que le había dejado la enfermera, completamente solo en un desangelado pasillo de paredes verdosas, decoradas a trechos regulares con listas de recomendaciones sobre cómo actuar en caso de accidente, y gráficos de músculos y huesos reproducidos a todo color que a Juan siempre le habían parecido más siniestros pintados así que al natural. Tal vez por eso, al distinguir la figura de su hermano, que se movía sin cesar para no ir a ninguna parte, atrapado en aquel lugar tristísimo, se dio cuenta de que aún era capaz de sentir compasión por él, como cuando eran niños. El impacto que le produjo la inesperada recuperación de aquel sentimiento le impulsó a besarle en la mejilla en lugar de saludarle con una simple palmada en la espalda, y fue consciente de que no besaba a Damián desde el día del entierro de su madre, cinco años antes.
-¿Qué ha pasado? -preguntó luego-. ¿Alfonso?
Estaba seguro de que el protagonista de aquella emergencia era Alfonso. Tiene que haber sido Alfonso, se dijo ya en el instante en el que la enfermera le anunció que tenía visita, y se lo repitió, sin margen de duda, mientras sus pies salvaban cada una de las baldosas que conducían hasta aquel pasillo. Alfonso era capaz de cualquier barbaridad. Podía haberse quemado, podía haberse hecho daño al saltar desde un mueble, podía haberse caído o hasta haberse escapado de casa, cualquier cosa, esa certeza le tranquilizaba y le angustiaba al mismo tiempo, tiene que haber sido Alfonso, se repitió por última vez mientras esperaba la confirmación de Damián, pero antes de que su hermano llegara a pronunciar una sola palabra, sus ojos le anunciaron ya que estaba equivocado.
-No -aquella mirada desconfiada y furiosa no era la de un hombre simplemente alarmado-. Charo.
-¿Charo? -Juan se clavó al mismo tiempo ocho uñas en las palmas de sus manos, cuatro en la izquierda, cuatro en la derecha, pero no pudo controlar la respiración, y se escuchó jadear mientras un repentino acceso de sudor rebajaba aparatosamente la temperatura de su cuerpo-. Pero… ¿cómo?
-¡Eso me gustaría saber a mí, cómo! -la enfermera que había ido en busca de Juan y ahora recuperaba su puesto tras el mostrador, chistó con el dedo índice encima de los labios para reclamar silencio.
-No chilles, Damián -apostilló Juan, y sintió una feroz oleada de rencor hacia su hermano-. Estamos en un hospital.
-Lo siento -miró en dirección a la enfermera y continuó en un murmullo, apretando las palabras entre los dientes para consolarse de no poder gritarlas-. La Guardia Civil me ha llamado hace un rato para preguntarme si María Rosario Fernández era familiar mía. Han confirmado el domicilio y todo eso, y luego me han dicho que acababa de tener un accidente de tráfico en el kilómetro 11 de la antigua carretera de Galapagar. Les he dicho que era imposible, que mi mujer se había ido ayer por la tarde a Navalmoral de la Mata, a ver a su madre… El guardia me ha dicho que de momento no podía decirme nada más. He llamado a Nicanor para que vaya para allá, a hablar con ellos. Me ha dicho que podía pasar antes a recogerme, pero yo prefiero ir contigo, por si es ella de verdad, para cuando la lleven al hospital, enterarme bien de qué tiene, y todo eso… No sé, estoy muy nervioso. No sé qué pensar, ni qué hacer, ni… ¡Joder!
Juan relajó la presión de las uñas y se miró un momento las palmas de las manos, surcadas por ocho muescas blanquecinas, mientras echaba de menos otras uñas más largas que clavarse en el cerebro. Luego sacudió la cabeza y se obligó a pensar, invocando mecánicamente la disciplina que había acumulado en muchos años de urgencias.
-¿Cómo está esto, Pilar?
-Tranquilo -la enfermera, que había escuchado en silencio el monólogo de Damián, miró el reloj-. Yo creo que ya habrá pasado lo peor, son casi las seis y media… Si quiere, puedo hablar con el doctor Villamil.
-No, gracias. Ya voy yo -entonces sujetó los brazos de su hermano con las dos manos y le habló despacio, para estar seguro de que entendía todas sus instrucciones-. ¿Has traído el coche?
-No.
-Mejor. Iremos en el mío, yo conduciré. Baja a la cafetería, pide dos cafés solos dobles, tómate uno y espérame. Si crees que te va a sentar bien, pide también una copa y bébetela, pero deprisa. Me queda una hora y media de guardia. Tengo que avisar de que me voy, vestirme y tomarme un café, porque no he dormido nada. En menos de cinco minutos estoy abajo. Lo mejor es que lleguemos allí cuanto antes, porque en los accidentes suele haber mucha confusión, y si ha estado implicado más de un coche, al final pueden hacerse un lío con las ambulancias, o no acordarse de a qué hospital han llevado a cada herido. ¿Has comprendido?
-Sí -Damián, que parecía más asustado ahora que antes de hablar con él, asintió con una mansedumbre insólita desde la época en la que los dos iban juntos al colegio, pero Juan necesitaba ya toda su capacidad de compasión para sí mismo.
Mientras informaba a sus compañeros de lo que había ocurrido, mientras se vestía tan rápido como podía, mientras se bebía un café que todavía estaba hirviendo sin haber revuelto bien el azúcar depositado en el fondo de la taza, mientras pisaba el acelerador de su coche para remontar la rampa del aparcamiento subterráneo del hospital, Juan Olmedo trataba de desplazar todos los cadáveres que poblaban su memoria con el recuerdo de todos los accidentados que habían logrado sobrevivir ante sus ojos. Se aferraba a cada cama de hospital, a cada ejercicio de recuperación, a cada lágrima furtiva, a cada sonrisa consciente, a cada jarrón con flores, como a la única palanca capaz de hacer saltar por los aires otras tantas imágenes de cuerpos sin piernas, sin brazos, sin ojos, sin cabeza, sin verdadero cuerpo, todos los despojos privados de vida cuya muerte había visto certificar o había tenido que certificar él mismo. Nunca había estado sometido a una presión semejante, nunca se había sentido tan fuera de sí, nunca recordaba haber tenido tanto miedo como entonces. Necesitaba gritar, maldecir al cielo, machacarse los nudillos contra el salpicadero, arañarse la cara, pero se estaba quieto, y conducía con toda la prudencia que era capaz de simultanear con la máxima velocidad que desarrollaba el motor del coche, y con toda la fe que podía improvisar.
-No estará muerta, ¿verdad? -le preguntó Damián, como si pudiera leerle el pensamiento, mientras desembocaban en la carretera de La Coruña-. Si se hubiera matado, me lo habrían dicho, ¿no?
Juan le contestó sin volverse a mirarle.
-No lo sé.
Y sin embargo lo sabía. Sabía de sobra cuál era la mecánica que activaba cada accidente de tráfico, llevaba quince años formando parte de esa misma mecánica. Sabía que hasta que un médico de los equipos de asistencia en carretera no certifica la muerte de un accidentado, no se llama al juzgado, y que hasta que un juez de guardia no se presenta para autorizar el levantamiento de los cadáveres, no se puede notificar la muerte a los parientes de las víctimas. Sabía que nadie se despide oficialmente de la vida hasta que varios desconocidos consienten en que se haya muerto del todo, y que el primer tramo de la carretera de Galapagar depende de los juzgados de plaza de Castilla. Sabía que en el término municipal de Madrid las noches de los viernes y de los sábados son fatales, y que durante los fines de semana los juzgados están tan sobrecargados de trabajo como los servicios de traumatología. Sabía que el juez suele llegar tarde, y que los familiares casi siempre llegan antes que él. Sabía todo eso, pero no dijo nada porque se acordó a tiempo de cuántas veces él mismo había deseado que Charo muriera, que desapareciera, que se desvaneciera en el aire, que se mudara a la otra punta del universo. Recordó a tiempo todas las noches que había pasado en vela invocando su muerte, todas las copas que había alzado en el aire para brindar en su entierro, todos los timbres de teléfono que le habían torturado durante años enteros, todas las mesas de restaurante con dos cubiertos en las que había acabado cenando solo, todas las vidas a las que había renunciado, todas las novias a las que había dejado, todas las oportunidades que había rechazado para poder seguir gozando del glorioso martirio de los timbrazos equivocados, de las mesas solitarias, de las copas envenenadas, de las noches en blanco y del cuerpo moreno del amor de su vida. No se puede dimitir del infierno, se dijo Juan Olmedo cuando todavía estaba a tiempo, porque el infierno nunca se para, el infierno tiene piernas, dos largas piernas que imprimen para siempre su huella tensa, articulada y lujosa, en las retinas de los condenados, y siempre corren más que el más veloz de los incautos a los que han atrapado alguna vez, no se puede escapar del infierno, dejarlo atrás, confundirlo, negarse a él, negarlo, negarse a uno mismo. No se puede decir que no, porque el infierno no tiene oídos para escuchar esa palabra, y él lo sabía mejor que nadie porque llevaba media vida pronunciándola en vano. No me voy a librar de ti tan fácilmente, se dijo Juan Olmedo, sería demasiado sencillo, demasiado casual, demasiado atroz, es imposible, imposible, repitió, mientras aún estaba a tiempo, y algo, alguien, una mano que no reconoció, quizás su propia conciencia, compasiva, deslizó una imagen fija en el fondo de sus ojos, como una diapositiva, una foto transparente de un cuarto de hospital, de su propio hospital, con una sola cama junto a la ventana y un sol cegador resplandeciendo en las sábanas blancas y en los ojos de una Charo más delgada, muy cansada, despeinada y pálida, que ladeaba suavemente la cabeza para apoyar la cara en la mano de un hombre vestido de verde que estaba de pie, a su lado, y era él mismo, el doctor Olmedo, que había dispuesto el traslado de su cuñada a su propia planta para supervisar personalmente su recuperación, y al fin había logrado tenerla en una cama, quieta, para él solo, desde que le llevaba el desayuno por la mañana hasta que se despedía de ella cada noche. Yo te curaré, se dijo, yo te cuidaré, yo me ocuparé de ti, y paladeó cada una de las sílabas de aquellas tres frases porque todavía estaba a tiempo, yo reconstruiré cada hueso de tu cuerpo, yo me aseguraré de que duermas cada noche, yo te evitaré hasta el más lejano presentimiento del dolor, y hablaremos, añadió para sí mismo, cada vez más eufórico, seguiremos hablando de lo de siempre, pero tú ya habrás visto la muerte de cerca y la vida te importará más que antes, seguro que sí, eso pasa siempre, y yo me encargaré de Damián, yo se lo explicaré todo, nos iremos juntos, nos iremos lejos… Llegó a ensimismarse tan abrupta, tan súbita, tan desesperadamente en aquella fantasía caliente y luminosa, que estuvo a punto de salirse de la carretera en el kilómetro 9,800 de la antigua carretera de Galapagar. Al doblar la siguiente curva, distinguió ya al fondo las luces de la ambulancia del Samur, estacionada en medio de la calzada. Antes de salir del coche, buscó a Charo con la mirada pero no la encontró.
-¡Damián! ¡Damián!
Juan Olmedo escuchó dos veces el nombre de su hermano envuelto en un grito, y reconoció la voz de Nicanor Martos, inspector de la Policía Nacional y el mejor amigo de su hermano Damián. Intentó calcular de dónde venía, pero no logró localizarlo entre la docena larga de hombres y mujeres, algunos uniformados, otros de paisano, que formaban pequeños grupos alrededor de la ambulancia, de la grúa, del furgón de atestados. Dos coches del 091 con las alarmas encendidas y varios turismos más sin identificar, amontonados, más que aparcados, sobre la carretera en todas las direcciones posibles, completaban una imagen estática de la confusión. Mientras los sorteaba, avanzando hacia delante sin saber muy bien adónde iba, Juan vio un zapato de hombre tirado en el suelo, volcado sobre un lado, un zapato muy limpio y casi nuevo, la suela de cuero apenas arañada, un zapato como un destello, como un signo, como una palabra. En ese instante, supo que Charo había muerto, y se sintió sumergido de repente en una torrencial marea interior, porque todo el líquido que contenía su cuerpo vivo, sano, remontó sin esfuerzo el obstáculo vertical de su estatura para agolparse en los huecos de su cráneo y presionar en oleadas sucesivas, cada vez más violentas, más bruscas, más dolorosas, los debilitados diques de las cuencas de sus ojos, de sus oídos, de sus sienes, de su nariz. Sentía las piernas secas, descarnadas, y los brazos ausentes, el pecho perforado y vacío mientras su cabeza crecía y se deformaba como una esponja ahíta, incapaz, deshecha en agua, y todas las imágenes llegaban a sus ojos detrás de un velo turbio, acuático, y todos los sonidos temblaban un instante antes de que sus oídos pudieran procesarlos, y un gigantesco océano se dividía en dos mitades y se reunía de nuevo sin pausa y sin propósito en el centro de su frente, dos olas monstruosas chocando entre sí para deshacerse y alzarse otra vez durante una eternidad que no duró más que unos segundos. Con esos ojos líquidos, casi incapaces, vio por fin a Nicanor, que avanzaba en su dirección con el brazo derecho levantado en una congelada señal de alarma y, al girar la cabeza a la derecha por una pura intuición sin forma, descubrió por fin dos bultos cubiertos con varias mantas gruesas, pardas, que reposaban junto a la línea blanca que separaba la carretera del arcén.
-¡Damián!
Cuando Juan creía que el recién llegado se dirigía a él, Nicanor repitió aquel grito por última vez y entonces se dio cuenta al mismo tiempo de que su hermano seguía estando a su lado y de que sus propias piernas temblaban como si estuvieran sometidas a un esfuerzo que no eran capaces de soportar.
-No te acerques, Damián. Está muerta.
El policía, tan habituado como cualquier médico a dar malas noticias, era un animal de sangre fría. Juan lo sabía, lo conocía muy bien. Nicanor Martos, que había escogido la profesión de su padre, que antes había sido la de su abuelo, no tenía buena fama en Estrecho cuando los Olmedo se fueron a vivir allí, a mediados de los setenta. Durante los primeros días, mientras paseaba sin más propósito que el de intentar orientarse en su nuevo barrio, Juan lo vio alguna vez, siempre solo, recorriendo las calles muy despacio con un abrigo loden verde y unos zapatos de pijo que no acababan de encajar del todo con su cara de piel grasienta, martirizada por el acné. En aquella época ya era más alto que bajo, más gordo que delgado, y llevaba una insignia de la Falange en la solapa. Miraba a la gente como si quisiera dejar claro que la estaba vigilando, hasta que se encontró con Damián y perdió interés por el resto del mundo. Dispuesto a ser en todo una segunda sombra del Olmedo pequeño, se dejó crecer el pelo, se calzó unas botas negras de tacón, y se compró una chaquetilla vaquera a juego con los pantalones, a la última moda de Villaverde. Desde entonces no se habían separado. Damián era el único amigo que Nicanor había tenido en su vida, y seguía siendo la única persona que le importaba de verdad. Tal vez por eso, porque más de veinte años no habían bastado para que la intimidad lograra colmar del todo la inmensa deuda de gratitud y admiración que sentía por él, le abrazó muy fuerte antes de seguir hablando y, cuando se separaron, sus ojos, que habían contemplado los cadáveres de las víctimas sin alterarse, estaban turbios.
-Es ella y está muerta -repitió, para asegurarse de que Damián le entendía-. No hay nada que hacer.
Juan cerró los ojos y los abrió de nuevo al sentir un golpe en el costado izquierdo. Su hermano se tambaleaba, oscilando entre él y el vacío, cuando Nicanor lo cogió como si fuera un fardo, y lo obligó a andar, sujeto entre sus brazos, hasta dejarlo apoyado en uno de los coches de la Policía. Juan, que se había acostumbrado a sujetarse a sí mismo en cada músculo, en cada sílaba, en cada silencio, durante una década de amor furtivo, se quedó quieto una vez más. Cerró los ojos y volvió a abrirlos un instante después, cuando se dio cuenta de que se estaba mareando. Tenía la boca seca, la garganta súbitamente sensible, y su saliva, que se había vuelto ácida, le irritaba las encías. Aún no sentía ninguna otra cosa cuando fue tras ellos.
-¿Cómo ha sido?
Damián arrastraba las sílabas como si estuviera borracho, aunque su cara parecía congelada, sus ojos perdidos hasta que se volcaron en los del policía, que no encontraba la manera de empezar a contestarle.
-Cuéntame cómo ha sido -insistió-. Quiero saberlo.
-Ha debido de ocurrir sobre las cinco y media, más o menos... -Nicanor consultaba una agenda en la que había ido anotando una sucesión de datos fríos, despiadados, exactos-. Parece que el conductor, como mínimo, iba borracho perdido. El médico del Samur que lo ha reconocido le ha dicho a la Guardia Civil que seguramente se había metido algo más, coca, o éxtasis, supongo, vete a saber... Venía de Madrid, a más de ciento ochenta. Se ha salido de la carretera, se ha comido el quitamiedos y ha empotrado el Audi contra una roca de granito. Ninguno de los dos llevaba abrochado el cinturón. La Guardia Civil ha tenido que pedir una grúa especial para desincrustar el coche, porque se había encajado en una grieta y no había manera de sacarlo con los garfios normales. Parece que han muerto en el acto. El airbag de Charo ha saltado, pero alguna pieza de la carrocería, o el mismo quitamiedos, que está hecho una masa con el resto de la chatarra, le ha rajado la femoral. El airbag de él ni siquiera ha llegado a saltar, el choque ha debido de ser demasiado violento. Ha costado mucho trabajo sacarlos y los cadáveres están muy mal. Yo creo que es mejor que no la veas... -en ese punto, Nicanor hizo una pausa, encendió un cigarrillo, y posó la mano izquierda en el cuello de su amigo, como el máximo esbozo de ternura que podía consentirse a sí mismo, antes de terminar su discurso en un susurro-. Lo siento mucho, Damián, y lo siento todo, que Charo esté muerta, que se haya matado así...
-¿Quién era él?
-Eso da igual, Damián, no pienses ahora en eso.
-No, no da igual -y miró a su amigo como si no pudiera creer que se hubiera atrevido a sostener lo contrario-. A mí no me da igual. ¿Quién era?
Mientras hojeaba de nuevo su agenda, Nicanor apretó las mandíbulas en una mueca que expresaba un dolor casi físico, como si ninguna de las noticias que le había dado a su amigo hasta entonces le doliera tanto como aquella.
-José Ignacio Ruiz Perelló -dijo por fin, después de carraspear un par de veces-, cuarenta y un años, valenciano de nacimiento, vecino de Madrid, del Parque del Conde de Orgaz. Estaba casado con una tía de muy buena familia, con mucha pasta, y era ingeniero de caminos, un alto cargo del MOPU. Los de ese bar de ahí lo conocían. Su mujer tiene un chalet de la hostia un par de kilómetros más allá, una de esas casas de veraneo antiguas, con un jardín muy grande, prácticamente una finca. Debían de ir allí, cuando se mataron. Ella no tenía ni idea, claro, se ha quedado de plástico. El tal Perelló le había dicho que se iba a Lisboa porque tenía que estar presente en la inauguración de una presa conjunta hispano-portuguesa en el río Tajo, o algo por el estilo… Ha llegado antes que vosotros, es esa rubia teñida que está ahí, la del visón.
Entonces se hizo un silencio largo y hondo, espeso, cargado de recuerdos amargos y de presagios peores, otra breve cadena de segundos eternos que Damián rompió sin palabras, descargando el puño cerrado contra el techo del coche.
-¡Puta! -murmuró luego, manteniendo el brazo levantado en el aire-. ¡Puta, puta! -repitió, estrellando el puño una y otra vez y elevando el volumen de su voz en cada golpe, mientras se echaba por fin a llorar-. ¡Puta, puta, puta!
Juan encogía los hombros en cada chillido. Los gritos de su hermano, como otras tantas agujas largas y afiladas, encontraron el mejor camino para perforarle el cerebro limpiamente, abriendo un orificio en línea recta que amenazaba ya con comunicar para siempre sus oídos cuando decidió que no podía aguantar ni un segundo más.
-Voy a verla -le dijo en un susurro a Nicanor, que fumaba en silencio y le respondió con un movimiento de la cabeza, sin apartar los ojos de la furia de Damián, preparado para recogerle cuando se viniera abajo.
Juan se alejó de aquella voz tan deprisa como pudo. Un guardia civil de tráfico le salió al paso cuando llegó a la altura de los cadáveres.
-¿Qué desea? -dentro del uniforme había un chico muy joven, de unos veintitrés años, veinticuatro como máximo, con aire de cadete recién licenciado y todavía escrupulosamente adicto a todos los reglamentos, pero sin mucha experiencia en la misión de imponérselos a los demás.
-Quiero ver a la mujer.
-¿Es usted familiar?
-Sí, soy su cuñado. Mi hermano no puede verla. Está completamente deshecho. Es ése de ahí, el que aporrea el coche… -el guardia levantó las cejas y frunció los labios en una mueca de asombro casi cómica-. Ya sé que la han identificado, pero me gustaría verla de todas formas.
-Ya… Pues le advierto que está muy malamente…
-Me lo imagino.
-Sí, pero la verdad es que no hemos conseguido sacarla con piernas…
-Eso me da igual. Soy médico, trabajo en un hospital. Le aseguro que he visto cosas peores.
-Si usted lo dice… -el guardia, que parecía más asustado que él, se inclinó sobre el cadáver de Charo y lo destapó con la cabeza vuelta hacia fuera, mirando hacia otro lado.
Juan se acuclilló en el suelo, y trató de estudiar su cuerpo como lo habría hecho un forense, mientras comprobaba con el rabillo del ojo que el guardia había decidido ahorrarse una nueva sesión de aquel espectáculo. Aquella mujer, unos treinta y cinco años, ciento setenta centímetros de estatura, sesenta y cinco kilos de peso, cabello y ojos oscuros, raza blanca mediterránea, había muerto efectivamente por causa del desgarro de la arteria femoral. Su muslo derecho presentaba un corte limpio. Y nada más. Su muslo izquierdo había permanecido unido al resto del cuerpo hasta unos diez centímetros por encima de la rodilla. Su muslo derecho. Su muslo izquierdo. Sus piernas del color de las tartas de yema tostada. Astillas de hueso triturado, pulpa de carne ensangrentada, tiras de piel arrancadas de dos ligas de metal. Sus muslos. Sus rodillas ausentes. Sus rodillas. Juan se llevó instintivamente dos dedos al cuello, pero no encontró de dónde tirar. Llevaba abiertos los dos primeros botones de la camisa, pero le faltaba el aire. El tronco y la cabeza estaban en buenas condiciones. Sobre el rostro palidísimo y reseco de la mujer desangrada, blanco levemente teñido de malva, los labios pintados de un rojo muy oscuro, más que granate, casi marrón, adquirían una relevancia obscena. Juan Olmedo abrió su propia boca y empezó a tragar el aire a bocanadas, mientras desviaba la mirada hacia los ojos de la mujer muerta. La raya negra que no debería haber sobrepasado la línea interior de cada ojo, se había corrido para sombrear dos ojeras artificiales bajo los párpados inferiores. El rímel, seco, se había desprendido ya del borde de las pestañas, sembrando los pómulos de diminutas partículas negras. Charo se había vuelto a pintar cuidadosamente los labios, desentendiéndose del resto de su maquillaje, antes de salir de Madrid, como había hecho siempre justo después de vestirse, cada vez que abandonaba la casa de su cuñado para volver a la suya. Juan reconoció el color, tan distinto de los rosas pálidos, fronterizos con el beige, de sus labios de las comidas familiares, sucumbió a su significado, y sintió por última vez las piernas de Charo, esas piernas que ya no existían, alrededor de su cuello. Entonces, sin mover los hombros ni adelantar su cuerpo hacia el cadáver, para que nadie situado a su espalda pudiera advertir lo que estaba haciendo, alargó los brazos y desabrochó deprisa dos botones de la blusa color burdeos para descubrir el escote de un sujetador de encaje del mismo tono, y no quiso verlo, porque cerró los ojos, pero dejó caer su cabeza para apoyar la frente durante un instante sobre aquel pecho inerte, la piel insoportablemente fría.
-¡Eh, oiga! -un segundo después escuchó una voz ronca, que no era la del joven guardia que le había dejado antes a solas con ella, y el eco de unos pasos que se acercaban-. ¿Pero qué está haciendo? ¿Quién es usted? No se pueden tocar los cadáveres. El juez no ha llegado todavía…
-Lo siento -dijo Juan en voz alta, abrochando a toda prisa los botones que había desabrochado antes-. No lo sabía.
Se levantó enseguida y no se detuvo a apreciar la furiosa expresión del guardia veterano, que le increpaba aún mientras volvía a cubrir con mantas el cuerpo de Charo. Ya había decidido lo que iba a hacer a continuación, y la proximidad de Nicanor, que había abandonado momentáneamente a su amigo junto al coche y caminaba como si pretendiera reunirse con él, quizás porque lo había visto todo, quizás porque no había visto nada y pretendía enterarse de lo que había ocurrido, no le pareció un motivo suficiente para cambiar de planes. Se dirigió directamente al equipo del Samur, habló con un médico, se identificó, y le pidió algún calmante para su hermano. Después regresó al coche. Nicanor había vuelto al lado de Damián, que miraba al vacío con los brazos flojos, caídos a los lados, y el aspecto penoso, inservible, de un globo arrugado y sucio justo después de desinflarse.
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Carlos Rivera » Nuestra literatura » Respuesta

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