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Artículos de opinión (1998-2003)
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EL LAZARILLO DE USERA
CARLOS RIVERA
Dado que los poetas somos seres en vías de extinción y que, por el mal gusto de la época, el precio de un endecasílabo está por los suelos , entiendo que cada día de este nuevo milenio aumentará el consumo de “monovolúmenes”, es un decir, y disminuirá considerablemente, es otro decir, el consumo de contemplaciones de puestas de sol. En el mismo sentido, y puesto que los libros de texto ya se venden en los supermercados con la oferta de la longaniza, nuestros escolares considerarán que el bocadillo de Historia administrado por el profesor es más indigesto que el de Matemáticas. Con los numeros pueden hacerse virguerías como las del profesor Camacho, del barrio de Usera. Con la Historia y la Literatura, en cambio, sólo pueden realizarse transacciones cerebrales sin ningún beneficio de futuro. Desde que los libros se adquieren en el “híper” vulgarizados como productos perecederos mientras los vinos y los salchichones se encuadernan con todo detalle de lujo, el estómago ha sustituído al cerebro como región del pensamiento. De manera que la cultura de nuestros predecesores será una cultura de bocadillos : uno de Historia lo digerirá el cerebro del estómago como una fabada con todas sus inmediatas consecuencias volátiles. Otro de Literatura, envuelto en el monólogo de Hamlet o en la Metafísica de Aristóteles, podrá ingerirse entre clase y clase para que pueda eliminarse con prontitud aprovechando la hora del recreo. El de Matemáticas, en cambio, deberá administrarse como una experiencia intelectual : se enseñará a los niños como un imprescindible valor en alza, formativo y moralizador para el futuro, para que cuando lleguen a la Facultad sepan de ingeniera financiera más que Piqué y Mario Conde, más que los directores de la banca suiza, más que el profesor Camacho, que hizo desaparecer, con la sutileza de un prestidigitador, los números pequeños y los enteros, los negros y los blancos de una parte del electorado del PP con la genialidad de un silogismo. Niños así formados contribuirán no sólo al desarrollo económico de la nación sino al proyecto depredador de futuro de las políticas neoliberales, generadoras del placer material y del inmaterial de crear de la nada un chiringuito financiero. Créanme, esto es, en cierto modo, como una experiencia literaria : la de la nueva picaresca que armada con un ordenador y una buena agenda de relaciones pone en práctica las enseñanzas del Buscón de Quevedo y del Lazarillo de Tormes aderezadas con el milagro de la multiplicación de los panes y los peces para excitar la imaginación de los creyentes en el paraíso económico. Desde que los libros se venden en los supermercados y los niños digieren bocadillos livianos de cultura y bocatas selectos de economía productiva y procesos de datos, podía esperarse esto. Entre un libro y un billete de mil, no hay duda electiva. Un libro se indigesta en el cerebro del estómago. Un billete de mil administrado con talento económico y sutileza linguística puede proporcionarte una colección de trajes de Armani y relojes Cartier y hasta el placer inmaterial de creerte un semidiós, aunque procedas de la clase trabajadora, como el señor Camacho , EL Lazarillo de Usera. Si, encima, tienes la bendición de especular con los dineros de la Iglesia, nadie podrá decir que sea pecado hacer virguerías con los números en beneficio propio. En todo caso, un pecado venial de esos que se perdonan con un “avemaría” o un regalo ostentoso al vigilante austero, el notorio Ramallo. La economía se ha convertido en una de las bellas artes. Una de sus ramas más ilustres y atractivas es la de los chiringuitos financieros, cuya teoría y práctica pronto podrá impartirse en los cursos de verano con lecciones magistrales tales como : “Los depósitos estructurados considerados como un problema filosófico”. O “La volatilidad del dinero como experiencia religiosa”. Les puedo asegurar que los catedráticos con permiso carcelario que impartirán tales lecciones tendrán un éxito irrefutable. Y un puesto en la historia de nuestra literatura picaresca.
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Carlos Rivera
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