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El aviador de Malraux
*Texto de Robert Saladrigas en “Cultural´s “. Diario La Vanguardia
Me parece inaudito que la novela “El silencio del aviador” (“La rançon”, 1952) de Paul Nothomb haya tardado más de medio siglo en ser traducida, casi coincidiendo con la muerte de su autor el pasado 27 de febrero. No me explico las causas en un país que se singulariza por traducir con discutible rigor selectivo y, sin embargo, pasa por alto obras que no merecen ser desdeñadas. En el caso de este libro del belga Paul Nothomb -tíoabuelo de la también escritora Amélie Nothomb- por sus raíces hundidas en la Guerra Civil española y por ser contrapunto de la célebre y en mi opinión sobrevalorada novela de André Malraux “La esperanza” (L´espoir), que desde su aparición en 1937 ha sido tenida por emblemática de la contienda desde el prisma republicano. Nothomb aparece en ella bajo la identidad de Attignies, así como Malraux es uno de los pilares de “El silencio del aviador” como el comandante Réaux, jefe de la escuadrilla aérea internacional que defiende Madrid del asedio fascista. De manera que cuesta entender, incluso prescindiendo de sus calidades literarias, cómo hasta ahora ha podido obviarse su presencia en un contexto editorial tan acogedor, tan magmático como el español.
Para llegar hasta “La rançon” (“El rescate”) -el título original es más ajustado que el de la traducción- considero insoslayable pasar por la biografía de Paul Nothomb, nacido en 1913 en Bélgica, en una familia burguesa, católica, de políticos y artistas. En 1931 ingresaba en la École Royal Militaire para hacerse aviador, al mismo tiempo que se inscribía en el Partido Comunista alentado por las lecturas de Nietszche. Fue expulsado y tuvo que exiliarse a Estados Unidos hasta que estalló la Guerra Civil española. En su condición de piloto se alistó en las Brigadas Internacionales y llegó a Madrid para incorporarse a la escuadrilla España que comandaba su admirado André Malraux. Herido en 1937 cerca de Motril y disuelto el grupo, regresó a Bélgica para, tras ser ocupada por los alemanes, formar parte de la resistencia hasta que en 1943 fue apresado por la Gestapo y ferozmente torturado; incapaz de soportar el sufrimiento, en pleno delirio -escribiría más tarde un libro con el título de “Le délire logique”- tuvo una reacción insólita que marcaría su vida: quiso persuadirse a sí mismo y a sus torturadores de que en realidad no era marxista sino uno de ellos, es decir, un convencido de que el nacionalsocialismo constituía un instrumento válido para destruir la plutocracia burguesa e instaurar las bases de un mundo superior y más justo. No dudó en delatar a sus camaradas y, asombrosamente, los alemanes le creyeron. Una vez liberado volvió al ejército para seguir combatiendo a los nazis, pero al terminar la guerra fue juzgado, condenado a dos años de prisión y expulsado del Partido Comunista. Nunca después lograría sobreponerse al abismo de la culpa ni, por otro lado, cejará en el empeño de justificar su caída para que los demás entendieran que no pudo evitarla.
“El silencio del aviador” no sería lo que es de no arrastrar Nothomb el lastre de su mala conciencia. Pero aunque basada en hechos vividos, pienso que sería un demérito leerla exclusivamente en clave autobiográfica. En realidad versa sobre su autobiografía moral. Incluso desde el punto de vista ideológico transpira cierta ambigüedad. El personaje de Réaux, trasunto de Malraux, es sin duda procomunista; y el suspecto comisario Ivanov un fanatizado estalinista que actúa como instrumento transmisor de las órdenes venidas de Moscú; pero el protagonista de la historia, el hosco y solitario Atrier, aviador experto que se incorpora a la escuadrilla después de su paso como mercenario por Venezuela de donde se trajo un odioso secreto y despierta los recelos de Ivanov, no queda ni mucho menos claro si en su elección de bando han influido más la deriva personal que el imperativo ético o ideológico. Atrier demuestra su pericia en el combate pero no lo empuja otro idealismo que su propia verdad; no busca ser un héroe ni pretende honores pero es consciente del vacío sobre el que mantiene a duras penas el equilibrio, del absurdo de la vida y la falsedad de la moral imperante que le provoca una profunda náusea existencial. Réaux es el único que confía en él y le apoya con su amistad, a la que un maltrecho Atrier se agarra para confiarle el mezquino acto de cobardía que supuso la muerte de otros camaradas. Y Réaux, el comunista ortodoxo, que pese a tanta barbarie y sufrimiento todavía conserva la esperanza de que nada resultará baldío, muestra su humanismo y trata de hacer ver al individuo humillado que asumiendo su responsabilidad se redime de la culpa y salda la deuda.
Voluntad testimonial
O dicho en otras palabras, al confesarse en “Le délire logique” y en “La rançon” Nothomb no se propone como Malraux al escribir “La esperanza” o al filmar “Sierra de Teruel “ dejar su testimonio visceral de una historia trágica en la que estuvo metido hasta los tuétanos, sino servirse de lo vivido para, dándole forma de alegoría, contribuir a su rehabilitación. Por eso Réaux es el fiel retrato del André Malraux que conoció en el aeródromo de Barajas un día de 1936 y durante el año que compartieron la aventura bélica fue para él un referente imborrable, pero el agónico Atrier es sólo la máscara de Nothomb en el bienio 1936-1937; Atrier es un personaje de ficción, trazado desde la experiencia y la pérdida entre 1950-1951, cuando la vida real del autor estaba marcada por los efectos de la culpa y su obsesión expiatoria. Por lo demás, los hechos son similares a los que relató Malraux pero narrados con mayor concisión, sin retórica ni excesos de egocentrismo.
No considero que “El silencio del aviador “sea una gran novela como no lo es “La esperanza”, vistas ambas en estricta perspectiva literaria. Son relatos irregulares, tal vez porque en las dos la voluntad testimonial prima sobre el impulso creativo. Pero lo que me ha seducido del libro de Paul Nothomb al leerlo ahora es el contraste entre la aparente neutralidad de la prosa y el tumultuoso flujo vitalista que inflama sus arterias. Resulta, como poco, conmovedor.
*Paul Nothomb. "El silencio del aviador". Prólogo de José Ovejero. Traducción de Ramón Vilardell. FUNAMBULISTA. 189 PÁGINAS. 15,98 EUROS
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Carlos Rivera
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