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EL INTRUSO

CARLOS RIVERA

Mientras Ana termina la comida y yo pongo la mesa, sentimos la presencia del intruso. Siempre sucede a la vuelta de las vacaciones : abrimos el atlas de la conversación y sentimos el olor punzante y grato de la sal marina. Cuando éramos alumnos de la Facultad de Filosofía y no teníamos relación sentimental, Ana, más precavida y práctica, volaba, en un ejercicio de imaginación a Siracusa. Era por mayo y al salir de la clase ya lo tenía decidido : unas vacaciones de menú económico en compañía de las amigas. Yo, en cambio, en la plaza del Cardenal Salazar, sólo veía volar a las gaviotas en los escorzos de esos vencejos imprecisos que me sugirieron el poema de “El caminante” como símbolo temporal del simulacro eterno. En alguna ocasión charlaba con Carlos Clementson y Homero paladeando una taza de café. Nos habíamos citado con Ulises en algun bar de la Judería. En aquellos tiempos a Carlos y a mí, además de la poesía, nos unían infinidad de cosas : el mar Mediterráneo en el que habitaban las nereidas, Hesiodo, Josehp Plá, los olivos de Agrigento, las pasas de Corinto, y, sobre todo, la literatura. Siendo los dos poetas, cada café en la Judería nos alimentaba de seducciones del luminoso espacio y nos invitaba a la hermeneútica y a la hermenaútica. Clementson buscaba el vellocino de oro en la belleza de “Los argonautas”. Yo estaba enamorado de Nausica e inventaba mis “islas” literarias con diario de a bordo, mientras leía a Heráclito.
Mis vacaciones, por aquellos años, eran las del viajero inmóvil que iba acumulando coágulos de música por todo el atlas. Ya saben que Nabukov (el de “Lolita”, ese) no tuvo que viajar para escribir “Los asiáticos” y que Max Aub, para transmitirnos su deliciosa “Geografía” , sólo tuvo que introducirse en un mapa del colegio cuando tenía doce años y recordarlo, con su tinta verde, treinta años después. Hay un paréntesis por medio, siempre hay un paréntesis. Como lo hubo en mi vida hasta las primeras vacaciones con Ana. El destino, obviamente, sólo podía ser el Mediterráneo. Ahí cerca, pasando la recta de Antequera, sientes la blanda succión. Caminas hacia Mainake a todo octano y por las curvas de Casabermeja (con su cementerio blanquísimo que sedujo a Antonio Gala, como el de Polop de la Marina enmagió a Gabriel Miró) comienzas a sentir, como ahora en la cocina, el olor punzante y grato del efluvio salino.
Así dicho, Mainake, puede darte ideas de Teseo o de Baal. De fenicios y griegos. Los dioses, incluso los dioses menores del Mediterráneo, tienen en común para nosotros, los del interior, el prestigio de la luz, el azul varado, Tetis y el Calendario Genitivo del mes de agosto. Te vas como un ladrón de metáforas y algunos libros que has recuperado de la memoria. Y al llegar a Mainake sientes un impreciso afán de nada : olvidar la maleta y buscarte en la espuma, dejar que el mar te lama las ingles y que te hable de Odiseo. Sólo con eso has cumplido tu destino. Como el mar en la playa, lista para sentencia con tanta promiscuidad de cuerpos. El navegante solitario debe eludir la ruta desechable de la costa para evitar su propio naufragio. Como los dioses son benévolos para quien los invoca, siempre hay una cala, un término arqueológico en lenguaje turístico, desde donde mirar y ser mirado por el Mediterráneo. De ese modo evitas la esclerosis del disperso y puede descansar tu fatigada mente en el sitio propicio : donde brota la espuma. No serás como Zeus pero si sentiras como un confinamiento lírico . Es la presencia del intruso edénico.
Ahora sientes su olor en la cocina, mientras Ana prepara la comida del primer día de olvido de Mainake. Es como una certeza itinerante que te acompañará en la mesa y mañana, ante el ordenador, mientras despliegas el procesador de textos para escribir tu colaboración en el periódico. En el primer desayuno de trabajo tienes la sensación de haberte convertido en póstumo, cristalino y vulnerable. Con el café de la mañana vuelves a la dudosa realidad. Has pedido una taza de música y sólo te han traido un insignificante café con leche.
Importante: Se permite la reproducción de los textos siempre que se cite la fuente
Carlos Rivera » Artículos de opinión (1998-2003) » Respuesta

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