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El espíritu de San Vaast
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EL ESPIRITU DE SAN VAAST

CARLOS RIVERA

En la feria del libro de Madrid ha caído en mis manos un libro prodigioso. Lo digo, más que nada, por los prodigios que en él se cuentan, tales como el de “San Ambrosio abriendo la boca para engullir un enjambre de abejas que atacaban a un niño”. El libro no es otro que el “Diccionario de milagros” de Eca de Queiroz. Un diccionario cuyo primero y único tomo, publicado en 1.900, abarca sólo las dos primeras letras del abecedario. Lo más extraño de este libro es el criterio de clasificación, exquisitamente caótico. Almas, banderas, burros, aves, ángeles, se mezclan en una recopilación increible de vibraciones del misterio escritas por un autor nada piadoso cuyo único objetivo era sacar dinero a los numerosos bobalicones y beatos que en su tiempo abundaban en Portugal. Con pasión de coleccionista, y, posiblemente, bajo la influencia del hachich, Eca de Queiroz retrata las proezas y supercherías de los santos con espíritu visionario e irreverente que lo vincula, en cierto modo, a nuestro Buñuel de “Simón del desierto” muchos años más tarde. Leyendo milagros tan absurdos como “el de los lombardos que fueron expulsados de Valencia por un cónclave de águilas que lanzaron piedras contra ellos” o como el “espíritu de San Vaast apaga un incendio”, uno se siente en las afueras del sentido común que, como se sabe, es el menos común de los sentidos. Esto es literatura fantástica, como la de Valle, la de Lovecraft o la de Baudelaire. Una gótica forma de expresión para creer en corazones donde brota una hoguera y esperar milenio tras milenio que cualquier día de estos, al borde de un eclipse de sol, podría terminarse el mundo, como pareció suceder en agosto de hace dos años para humillación del modisto Rabanne.
En este paraíso e infierno de los hombres cualquier fundamento escatológico puede convertirse en acontecimiento imprevisto. Todo es creible e interpretable según la paranoia circunstancial de cada quisque. Hasta el milagro, el cual, como es sabido, contradice absolutamente el sentido común de los humanos. Aunque no debería uno fiarse demasiado de argumento tan sólido como el sentido común. Por sentido común un campesino de mi pueblo sigue jurando por los dioses del secano que la tierra es plana. Un campesino de mi pueblo puede creerse todas las mentiras que le cuentan en los telediarios pero sigue dudando de la esfericidad del planeta. Cierto es también que, por sentido común, habríamos encerrado en una casa de salud mental a seres tan admirables como Zenón de Elea empecinado en hacer creer a la gente de su tiempo el inalcance de la morosa tortuga por Aquiles el velocista. A otro loco, Parménides, por sostener contra viento y marea que la realidad es inmóvil, eterna e indivisible. Al Hume que se atrevió a negar la existencia del “yo”. O al obcecado de Bekerley, empeñado en concebir al universo como una pura ilusión para satisfacción de los poetas. ¿ Quién, en uso y posesión de sentido común, se hubiera lanzado a la aventura de descubrir América ?. La historia del pensamiento y de la ciencia está plagada de argumentos contra el sentido común. Un científico sabe que nada es absolutamente rechazable. Las ciencias exactas y las inexactas están llenas de visiones fantásticas e ilusiones poéticas. Lo inverosímil, tan ajeno al sentido común, toma carta de cumplida naturaleza en las observaciones empíricas de Einstein o Galileo tanto como en los descubrimientos de Pasteur.
En el “Diccionario de milagros” de Eca de Queiroz, concebido en las alucinaciones de la jalea del hachich, lo que el autor transmite es que el sueño y las visiones son manifestaciones mágicas y desordenadas del ser que dan sombra a las verdades. Por razones de fecha de caducidad del escritor, el “Diccionario de milagros” de Eca quedó incompleto. O tal vez, no. Lo que vino después, el siglo XX en toda su extensión, con todo su contenido de genocidios, miserias y devastaciones (sin la ayuda del espíritu de San Vaast haciendo de bombero improvisado), sólo tuvo de argumento milagroso lo descabellado de su supervivencia.
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Carlos Rivera » Artículos de opinión (1998-2003) » Respuesta

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