EL CARNAVAL DE CORDOBA : LA MEDALLA
CARLOS RIVERA
Te lo dije, Pabliño, amigo galaico-cordobés : no nos van a dejar hablar de la mentira, de ese país de cuento que tú y yo conocemos. Ten en cuenta, amigo, que es carnaval y aunque en esta ciudad tan seria de estirpe y tan liviana sólo es un suceso periférico (el carnaval, Pabliño), hay que enmascarar las opiniones. Va a ser verdad aquello que se decía en otros tiempos y en estos : que todo el año es carnaval. Fingimos. Ya escribí sobre los fingimientos del escriba. Hay sociedades cerradas que no permiten la transgresión, ni siquiera la transgresión verbal. Debe ser por eso por lo que el carnaval, aquí, es un suceso periférico que sólo toca con su transgresión la pátina rancia, la ñoña piel gastada de una ciudad que sigue siendo, en cierto modo, la de Baroja. Aunque alguien podrá contradecirme. Luís, el jardinero de mi comunidad de vecinos, por ejemplo. Luís me dice que no sostiene la primacía de Cádiz en eso de la tradición carnavalera, que es Córdoba la primogénita del sur en lo que al carnaval se refiere. Pues, la verdad, no han aprendido mucho de su liturgia transgresora. Soy un “castúo” del norte de la provincia en donde el carnaval de mi niñez sólo consistía en rompimiento de cacharros, no de esquemas. Jugar al cántaro entre los mozos y las mozas y que el más atrevido se travistiera. Y que al alcalde pedáneo se le cantara una copla inocente por alguna pequeña cacicada. Nada de liturgia. Como aquí, cosas de barrio, letristas que no transgreden la norma virtuosa, travestismo decadente y chirigotas que maldita la gracia. No da para más el carnaval. Esta ciudad no rompe esquemas, nunca los ha roto. Hemos avanzado en la modernidad desde “la feria de los discretos” siendo tan rancios. Provincianos. Hasta en el carnaval político. Vamos a hablar, Pabliño, entre copa y copa de tu ribeiro, del carnaval de Córdoba, de la medalla de Joaquín Martínez Bjorkman. Una medalla póstuma que no fueron capaces de concederle en vida. A él, al ciudadano ejemplar que puso a Córdoba por encima de todos los intereses políticos. Con Joaquín tuve esa amistad de iconoclastas que sabían el paisaje que pisaban y que siempre nos consideró “forasteros” en el sentido moral de la palabra. No asistí al acto ( no fui inivitado, lo esperaba ) del que han venido esas rencillas por el protagonismo de unos y de otros. Como siempre, el carnaval de Córdoba, el verdadero, el que reside en lo profundo del ser de una ciudad que, como digo líneas arriba, sigue siendo la misma que contempló Baroja en sus esquemas. Esos esquemas que Joaquín no consiguió romper porque no le dieron la oportunidad de ser el mejor alcalde a años luz de todos los que fueron y serán, puedo decirlo. Ni por afinidad ideológica consigo entender que comunistas y socialistas anden discrepando por la utilización partidista de un acto que, al fin y al cabo, era lo que pretendían los dos grupos. Recuerde, sobre todo, el grupo socialista que su mala conciencia no puede permitirles aprovecharse de la figura de un hombre libre, como Joaquín, que pudo ser el capital político municipal de un partido que lo consideró “forastero”, igual que la ciudad, en el sentido moral de la palabra. ¿ A qué viene ahora tanta suspicacia ?. Ni Doña Rosa ni el señor Mellado están a la altura de la grandeza cívica de Joaquín, el alcalde añorado por los que de verdad lo conocimos y fuimos sus amigos. Que siga, pues, el carnaval. El de las conciencias, también. En esta ciudad, beligerante con los que disentimos, hay que morirse para que te echen de menos, para que los adversarios políticos o literarios digan que fuiste un elegido. Para que te concedan una medalla póstuma los que te negaron hasta la palabra. Desde mi amistad y coincidencia ética con Joaquín Martínez Bjorkman solicito que el carnaval de Córdoba, ese suceso periférico y liviano, no invada la política. Quédense ustedes tranquilos, señores ediles de la izquierda. Ya no hay peligro de que un ejemplo cívico como el de Joaquín los invite a soñar con la ciudad utópica que él tenía en su mente.
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