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EL CANTO DE LAS SIRENAS
CARLOS RIVERA
En ese estanco de la Avenida de los Almogávares donde la “primitiva” ha derramado sus dones llevo tentando a la suerte desde hace algunos años con resultados deprimentes. Ana es la portadora de nuestra carta al destino. Dos columnas fijas con esas ideas para la concatenación del azar que son las cifras de las fechas de nacimiento de los tres miembros de la familia ordenadamente dispuestas. Otras dos columnas al libre albedrío de la Máquina. La Máquina, como el Bombo, son criaturas del Destino. Un optimismo congénito las hace depositarias de nuestra fé. Esto también es religiosidad. Sólo cambia el nombre del dios al que invocamos tenazmente cada semana y la categoría del cielo que pretendemos alcanzar. Un cielo a ras de nuestras necesidades en la tierra. Tal vez, el verdadero. A la Máquina y al Bombo vamos en oración cada semana o cada día con la esperanza de alcanzarlo. Una esperanza ciertamente egoista depositada en un trozo de papel con unas cifras mágicas. El estanco, el despacho de loterías, son los templos en los que la Máquina y el Bombo ejercen como sumos sacerdotes de la religión de la fortuna. Cada papel con unas cifras mágicas depositado o comprado en ellos son como una plegaria al dios Azar para que se cumplan en positivo y en dinero contante y sonante los sueños aplazados. Y es que se va haciendo uno con los años más gregario, más deseantes de las utopías cumplibles, como sería, en mi caso, hacer un viaje por las islas griegas, un crucero por el mar donde Ulises nunca encontró su verdadera Itaca, aunque Homero se empeñara en sostener lo contrario. Dicen que somos uno de los países del mundo donde más se tienta a la fortuna. No en vano vemos como se multiplican las ludopatías, como el apetito desordenado del consumo desequilibra los presupuestos familiares. Incitados por los cantos de sirena del universo catódico de las televisiones todos pretendemos alcanzar el paraíso en la tierra que consiste, básicamente, en el cumplimiento de la utopía económica personal que nos permita disfrutar de los placeres de la vida. Y así es imposible asimilarse a Diógenes, aquel deslastrado objetivador del ascetismo que, embutido en su concha de caracol, bien que supo resistir las tentaciones del estado de bienestar de su tiempo. A los niños de mi época nos lo moralizaban metido en el tonel que cubría sus desnudeces frente a la opulencia de Alejandro Magno. En las actuales circunstancias de degeneración consumista es posible que hasta el mismo Diógenes se obnuvilara y se viera incapacitado de seguir su camino, buscando al verdadero hombre con el farol a cuestas. Puede que hubiera sucumbido a las infinitas tentaciones de los paraísos artificiales que nos prometen los canales de las televisiones. Nos lo podríamos imaginar como un sujeto que sin ser ludópata acabaría por invocar a la fortuna. No para alcanzar la magnificencia de Alejandro sino para poder darse un garbeo por la isla de Cos, lugar donde habría finalizado su ética búsqueda del hombre verdadero, pues en aquella isla existió, por su época, una colonia ascética y nudista. Y es que no sólo de pan sino de sueños vive el hombre. Sueños como el de poseer un talismán propicio como el de aquella gallina de los Abruzzos italianos que ponía, de vez en cuando, un rarísimo huevo en el que podían leerse cinco cifras cabalísticas como las de los cupones de la “once” o los billetes de la lotería. No era, precísamente, la gallina de los huevos de oro sino la gallina del azar. Tal maravilla sucediera en Nápoles, lugar en el que nació el juego de la “primitiva”. No cuenta la historia si la dueña de ave tan singular logró alcanzar su propósito de acertar en los sorteos con la combinación mántica de los números. Se supone que seguiría especulando como nosotros, depositando cada semana en un trozo de papel con unas cifras mágicas la invocación al dios Azar, un dios aleatorio del que tenemos una drogodependencia inconsolable. Te toque o no toque la “primitiva”. Te quite o te conceda, nuca se sabe con qué fin, la probabilidad de un paraíso.
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Carlos Rivera
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