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FUMARADAS
Mayo
CARLOS Rivera
(10/05/2006)
Llegando este tiempo, con mi reciente alergia a no sé qué pólenes o ácaros, mayo puede convertirse en mi invisible enemigo. En la niñez era otra cosa. Uno flotaba por los campos libres, cuando verdecía el trigo cuyas cañas tomábamos por la flauta del mismísimo dios Pan. Uno podía ir a bañarse al arroyo de Cózar, allá en La Coronada, en un día espléndido que invitaba al desacato de hacer novillos y coger de paso un catarro glacial fuera de temporada. Uno vivía en libertad entre sus conocidos y cierto amigo que se llamaba Luis , al que apodamos "el gallito" porque era pendenciero como el personaje de un cuento de Juan Antonio Zunzunegui, escritor vasco injustamente olvidado como casi todos los escritores pasado su tiempo. Luis tenía alergia a la escuela, aunque entonces las alergias no resultaran como las de ahora. Y debía ser verdad porque era sentarse en el pupitre y ponerse a estornudar que parecía que por las napias iba a escapársele el alma. Con el tiempo he sabido que esa fórmula del "Jesús, María y José" con la que la buena gente exorcizaba el estornudo ajeno ya venía de la Edad Media, por la creencia supersticiosa de que a cada estornudo se expulsaba a un diablo del cuerpo. Luis el gallito decía que era por el olor a tiza por lo que sus fosas nasales se alteraban. Tal vez, porque a una prima de mi mujer que vive en Montoro le sucede igual cuando pasa cerca de una escuela por estas fechas de mayo, aunque parece raro, ya que la tiza como herramienta pedagógica ha perdido su identidad. Resabios de la infancia deben ser, sublimados en el polen del olivo, el árbol por excelencia de nuestra civilización mediterránea. Pues es por mayo, como digo, cuando suelo levantarme con la nariz llorosa y los ojos nubilados, hasta que me tomo un ebastel y recupero la normalidad. Nada comparable a lo que le sucede a otras personas que veo caminar por la ciudad con mascarillas cuando Córdoba florece y en los íntimos patios lujuriosos de vida vegetal puede uno sentirse como en el jardín del Edén. Ese mismo jardín del que fabulara Borges en sus "Ficciones" . Ese mismo jardín del que Samuel Taylor Coleridge divagara líricamente y del que extraje yo, en la esencia de un poema, la prueba de su existencia irrefutable. Será porque vivo en Córdoba, en cuyos patios íntimos y lujuriosos de mayo siempre hay un pozo donde "la cal en flor se asoma como un largo, profundo peristilo". Es de otro poema mío el entrecomillado. Y es una sensación personal que, en cierto modo, me hace olvidar esta reciente alergia mía que conllevo como un tributo al privilegio de morar en Córdoba desde casi toda mi vida. Digo "morar", que no es lo mismo que vivir. Los poetas sabemos por qué. Y hoy que estoy en concordancia (poeta) con lo que firmo en estas opiniones, apelo para justificar el privilegio y los inconvenientes del tributo a unos precavidos versos de un viejo poeta valenciano que se llamó Ausias March : "A bien o a mal estoy aparejado / mas no cabe en mi hado haver guarida". Con la ciudad luciente y empapada del optimismo de la primavera no dejo de gozar por estas fechas del asombro de comprobar, como dijera Goethe , que "hace miles de años que se cultiva esta tierra miserable y, sin embargo, sigue teniendo las mismas fuerzas. Un poco de lluvia, un poco de sol y vuelve a reverdecer". Como si fuera un génesis constante. Es lo que tiene la primavera de bondad, aunque haya sido acusada, justa o injustamente, de ser causa de depresiones. O de alergias tolerables como la mía. O de las sucias huellas que dejan en cada rincón de Córdoba quienes, por mala educación, profanan su belleza sosegada.
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Carlos Rivera
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