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DESDE CORDOBA ESCRIBO ESTA HISTORIA DE SOLIDARIDAD
CARLOS RIVERA
Hoy está dudando mi desconcertado instinto literario como iniciar esta colaboración de los miércoles. Podría hacerlo pidiendo disculpas a los también desconcertados lectores por el titular de la pasada semana, que bien podría haberlo firmado un veterinario de los muchos que hay en mi familia o un funcionario de Agricultura. El verdadero titular, “Adiós, de nuevo, Cordera”, debió desvanecerse en las linotipias por alguna enrevesada travesura de esos duendes electrónicos, que haberlos hay en las redacciones de los periódicos. Como ustedes, los deconcertados lectores, pudieron comprobar, alguna relación casuística sí que había entre el titular absolutamente técnico “La cabaña de vacuno en la sierra de Córdoba” y el contenido de mi colaboración que humildemente pretendía ser literaria. Hecha esta aclaración, para tranquilidad de mi conciencia y como justificación de mi ignorancia en cuestiones de tecnicismos, comienzo por decirles que este artículo de opinión semanal iba a titularse “AMOR DE HAMBRE” que es de lo que verdaderamente quisiera tratar esta semana si los duendes de las linotipias no andan enredando de nuevo y cometen la travesura de que no sólo desaparezca el titular entre líneas sino todo su contenido. La noticia, que ha pasado casi desapercibida, fue relatada casi en olor de clandestinidad por un teledario de finales de enero : una mujer con un bebé de pocos días amamantó a los supervivientes de una patera a la deriva. Dicho así, de pronto, resulta chocante. Que una mujer joven y recién parida amamante a unos adultos como si fuera la loba de Rómulo y Remo tenía que haber sido noticia de primera plana en estos tiempos virtuales en los que cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia, como sucede con el caso del “Tireless” o con la Ley de Extranjería, por no hablar, otra vez, del peligroso y loco tema de las “vacas locas” en el que todo el mundo sabe de todo y todos, incluído el señor Badiola, no saben nada de nada. Permítanme que les sitúe, para no perder el hilo, en el escenario de los hechos : mar de Alborán, cualquier día del nasciente siglo XXI. Una patera de parias de la tierra procedentes del norte de Africa pierde el rumbo entre las brumas de ese mar clandestino. Había en ella una joven mujer con un bebé de pocos días y un número de adultos indeterminado. Pretendían alcanzar las costas españolas cuando el destino los puso a la deriva. Con las hambres que traían de retraso y las que iban acumulando en el desorientado trayecto, algunos comenzaron a desfallecer. Y aquí viene el asombroso ejemplo de solidaridad de una mujer : sin prejuicios de ningúna clase y con el solo deseo de salvarles las vidas comenzó a amamantar a los más debilitados, por rigurosos turnos, con el lácteo jugo de sus senos repletos de la reciente maternidad. Sólo unas gotas para que mantuvieran el pulso con la muerte. Sólo un exíguo y proteico maná para que los desfallecidos cuerpos de sus compañeros de desgracia pisaran la dudosa luz del día de la costa española. Hermosa es la parábola. El hambre que le da amor al hambre. Otra historia de amor en la deriva quieta de las Madres en donde nada opone resistencia a la vida. Y ese velar nocturno a las orillas de la inmensa quietud de las aguas. En el mar de Alborán, cuyos peces se alimentan de los cuerpos de los subsaharianos ahogados, una mujer abre sus senos a los sueños, los alimenta con el jugo de su amor. La mirada de una mujer joven consulta el horizonte y lo amamanta para que se acerque en las miradas de unos hombres sin futuro. Me acuerdo de Valente : “Estaba la mujer con sus dos senos” y transformó a unos adultos moribundos en frutos de su vientre. Un heroismo de amor, de amor de hambre. En las criptomemorias de estos tiempos escabrosos no sabremos su nombre. Estará por ahí, con su ilegalidad y su miedo, con su sombra extraviada entre otras sombras. Desde Córdoba escribo alucinado esta historia de amor. Una elegía incompleta que añadir a todas las que está proporcionando la Ley de Extranjería.
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Carlos Rivera
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