CARTA DE CUMPLEAÑOS
CARLOS RIVERA
Perdona, dilecto amigo mío, que en esta carta de cumpleaños, escrita con la tinta más azul que he encontrado en mi memoria, te recuerde las “palabras del anticristo” de Angel González : “ sé que no hay esperanza, pero espera”. Las edades del hombre, querido ego mío, no cumplen sus deseos. Eras un colegial de los cincuenta y en aquel deprimente país cainita tú vivías en un jardín cerrado, dentro de un muro en flor, lo que te permitió sobrevivir a la nausea de aquellos años oscuros y tener una infancia de cazador de auroras. Ahora que vas a entrar en esa edad serena en la que sólo cazas nocturnos de Chopín, en la noche, cuando te quedas sólo con un libro en las manos, a la alada distancia del día transcurrido te parece que no ha pasado el tiempo dentro de tus espejos calcinados. Tanto fuego y pavesa de la luz de la vida aun te permiten conciliar el sueño porque has vivido en paz. Porque sabes que el tiempo no lo hacemos nosotros, que es el quien nos deshace, en el museo de tu corazón ha caído el telón de la metafísica de Borges y comienza el preludio, dilecto de sofía, de Juan de Mairena. Todo se desvanece, amigo mío. Pétalo a pétalo. Y se nos quedan ojos de ladino estupor, de melancólico madrigal, de no entender nada o casi nada del mundo a la sabiduría de los años que tú vas a cumplir el 26 de octubre, si la benevolencia de los dioses te es propicia. Es la edad adecuada para volver los ojos al pasado sin rencor ni alevosía. Para mirar hacia el porvenir de la nostalgia con cierta gratitud. Para tener presente que nada ha cambiado ni en el tiempo ni en los hombres, siempre expuestos a la descomposición y al olvido. Lo importante es conservar el esqueleto en buenas condiciones y tener en saludable estado la herramienta de pensar, útil pretexto para curarse del mundo, sus pompas y sus babas y mantener el equilibrio si se utiliza de la manera conveniente. Por ejemplo, para desmemoriar los malos tragos. O para desandar, como tú haces, los itinerarios que corrigen el paisaje. Como cuando retornas a las siestas junto al granado que ya no existe, en el huerto que ya no existe y en el que solías pasarte las horas de calor de la infancia leyendo a Zane Grey, un paisajista del oeste ancestral en cuyas novelas no existían vaqueros novios de la muerte asesinando, en cualquier instante, la paz idílica, sino colonos que conquistaban sueños. Como lo hacías tú paladeando los “Jardines cerrados” de Juan Ramón Jiménez. Eso te preparó para la vida. Para conservar la evanescencia en la mirada como un acto de fé. Ahora, no sin melancolía, estás en ocasión de comprobar los fabulosos efectos genesíacos de la memoria recordada como una luz, como un perfume. Lo que, en definitiva, prevalece. Por lo demás, querido alter ego, el paisaje mejor es olvidarlo. La memoria se vuelve contra uno si analiza, como un augur de vuelta de todo, las entrañas de las aves de los malos días, las vísceras de los errores cometidos y cuya absolución definitiva sólo depende del tiempo. Probablemente te sucedió como a todos : que habías interpretado los detalles al pie de la letra y no en el matiz que los distingue. De eso se cura uno con los años. Con el escepticismo de que en las cuatro reglas de la vida sólo importa una sola : la vida no es sueño, “aunque tengamos tendencia a olvidarlo”, como escribía Jaime Gil de Biedma. Así que a tu edad, querido amigo, sólo debes tratar de apreciar lo inapreciable. Quedarte por la noche a solas con un libro. O darte la manía de volver a mirar aquel album de fotos en el que estás presente en esplendor, como una criatura matutina a la que le han salido canas de tantos desengaños. Las fechas, los actos del pasado, sólo quedan en el daguerrotipo como una evanescencia. Falta por escribir el resto de la obra, cuando te llegue el día de dejar los asuntos que cegaron tus horas. Serás libre, por fin. Tendrás menos dinero y más tiempo para recordar el alma de las cosas. Para comprobar que el sabor inmaterial de la vida es el mismo jardín cerrado, dentro de un muro en flor, de tu conciencia.
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