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Balada del destierro
*Texto de Ramón Saladrigas (“Culturals”. Diario La Vanguardia)
Que tras un éxito legítimo a escala internacional un autor decida en su siguiente obra cambiar radicalmente de registro es prueba de un rigor creativo que en estos tiempos merece el mayor respeto. Me viene a la memoria la ejemplaridad de Kazuo Ishiguro, quien después de haberse consagrado con la espléndida “Los restos del día” (1989) se tomó seis años en publicar “Los inconsolables”, novela poderosa y deliberadamente opuesta a la anterior con la que cortó de raíz la tentación de encasillarlo. La aceptación popular quizá se resintiera -no ha vuelto a alcanzar los primeros puestos de las listas de ventas-, pero no cabe duda que la autoexigencia de Ishiguro ha influido en la solidez de su hoy incuestionable prestigio literario.
Philippe Claudel (Nancy, 1962) se nos dio a conocer en el 2005 con su novela “Almas grises”, distinguida en Francia con el premio Renaudot y elegida por los libreros como el Libro del Año, creo que con toda justicia. Es una novela impecable, de acciones múltiples, situada en la primera Gran Guerra del siglo pasado en una ciudad provinciana francesa, magistralmente descrita como lo habría hecho su admirado Simenon, que vive desde la retaguardia las secuelas del conflicto bélico hasta erigirse en reflejo de la violencia y la sordidez del frente, a pocos kilómetros de la población. Un libro fuera del tiempo y de las corrientes narrativas del momento que transpira verosimilitud y reproduce la atmósfera ensimismada tan característica de las zonas rurales del norte de Francia.
Pues bien, en su nuevo libro, “La nieta del señor Linh” (2005), Claudel elige otra fórmula muy distinta para contar una historia breve, sencilla, a primera vista transparente y comprometida con uno de los asuntos más sofocantes del mundo de hoy: la emigración forzosa motivada por las malditas guerras. La plantea en forma de alegoría y con un lenguaje minimalista, despojado de abalorios retóricos. La narración comienza así de cortante, como un escalofrío: "Un anciano en la popa de un barco. En los brazos sostiene una maleta ligera y una criatura, todavía más ligera. El anciano se llama Linh. Es el único que lo sabe, porque el resto de las personas que lo sabían están muertas". El señor Linh con su nieta en brazos, un bebé que se llama Sang Diu ("mañana dulce" es el significado del nombre), contempla cómo las aguas lo van alejando de la costa de algún país asiático asolado por la barbarie, presumiblemente Vietnam. Ellos son los únicos supervivientes de la familia. Tras días y días de navegación, arriban a un gran puerto francés (podría ser Marsella), donde desembarcan como refugiados. El señor Lihn ignora donde ha ido a parar, no entiende una palabra del idioma que se habla en el lugar de acogida y piensa con dolorosa nostalgia en lo que ha dejado a su espalda, la cultura, los hábitos, las tradiciones. Y de pronto el asesinato del hijo y la nuera, los campos abandonados, la huida con una sola maleta que contiene todos los recuerdos, sus únicas posesiones, el miedo y, lo que es aún peor, el sentimiento de extranjería que lo convierte en apátrida.
El extrañamiento sin remisión y lo que lleva aparejado, la soledad, la incomprensión, el reconocerse frágil como una rama desgajada del árbol que el viento arrastra hacia ninguna parte, constituyen los pilares del relato. Es la vieja crónica del destierro que sólo se puede expresar con palabras tristes, gusten o no. El señor Linh sólo aspira a preservar de todo daño a su único bien, la nieta, a quien ve en un mañana próximo integrada de alguna manera en la sociedad del nuevo y extraño país que a él lo excluirá para siempre, y a disfrutar del apoyo de otro solitario, un señor gordo, fumador empedernido, con el que traba amistad en un banco público y ambos logran hacerse entender con el lenguaje elemental de los gestos. Lo sorprendente es que Claudel haya caído víctima del tono que ha querido imprimir al texto. Para ser más preciso, la emoción de lo que cuenta y el cómo lo cuenta ha podido con el delicado equilibrio de su prosa, por lo menos en algunos segmentos. La historia es terrible porque sabe, como lo sabemos todos, que la derrota individual del viejo señor Linh es la de miles y miles de transterrados, sobre todo asiáticos y africanos, severamente castigados por la violencia sin cuartel que se ha cebado con sus lejanos países. El drama es propicio a la balada, al poema épico, al apólogo moral, pero lo que debe evitarse a toda costa es ser arrollado por el caudal de sentimientos que el tema genera y rozar la cursilería con el lirismo poético de ciertas asociaciones.
De todos modos, mi decepción tiene otros motivos. El primero y más grave es descubrir que Philippe Claudel maneja cartas marcadas en la partida que juega con el lector. No me consuela la posible alegación de que la pequeña nieta del señor Linh opera en el relato como símbolo del mundo perdido al que se aferra el anciano en el colmo de su desgarro. Utilizar la figura de la niña dócil y casi siempre dormida como elemento sorpresivo de última hora se me antoja sencilla e injustificadamente un golpe de efecto tramposo. A partir de ese brusco e imprevisible giro, pienso que Claudel pierde el control de la hermosa alegoría. No se atreve a llevarla hasta el crudo desenlace que preludia el desarrollo de la trama en su fase final para luego, de repente, iluminarlo con luces artificiales. Es evidente que no son esas las últimas consecuencias que darían alas a la narración y la eximirían de un convencionalismo que por supuesto la empequeñece. Una pena. Tal vez sea la resaca del éxito que sin embargo, en su momento y por fortuna para él, no consiguió nublar la mente de Ishiguro.
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Carlos Rivera
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