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AUTOBIOGRAFIAS

CARLOS RIVERA

De unos años para acá a la gente le ha dado por escribir memorias, a los cuarenta, a los cincuenta años y a la educada y lógica edad en la que el ser humano, con las primeras nieves, siente el impulso de la única resurrección posible : la de mirar atrás, acto de contricción de la vida que pasa a la altísima velocidad de los errores cometidos. Desde el mundo de la farándula al de la medicina, desde el científico al banquero, desde el político al periodista, pecibo tal obsesión por los autorretratos que sobrepasando los límites de la literatura memorialística, más propia de escritores, ha concluído en un nuevo género : “la literatura del yo”. Supongo que casi toda ella está escrita por “negros”, porque no es lógico pensar que una coplera o un banquero que escriben sus autorretratos nos hayan tenido durante toda su vida recatadamente escondidos los tesoros de una buena pluma o una estricta palabra. No me fiaría yo mucho, por tanto, de los llamados libros de memoria de tanta gente que parte de algún lugar de la fama de cuyos nombres no es conveniente acordarse a cierta edad, cuando la jubilación anticipada los ha situado en el anonimato de la gente común. Esta gente que no ha sido común por cualquier azaroso prodigio de voz, belleza, dinero o simplemente suerte en la anónima vida cotidiana, teme desvanecerse con las primeras nieves, y nos sueltan en un volumen el rollo de una existencia vulgar tocada, eso sí, con el “glamour” de los nombres que se escriben en negrita. ¿ Y qué más da ?. ¿ A quien le va a importar que esos pavos reales que han perdido las plumas intenten, en vano, recuperarlas en un libro plagado de negritas como una única sustancia de encantamiento ?. El político gotoso que impone el ademán de su pasado o el banquero que exhibe su perfil de viejo cínico contando chascarrillos de su vida gananciosa sólo cuentan, en definitiva, lo que les conviene contar : chismes y caducas naderías que a casi nadie interesan. Contar una vida con veracidad, con los borrones indecentes que mancharon esa vida sólo lo he visto en el diario de Jules Renard, en la autobiografía de Juan Goytisolo o en el “Pretérito imperfecto” de Castilla del Pino. El resto, vanidad de vanidades, imposturas del ego o puro exhibicionismo de actor a la deriva como en “Tan lejos, tan cerca”, de Adolfo Marsillach. Lo contrario de los diarios íntimos que algunas personas utlizan como terapia, como regla de pudor literario e incluso para defenderse de ellos mismos.
La literatura en primera persona, si es que es literatura, es sólo el arte de quedarse sólo ante la propia vida transcurrida y atreverse a contarla con pelos y señales, un riesgo demasiado evidente, incluso para un escritor. Las autobiografías siempre han tenido mala prensa. En un país tan individualista como el nuestro solemos desconfiar de los textos suicidas, de los que se desnudan en un libro que puede acabar por desnudarnos con su lectura. La ambigüedad del juego entre la máscara y el desenmascaramiento, tan frecuente en poesía, no suele darse en la literatura autobiográfica porque puede convertirse en una apuesta peligrosa. Carlos Barral, al final de su vida, tuvo el valor de hacer esa apuesta y de ella surgió lo más profundo y claro de su literatura. Publicados escalonadamente, los diarios de Barral se convirtieron en arquetipos del género memorialístico. Escritos con la pulcritud y veracidad de Ovidio, a quien tanto admiraba, en su destierro del Ponto Euxino, Barral envuelve sus memorias en una especie de ficción autobiográfica estremecedora.
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Carlos Rivera » Artículos de opinión (1998-2003) » Respuesta

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