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ADIOS, DE NUEVO, CORDERA
CARLOS RIVERA
A los cien años de la muerte de Leopoldo Alas “Clarín”, el provinciano universal, y, dadas las circunstancias, me viene a la memoria aquel cuento rural, maravilloso cuento ecológico simbolizado en los “praos” de Somonte con una dura carga de crítica social : “Adios, Cordera”. Mi idealizada ética agradece que fuera de lectura obligatoria en aquellas antologías literarias de mi bachillerato. Siempre se le ha tenido como un modelo de cuento, como los que en el siglo recién pasado escribieran Ignacio Aldecoa, Delibes o Zunzunegui y hoy, con gran maestría, el gallego Manuel Rivas. “Cordera” era la vaca de los territorios del alma de un paisaje del siglo XIX. Representaba el escenario idílico de una Asturias campesina y olvidada del tiempo hasta la aparición del tren y del telégrafo. Una escena de “finis orbis”y frontera entre dos mundos en tensión histórica. La vaca, y no sólo en los paisajes del norte, era como una especie de animal totémico. Ruben Darío cuenta en su “Autobiografía” la vez que se perdió de niño y fueron a encontrarlo bajo las ubres de una vaca. Maiakosvky, en una recaida de su idealismo campesino, narra la simbólica escena de una vaca dando cornadas a una locomotora. Seguro que había leído “Adios, Cordera”, ese cuento rural que es una conmocción, tal lo confiesa Bárbara Jacobs, conservándolo entre sus emociones como una alegoría. Yo lo recuerdo como un impacto sensiblemente literario en los paisajes de mi adolescencia. A los que procedemos del mundo campesino el “Adiós, Cordera” nos significó no sólo una lectura deleitosa sino una nostalgia que habíamos de afrontar en el futuro. Para el campesino de mi pueblo que no había leído el cuento su significado hubiera sido otro. Con no ser la sierra de Córdoba un lugar donde el vacuno haya tenido demasiada importancia económica, salvo en el Valle de los Pedroches, sí es cierto que a lo largo de los años y con la constitución de la cooperativa “Covap” aumentó considerablemente el número de vacas dedicadas a la producción lechera. Estabuladas o libres en los tibios valles, pastando la fina hierba que da sustancia a infinitas elaboraciones de placeres lácteos, la vaca de nuestra sierra nada tiene que envidiar en calidad productiva a la de los paisajes norteños. Incluso en cercanías geográficas, como el extremeño valle de la Serena, un microclima singular (semejante al de los valles de Pedroches y Guadiato) eleva a las exquisiteces del paladar la delicia de un queso único en Europa por su sabor y su cremosidad. En el mismo sentido cualitativo está la carne del vacuno de nuestra sierra calificada por restaurantes y “gourmets” como argumento de sibaritas. Razones por las cuales, y aunque nunca se dió la importancia adecuada a nuestra cabaña vacuna, el alarmismo social del mal de las “vacas locas” está causando un daño económico injusto a nuestros ganaderos de la sierra. Según mis informaciones, hay un elemento distintivo en nuestro caso : la alimentación con harinas de maiz y no con harinas cárnicas de procedencia animal. Salvo que nos estén engañando, es lo que dicen nuestros ganaderos, apoyados, hasta ahora, por la fuerza de los hechos : no ha aparecido todavía ningún caso de “vacas locas” que los desmienta. Por mi parte, no voy a quitarles la razón. Aunque es obvio que ha descendido el consumo de carne de vacuno, no hay priones que lo justifiquen. Ni nos remontaremos al cuento de “Clarín” para decir, de nuevo, “adiós, cordera”. Ni vamos a privar a nuestro paladar de la tapa de callos del fin de semana viendo la cara de glotona satisfacción del ministro de Agricultura engullendo “políticamente” chuletas de ternera. Si es un suicidio lento, como dicen algunos periodistas malpensados, por lo menos es un suicidio saboreado con el placer del miedo. Ese miedo que tenemos todos y que la precaución nos impide afrontar con el arrojo del ministro. A este paso tendremos sólo que alimentarnos de nostalgia. La misma nostalgia que deben sentir las vacas de nuestras dehesas y praderías serranas por las jugosas y finas hierbas.
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Carlos Rivera
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