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FUMARADAS

Azar y necesidad


Carlos RIVERA


Las campañas de la Dirección General de Tráfico son cada vez más persuasivas y ni por esas. La de esta Semana Santa hiere la conciencia con la gran interrogante : “¿cree usted qué va a morir…en la carretera?”. No soy conductor, aunque tengo dos conductores en la familia y pienso salir esta Semana Santa. Cuando menos, la pregunta de Tráfico dará que pensar a todos aquellos y aquellas que emprenden la gran evasión. Naturalmente, pese a ese pinchazo en la conciencia que produce la pregunta, no es probable que nadie entre en consideraciones sobre la certeza de su propia finitud. Nadie pensará que podrá llegarle su hora en un adelantamiento indebido, en cualquier interferencia de su voluntad al volante de una máquina con el acto volitivo o fortuito de otra persona. La gran evasión es también la gran evasiva individual ante la responsabilidad de un posible accidente. Y si bien siempre cabe que el destino participe en nuestro juego de naipes de la vida todos nos preguntamos : ¿por qué tengo que ser yo?. La evasiva es concluyente : nadie va a escarmentar en cabeza ajena por muchas campañas de la DGT. La máquina puede ser conducida responsablemente a 60 por hora e interferida irresponsablemente por quien va a 160. ¿Puro azar trágico?.
He oido comentarios en los bares de los que se han comprado “4x4”, esos coches potentes que te echan a la cuneta al menor descuido. De los comentarios prepotentes de los que utilizan esos vehículos me quedo con este que le escuché a un conocido : “Pobre del que choque conmigo”. Potencia más prepotencia, igual a estupidez. El poderoso vehículo, además de reconocerle el estatus social, es la gran excusa para hacer de su capa un sayo frente a los turismos de hojalata como el mío. Ahí el azar juega con las cartas marcadas de antemano. Hasta el poder adquisitivo influye en el dilema de la carretera. Esos que hablan así tienen casi la absoluta certeza de que con automóvil tan poderoso están a salvo de cualquier eventualidad. Tal vez ignoran, con tanta presunción, que un accidente de tráfico, como cualquier otra contingencia de la vida, es una demostración de nuestra existencia cual marioneta regida según un patrón de movimientos coactivo y casual. Nadie, ni el del “4x4” con su poderío, está libre de quedarse en la carretera como una cifra más de las mortuorias estadísticas de las que desaprendemos los fines de semana y en las salidas y retornos de puentes y vacaciones.
Pero no es ese el tema. De tan trillado como está cuando le toca a otro, pasa la gente, se encoge de hombros, es la guerra del tráfico. Por mucho que lo anuncien las pantallas de las autovías es un ligero escozor de tristeza corriendo a todo octano hacia la gran evasión. El tema es la pregunta : “¿cree usted que va a morir en la carretera?”. Ante esa pregunta tan íntima, tan desasosegante, que le recuerda a uno la fragilidad humana, habrá quien no eche cuentas (ya sabemos, siempre le toca a otro). Es la actitud ante la muerte en la que incide la pregunta la que nos va a acompañar en el viaje. En la sociedad del bienestar que produce tantos muertos gratuitos por parcela horaria, esa actitud siempre estará ligada a la conciencia que tenemos sobre nosotros mismos.
Solemos entender el final de la vida, si nos ponemos muy relativistas, como la simple aplicación arbitraria de una ley biológica. Pero no es esa la cuestión. Nadie, en su sano juicio, desearía acelerar el trámite. ¿Serán el azar y la necesidad, como en el título de aquel libro de Jacques Monod?. Bien podríamos aplicarlo al caso. Al azar estamos expuestos todos. ¿Qué necesidad hay de convertirlo en riesgo?.
Importante: Se permite la reproducción de los textos siempre que se cite la fuente
Carlos Rivera » Fumaradas (2006) » Respuesta

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