Amonestación del Obispo Clemente, de Manuel Mantero
Como un necio estás delante del engaño, ah, ah, ah dependencia estúpida y minutos perdidos en recorrer tus ojos lentamente la extensión de papel que corresponde a otra extensión real no menos frívola. Siempre un cuerpo desnudo de mujer promete más de lo que puede dar. La blanca carne, sus dispersos dones, sólo a ti, al hombre, atrapa en su ficción. El árbol y la nube ignoran esa piel, toda piel, por la que alguno muere o mata o envejece tapiado por su llanto. Aquí estás, como un necio, inventando miradas, escrutinios, ante este cuerpo igual a millones de cuerpos, tú, el nunca liberado de lo que esta hembra sugiere en sus posturas de sinuoso artificio. Cualquier niño en su cuna desnudo, no atento a la común fotografía, reposa con más gracia y abandono. Cuando vivir es desafiar al destino vistiendo una armadura de heredadas respuestas, tú, errado, acudes a una disposición carnal que aun más te apasiona si el maxilar se alza a algún deleite o las manos resguardan las pruebas del mamífero. Vete y entra en los hondos temas, acumula razones esenciales. Ve a las iglesias, ofrece tu servicio al Dios que te contempla y oye aunque tú no lo oigas ni contemples. Himnos piadosos los domingos desgranarán sus garantías. Tu eternidad dependerá, oh, oh, oh dichoso, de ritos en altar, confesonario, de un aéreo signo o un puñado de incienso. Entrégate igualmente a menesteres que tu nombre expongan en título enmarcado en tu despacho y birrete con borla de colores, en condecoración musical sobre el pecho o en pasaporte que repita lo que eres, un malogrado olivo de tu tierra. Sirve a tu patria. ¿Qué más alto que eso? ¿Y qué más alto que tu arte? Escribe tu alma en renglones largos o cortos, cuidando sobre todo de evitar los versos pares (no se llevan, como el bombín o el polisón), alquila el adjetivo que te eleve a la ola más libre de tu vida, abrázate a la imagen de luz que alguno un día quizá entienda cuando hayas muerto, y deja, aléjate de este cuerpo felino de muchacha que da tan sólo juventud, ausencia de ti, desnudo que desnuda tu albedrío, nada más que hermosura y (lo mísero obsceno), un cuerpo que es respuesta silenciosa a su propio esplendor, a su misterio…
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