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FUMARADAS

El “share”

CARLOS Rivera

(08/03/2006)


Qué puede decirse de un país cuyos telediarios y portadas de periódicos llevan como primera noticia del día la dimisión del presidente de un club de fútbol? Pues que algo no funciona, si una frivolidad de tal calibre acapara portadas. Ni aun considerando que el fútbol sea la segunda o la primera (no lo tengo claro) religión oficial de ese país, como aquí o en Brasil y Argentina. O el nuevo opio del pueblo que se fuma los fines de semana partido tras partido tras cuya fumata blanca o negra se van los lunes al cielo o a la nada hasta que a partir del martes comienzan a restablecerse los biorritmos. Desde luego, no pienso llevar tan intranscendente cuestión al diván del sociólogo, sólo preguntarme cómo las masas flácidas se enervan con un gol o con el fuego fatuo de un insulto racista cuando un negro prodigioso cruza como un relámpago la cancha, como dicen los sudamericanos, y la clava (la pelota) por el ángulo más inverosímil. País para psiquiatras. Excelente profesión para estos tiempos en los que los de abajo y los de arriba hacen votos para que se recupere el pulso del club de sus afectos dominantes. Aunque también pudiera ser que con un gol o un título de Liga se suavice la depresión hipotecaria al alza del euríbor y tome un color contemporáneo: el gris Juan Gris, un color de la nada, una cromática presencia que alarga y anonada la semana laboral del currante sometido a las reglas de juego del sistema.
Tiempos curiosos estos, en los que hasta la dimisión de un millonario sumerge a millares de personas y a ciertos periodistas deportivos en un estado casi catatónico. Los ves en el bar, alicaídos, lamentando la ausencia de Florentino Pérez, un señor que les había proporcionado una ilusión sobredimensionada: la de creer que el paraíso es un balón de fútbol que en las botas de Ronaldo o de Zidane adquiría la proporción de un génesis. El arrobo y el victimismo del hincha deportivo corren parejos a su dolencia más profunda: la sensación frustrante de que esa fe, la del club de sus pasiones y depresiones, es la única que le promete en esta tierra un antídoto contra el fracaso personal, pues la otra fe, la del cielo prometido, por ser tan evanescente e indemostrable, ya la perdieron hace tiempo. Es por ello por lo que no tengo claro que el fútbol no sea ya la primera religión oficial de este país, al menos entre los hombres que conozco, los que abarrotan cada fin de semana el estadio donde se liban las venturas y desventuras, que es el bar del vecindario. Y encima, ahora, por aquello del share (traducir por "la audiencia de los que se reparten el pastel televisivo") les ponen los partidos a las diez de la noche. Y ahí los ves partir al día siguiente hacia el trabajo, con la duermevela en los talones y el alma rota si encima resultó que anoche perdió el equipo del club de millonarios.
En los tiempos de Franco, no eran tan crueles. El sistema programaba los partidos de fútbol y las danzas de Educación y Descanso a unas horas decentes. Y aunque el fin fuera el mismo, distraer a la plebe para que no elucubrara y cayera en malos pensamientos políticos, ahora el sistema es más sutil, que aunque lo dirijan los de siempre, uno se siente participativo, bien sea de las hazañas y derrotas del Bar§a o del Madrid o del ya citado share que cuenta el valor de sus acciones en la Bolsa a tantos euros el cabeza de chorlito que no llega a fin de mes y se abona al digital. Que se lo pregunten a Polanco y amigos.
"Pan y circo", haber siempre lo hubo. Pero esto del share de los capitalistas de la televisión y los madrugones ¡es que te pone de una mala leche...!.
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