Claudio Rodríguez
*De Wikipedia
Claudio Rodríguez nace en Zamora el 30 de enero de 1934. Estudia el bachillerato en el Instituto Claudio Moyano y, en 1951, se traslada a Madrid para estudiar Filología Románica. En 1948, escribe sus primeros poemas y publica Nana de la Virgen María en el Correo de Zamora, en 1949. A los 18 años gana el premio Adonais por “Don de la ebriedad”, libro que impresiona a Vicente Aleixandre con el que mantendrá una amistad profunda. En 1958, publica “Conjuros” y, con la ayuda de Dámaso Alonso y Vicente Aleixandre, viaja a Inglaterra, donde trabaja como lector de español hasta 1964, en las Universidades de Nottingham y Cambridge. Descubre a los románticos ingleses sobre todo William Wordsworth y Dylan Thomas, que influirán en su poética. En Inglaterra escribe “Alianza y condena”, Premio de la Crítica 1965. En 1963, se publica “Poesía última”, antología de Francisco Ribes que incluye poemas de Claudio Rodríguez, Ángel González, José Ángel Valente y Carlos Sahagún entre otros. Vuelve a España y se dedica a la docencia universitaria. En 1976, publica su cuarto poemario “El vuelo de la celebración”. En 1993 publica “Casi una leyenda”, que será su último libro de poemas. Recibe el Premio Nacional de Poesía en 1983 por “Desde mis poemas”, recopilación de sus cuatro primeros libros. Ingresa en la Real Academia Española en 1987 en sustitución de Gerardo Diego. Premio Príncipe de Asturias y Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en 1993. Fallece en Madrid en 1999.
Hilando
Tanta serenidad es ya dolor. Junto a la luz del aire la camisa ya es música, y está recién lavada, aclarada, bien ceñida al escorzo risueño y torneado de la espalda, con su feraz cosecha, con el amanecer nunca tardío de la ropa y la obra. Este es el campo del milagro: helo aquí, en el alba del brazo, en el destello de estas manos, tan acariciadoras devanando la lana: el hilo y el ovillo, y la nuca sin miedo, cantando su viveza y el pelo muy castaño tan bien trenzado, con su moño y su cinta; y la falda segura; sin pliegues, color jugo de acacia. Con la velocidad del cielo ido, con el taller, con el ritmo de las mareas de las calles, está aquí, sin mentira, con un amor tan mudo y con retorno, con su celebración y con su servidumbre.
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