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Estructuras de lo interior


*Texto de Manuel Rico


La lectura en paralelo de los últimos poemarios de Joan Margarit y Pere Rovira produce una sensación muy peculiar. La de asistir al desarrollo, a partir del tronco común de la obra de Gabriel Ferrater, de dos ramas diferenciadas. Aunque los dos autores comparten una poética de base experiencial, ésta se concreta con un resultado distinto en cada uno de ellos. Más allá de la diferencia de edad, que no los excluye de compartir una misma generación, la distinción entre un libro y otro estriba en el distinto énfasis con que se trata la temática de la que los dos participan. Tanto en “Cálculo de estructuras” como en “El mar de dentro” hay memoria. Y meditación sobre la presencia de la muerte y sobre el paso del tiempo. Y acercamientos al poema como trasunto de vida. Y amor a los seres cercanos. Y una sentimentalidad intensa, conmovedora a veces.
Joan Margarit trata esos elementos partiendo, sobre todo, de la experiencia vivida. La infancia, la evocación de los momentos sombríos de la historia familiar, el amor recobrado en sus primeros pasos, la huella del dolor -Joana, la hija muerta, es una referencia inevitable-, esponjado por una sensación de felicidad huidiza y prolongado mediante una melancolía sutil y casi desesperanzada, sitúan al libro en el eje de su poesía más intensa y precisa, en la que comienza a frecuentar, sobre todo, a partir de “Estació de França”(1999).
De otro lado, Joan Margarit rescata, de la arquitectura, su profesión, una concepción del poema como edificio o síntesis de la vida. Es decir: como paradigma de lo exacto y despojado, de la necesaria precisión con que el lenguaje ha de tocar el núcleo de la realidad vivida, de la experiencia entendida no en su capilaridad, sino en la complejidad que abarca e integra lo soñado y leído, lo recordado y vivido o imaginado, la memoria ajena y la heredada. El poema, en Margarit, trabaja con objetos, con olores, con fotografías, con paisajes, con pinturas, para construir una visión depurada de la realidad cotidiana, lo cual quiere decir, en gran medida, para avivar la memoria. Todo ello tiene un efecto inducido sobre la cosmovisión que traslada al lector: la muerte asoma siempre. Es su amenaza la que incita a la evocación, y es su sombra la que genera la sensación de pérdida con que se reconstruyen, en los poemas, los momentos felices. Joana, el padre, la madre, los familiares próximos. Todos forman parte del coro (de la estructura) que Margarit recobra con su libro.
Los poemas de Pere Rovira, sin embargo, descansan más en la experiencia literaria. No en vano, el primer apartado del libro lleva por título “Literatura” y tiene mucho de sedimento de una educación sentimental fundida con lo literario desde la óptica de quien no sólo lee para vivir, sino para escribir fundiendo acto de lectura y proceso de creación. Así, Rovira incluye dos versiones libres de sendos poemas ajenos: “Strange fruti”, de Lewis Allen y Billie Hollyday, o “Child wife”, de Paul Verlaine, y algunos poemas proceden de lecturas de otros: Antonio Machado, Horacio, Baudelaire. La segunda parte, “El mar de dentro”, es un viaje a la intimidad. Más apegado al paisaje y a la naturaleza que el de Margarit. Y más apegado al presente: incluso cuando a la memoria alude, apela al valor del instante que se vive. También cuando se evoca la muerte del padre, una experiencia traspasada por la mirada hacia el futuro, hacia los hijos: "Los veo vivir: él me dibuja / caballos blancos". Son dos poetas que han trabajado a fondo las posibilidades de una poesía realista y emocionada renovando el legado de la lírica más experiencial de la generación del medio siglo (González, Gil de Biedma, el al principio aludido Ferrater) y que tienen en la emoción un sustrato esencial.


*Fuente : Babelia. Diario El País
Importante: Se permite la reproducción de los textos siempre que se cite la fuente
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