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FUMARADAS
Aves
Carlos Rivera (22/02/2006)
En la galopante perversión hacia la que camina nuestro mundo en lo que concierne al medio ambiente, la inocencia de los animales ha sido puesta en entredicho. Y es así que lo poco que nos va quedando de la civilización rural pasa por malos momentos. En el destino utilitario de los animales domésticos hemos interpuesto nuestra manipulación en aras del negocio hasta conseguir efectos indeseados como el mal de las vacas locas o las infinitas pestes que siguen afectando a diversas especies. Ahora estamos en estado de alerta ante la próxima aparición inevitable de la gripe aviaria y su temible virus H5N1. Las enfermedades de los animales no son cosa de ahora. No las incubaron ellos en su inocencia sino el hombre que utilizó los pesticidas en los campos, los piensos baratos y peligrosos. En el fondo de la cuestión está siempre ese gen egoísta del dinero. Quedan patentes los desmanes cometidos por el hombre contra el reino animal y el resto de la naturaleza inocente, cuando no contra sí mismo. "El hombre siempre vuelve a las andadas", decía la Epístola Universal del doctor Judas Adambis, protagonista del célebre Cuento futuro de nuestro Leopoldo Alas Clarín , el autor de La Regenta , como si se adelantara a los inconvenientes de la globalización en el impulso suicida de la humanidad hacia una especie de estupidez democrática en la pobreza del deseo. Como si presintiera que llegaría un día en el que las palabras degradadas ocuparían, entre nosotros, un lugar preeminente. "Basura", por ejemplo, es hoy una palabra categórica en el sentido testimonial. Y no sólo respecto a lo que comemos y bebemos sino con lo que alimentamos a los animales. Ahora le toca la maldición a las aves con cuyos vuelos nos extasiábamos cuando volvían en la migración de primavera. Este año no serán bienvenidas. Traen o pueden traer en sus cuerpos enfermos una amenaza para nuestra humana fragilidad. Sus adelantadas, las cigüeñas, se acercan a nuestra inminente primavera con su hierática distinción y su predilección por las alturas. Llegan con el misterio aristocrático de aquellos grandes viajeros de las novelas de Proust o Blasco Ibáñez . Este año las miraremos con recelo, no vayan a traernos esa maldad de la gripe aviaria que ha recalado como una pandémica amenaza en nuestras humanas contingencias. La degradación medioambiental, la manipulación del hombre, el resultado de sus corrupciones generadas por el único y exclusivo fin del genocio, han logrado que las aves migratorias, y especialmente las cigüeñas, pierdan su encanto. De aquellas cigüeñas de mi infancia que traían los niños de París, me hablaba mi abuela Carmen , como me hablaba de Dios y de los Reyes Magos. A la búsqueda de mi tiempo perdido hago memoria de mi niñez, cuando el cielo azul era mi casa de aire habitada por dragones fabulosos, cuentos de Saturnino Calleja y golondrinas que por Semana Santa le quitaban las espinas a la corona de Cristo, según las tradiciones populares. En aquel tiempo no se dudaba de la inocencia de los animales, como se duda ahora. El retorno de las aves migratorias este año, eso sí, nos cogerá prevenidos. Nuestras autoridades sanitarias las harán anidar en la sospecha, no vaya a ser que, en vez de la belleza de su vuelo, nos traigan un contagio mortal. Lo sentiré por las aristocráticas y distinguidas cigüeñas, a las que siempre consideré como unos animales éticos cuya sola primaveral presencia era, además de un bello espectáculo, un nutriente de nuestro juicio moral.
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