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Ernesto Sábato : una pasión invicta
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Ernesto Sábato : una pasión invicta

*Texto de Santiago Kovadloff , publicado en el Diario “La Nación” de Buenos Aires, año 2001.



La Argentina del siglo XX tiene en él una de sus más notables expresiones. Y el siglo como tal, a un apasionado interlocutor. A lo largo de su vida, Sábato exploró y discutió las ideas de su tiempo, las creencias estéticas y políticas que se desplegaron en el siglo XX, las costumbres que se perdieron y las que se ganaron en el modo de sentir, de pensar y de realizar la transición a la sociedad de masas. Aun los albores de la globalización. y los efectos profundos de la tecnología sobre la educación y la conciencia cívica lo encuentran activo, vigilante y polémico; situado,. en suma, con el ardor de sus anos jóvenes, en la primera línea del debate y de la incansable reivindicación de los derechos humanos.
En un sentido esencial, Sábato está, pues, lejos de haber envejecido. En él, la pasión por la vida sigue invicta. Tan suya como siempre lo fue, es hoy la aptitud para celebrar la fundamental supremacía de la solidaridad y la imaginación creadora entre las condiciones primordiales que requiere una sociedad civilizada. Abierto al flujo, heterogéneo y compacto a la vez, de propuestas y conceptos éticos, artísticos, filosóficos y religiosos provenientes de tantas latitudes, cosmopolita en consecuencia y heterodoxo en todos los órdenes, Sábato fue desde siempre un escritor situado resuelta y lúcidamente en su propio país, al que ama como saben hacerlo los temperamentos maduros: reivindicándolo como suyo a través del acicateo crítico, alentándolo a no identificarse con los fracasos, estimulando la comprensión de su sentido como labor de construcción incesante de criterios y parámetros que sin descuidar el progreso se muestren abiertos a los valores y dilemas constantes del espíritu. Sábato es, en este aspecto, un humanista clásico: negándose a situar al hombre como un amo sobre el mundo, se empeña en ubicarlo en el centro de una demanda de perfeccionamiento espiritual que no cesa y que se logra en la medida en que se amplía.


Decir de Ernesto Sábato que es una de las figuras más cultas de la Argentina no implica elogiar su erudición de la que, por otra parte, jamás se jactó. Sábato es uno de nuestros hombres más cultos en virtud de la intensidad y de la hondura con que llegó a vivir los problemas de nuestro tiempo; en virtud de la sensibilidad con que siempre supo comprender la indeclinable actualidad del pasado y las raí es remotas del presente. Su formación científica, por lo demás, le permitió situarse, incluso después de haberse apartado de la investigación, entre las mentes más versátiles y rigurosas con que contó el pensamiento argentino. Todo ello hace de él un referente intelectual indiscutible a la hora de trazar el perfil cultural de la Argentina del siglo XX. Si se ha insistido tanto, al mismo tiempo, en recordar su papel invalorable en los años de la última dictadura militar es porque en Sábato, ética y estética, el compromiso social y la estricta privacidad del creador de ideas y ficciones, nunca estuvieron disociadas o, mejor, nunca fueron sino ejercidas y asumidas de manera interdependiente.

Su larga vida le deparó la posibilidad de tratar con muchos de los protagonistas de la vida literaria, artística y filosófica de la Argentina de la pasada centuria, tanto como con las principales figuras internacionales que llegaron a ser expresión de su época. Desde Victoria Ocampo hasta Albert Camus, Ernesto Sábato supo situarse y ser reconocido en ese mundo polifónico de voces fundamentales donde su obra ocupa un merecidísimo lugar.

Quien lo haya frecuentado, como lo hemos hecho tantos amigos y yo, en la calidez de su hogar o en un café o a lo largo de una caminata por Buenos Aires, sabe de su generosa hospitalidad, de su apego a la conversación meditada, de su humor no del todo previsible para quienes sólo lo han tratado formalmente.

Su tránsito a la pintura, su larga y fecunda estadía entre las formas y los colores, no se cumplió en desmedro de otros intereses estéticos e intelectuales. Fue, en cambio, como todo en él, expresión de una incesante apertura de su espíritu a la búsqueda renovada, al cuestionamiento, a la redefinición. sin pausa y al replanteo poco menos que obsesivo de sus relaciones con la realidad. No se trata, en su caso, de una personalidad curiosa ni de la manifestación de aptitudes facilistas para empeñar, alternativa o sucesivamente, el cálculo, la pluma o el pincel. Sábato es, fue y será, hasta el final, un espíritu desvelado. Su inquietud es la manifestación de un modo de encarnar las ideas que hubiera hecho palidecer a Matón y suscitado, ciertamente, el entusiasmo de Spinoza. Esa versatilidad responsable le deparó la posibilidad de que, hasta algunos de nuestros grandes músicos, como Ramírez y Falú, encontraran en él al pertenecen ideal para dar curso a sus proyectos.

Lejos de consagrarlo internacionalmente, los premios que convalidan su trayectoria lo alcanzaron siempre cuando ya era un escritor popular. Y popular aquí quiere decir ávidamente leído en su país y fuera de él. Todas ellas son distinciones que implican el reconocimiento de alguien ya instalado en la opinión pública, con honda incidencia sobre ella y socialmente reconocido como una figura rica, íntegra y tan capaz de conmover como puede serlo un creador en quien la poesía y la reflexión jamás, se escindieron.

Buena parte de sus ensayos hoy puede comprenderse, acaso mejor que ayer, como una advertencia sobre los riesgos que encierra la tecnocracia; advertencia que está entre las primeras formuladas en nuestro medio. De igual manera puede verse en el conjunto de esos ensayos una exaltada reivindicación de la singularidad, de la persona como ser irreductible a la masa, a la cifra o a cualquier otro tipo de generalización que lo prive de especificidad. Es esta singularidad irreductible la que nutre, una y otra vez, sus tres grandes novelas (El túnel, Sobre héroes y tumbas y Abaddón el Exterminador), ya sea para arrancar la historia al riesgo de la abstracción, ya para trascender la obviedad que, como una pátina, suele cubrir lo concreto y lo cotidiano, rebajando el valor de lo existente a lo burdamente previsible. En sus planteos narrativos, la realidad y el delirio se empecinan en desconocer sus recíprocas fronteras y, entrecruzándose, generan atmósferas inolvidables por su lirismo y su potencia dramática. Su obra, tanto novelística como ensayística, nos propone una visión atormentada y solidaria del mundo en que vivimos y acaso sea por eso que, escribiendo, Ernesto Sábato ha sabido hacer de la Argentina una metáfora convincente de la realidad contemporánea.

La fidelidad de Sábato a su vocación es doblemente conmovedora. Por la intensidad con que siempre la vivió y porque todo lo que elaboró, en términos de ideas e imágenes sobre el hombre y su tiempo, se asienta en una vivencia arrebatada de las pasiones que ennoblecen la vida. Sábato no amó la literatura más que la vida, sino que amó la literatura, y la ama, porque le reveló la vida de manera privilegiada. Si ya su primer libro (Uno y el Universo) lo consagró como un escritor dotado de personalidad, el último (La resistencia) probó que, octogenario como era cuando lo publicó, su palabra seguía gozando de la lozanía necesaria como para convocar el interés de generaciones muy posteriores a la suya. Entre ellas está la de los jóvenes que lo escuchan y lo leen con devoción, no porque su palabra sea la de un guía o la de un visionario, sino porque advierten que en ella palpitan las contradicciones fundamentales que no vale la pena desoír, la enardecida defensa del valor de la existencia como oportunidad siempre renovada.

Cuando Sábato se vaya, no sólo se irá con él un símbolo espiritual y creador de la Argentina del siglo XX. Se irá también uno de los escritores más queridos del país. La gente, al leerlo y frecuentarlo, comprendió que acercándose a él se acercaba más a sí misma. Pero ese día, en el que sin lugar a dudas todos habremos partido un poco, pertenece a un futuro que no nos corresponde determinar. Sí nos corresponde, en cambio, saber y celebrar qué significa la presencia de Ernesto Sábato entre nosotros. Ese hombre supo estar aquí, entre nosotros, cuando nos preguntábamos con desesperación cómo seguir y hacia dónde y qué sentido tenía persistir en un país que, mediante el terrorismo de estado y la violencia extremista, traicionaba implacablemente a su gente. Así como entonces, hoy Sábato sigue aquí: como creador, es decir con una sensibilidad que no se cansa de meditar sobre nuestra vida cotidiana y de escuchar sus conflictos; como conciudadano, es decir manifestando, con indeclinable puntualidad, las exigencias cívicas que nuestra democracia no puede desoír sin empobrecerse.

Como a todo hombre notable, son tal vez muchas las cosas que se le pueden reprochar a Ernesto Sábato y son muchos también los que desaprueban sus obras y sus conductas. Pero quienes así proceden

no tienen derecho a olvidar que la Argentina y la cultura argentina del siglo XX no serían lo que fueron sin su presencia, sin su pensamiento, sin su voz. Discrepar con él es legítimo; negarlo, un acto de mezquindad.

Más allá de las coincidencias que con él se tengan, cabe reconocer que Sábato polemizó con muchas de las ideas y de los ideales surgidos en su tiempo con una intensidad ejemplar. No se inclinó ni ante los sueños totalitarios de la izquierda ni ante las aspiraciones autoritarias de la derecha. Cuestionó con pasión todo lo que le pareció discutible; defendió con valentía todo lo que le resultó imprescindible, y si incurrió en el exceso y aun en la arbitrariedad, lo hizo llevado siempre por la necesidad de sus convicciones, por su libertad y por su propia complejidad. Si no le debemos definiciones terminales sobre nada, le debemos en cambio ideales imprescindibles sobre todo. Y a ellos hay que añadir una deuda más: la de un tono, la de un modo de enunciación en los cuales era posible oír respirar a un hombre entero. Enamorado del lenguaje como sólo puede estar un auténtico escritor, jamás situó la belleza por sobre la verdad, ni a ésta fuera del escenario donde tienen lugar el derecho al debate y: a la revisión crítica. De modo que, su vida no resulta ejemplar por encontrarse exenta de errores y conflictos. Es ejemplar porque Ernesto Sábato supo retractarse, cuando lo creyó necesario, de los excesos que estimó haber cometido. Temió siempre mucho más la soberbia que su admisión arrepentida. Sábato es la expresión de un esfuerzo de vigilia, de lucidez en el cual la ética está en el centro de su inquietud y en la base de su inspira da producción.

Nada quiso enseñarnos. Buscó, eso sí, exponerse, darse a conocer siempre en lucha consigo mismo y, acaso por eso, alcanzó a convertirse en un ejemplo elocuente de la intensidad que agobia a un alma cuando en ella el afán de autenticidad combate contra el prejuicio, la estrechez de miras, la arbitrariedad.

Traducida a incontables idiomas, su palabra recorre las latitudes más insospechadas de la tierra. Y lo hace siempre sembrando asombro, brindando consuelo y promoviendo conciencia. Su producción, esa producción relativamente reducida, integrada por tres novelas y algunos ensayos, está provista a tal punto de sustancia, de tal grado de íntima tensión y de aptitud comunicativa, que su difusión contribuyó a que la imagen de nuestro país no se extraviara en lo unilateralidad de los diagnósticos que la reducen a su decadencia o a la ineptitud para madurar como nación. Hombres y mujeres como él, obras como las de hombres y mujeres como él, han sabido decir que los argentinos somos algo más que impotencia y algo mejor que nuestra larga noche de desaciertos políticos.

A un hombre de noventa años no debe deseársele una larga vida por, que ya la tuvo. No puede pedírsele que se cuide porque, en la medida de sus posibilidades, ya lo hizo. A un hombre de noventa años, si ese hombre se llama Ernesto Sábato sólo cabe expresarle gratitud por el hecho de que a lo largo de nuestra vidas, la suya haya estado presente, brindándonos claridad cuando la bruma nos agobiaba, reconfortándonos cuando el pesar nos enclaustraba en la desesperación. Algún día su nombre, seguramente designará una calle, o más de un de este país. Pero, desde ya, él debe saber que su nombre está inscripto en nuestros corazones. Es nombre, el suyo, es una clave que desplegada, nos ofrenda voces y días, ideas y sueños, personajes inolvidables, latitudes contrastantes de nuestra nación que encontraron en su persona una claridad y una fuerza de enunciación siempre decisivas. Participación y poesía. Solidaridad e intimidad. Es significa el nombre de Ernesto Sábato. Nada nos debe este hombre de noventa años al que, sin duda tanto le debemos.


*www.la-lectura.com/tinta/tinta-12.htm
Importante: Se permite la reproducción de los textos siempre que se cite la fuente
Carlos Rivera » Escrituras » Respuesta

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