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FUMARADAS
Perder los papeles
Carlos Rivera
(25/01/2006)
El alcalde de Salamanca ha perdido los papeles. No los del Archivo Histórico, que están a buen recaudo en su hermosa ciudad, sino los papeles de las buenas maneras que se le deben suponer a un señor que se apellida Lanzarote, como aquel Lanzarote del Lago de nuestras románticas lecturas juveniles. El alcalde ha perdido los papeles por el traslado a Madrid, destino Cataluña, de los archivos que fueron sacados de la Generalitat, "manu militari", en el transcurso de la desventurada guerra civil de nuestros padres y abuelos. Papeles viejos de viejos asuntos que de no ser por las circunstancias políticas a nadie le hubieran interesado salvo a ciertos historiadores y a los catalanes (que no serán muchos) que tengan conciencia de su memoria histórica. Tan es así que estoy plenamente convencido de que la inmensa mayoría de los salmantinos que se manifestaron por los dichosos papeles, ni tenían idea de lo que eran ni de la bulla que iban a formar. A esa inmensa mayoría de salmantinos incluso la existencia de un Archivo Histórico Nacional en su ciudad les traía al pairo. Así somos. De no ser por la negra honrilla del agravio supuesto a la patria chica no hubiera mostrado la ciudadanía de Salamanca el menor interés por esas cajas llenas de documentos envejecidos por la pátina del tiempo. En medio del conflicto de los papeles de Salamanca el componente tribal de la memoria histórica cercana ha recuperado una parte de su contenido. Ha vuelto a establecer una trinchera guerracivilista atenuada. No se hará sangre, ni siquiera en sentido metafórico, por un asunto que siendo de interés nacional se ha estancado en un tozudo localismo. Para el sentido común, lo conveniente es que esos archivos vuelvan al lugar de donde fueron deslocalizados. Pero como el sentido común, como sabemos, es el menos común de los sentidos, en este país, como también sabemos, puede formarse una tormenta en un vaso de agua por cualquier retórico "quítame allá esas pajas" de dudosos localismos. De modo y manera que el señor Lanzarote, alcalde de Salamanca, siéntese tan agraviado que no ha tenido reparo en convocar a las multitudes con una publicidad engañosa, recurriendo a una frase de don Miguel de Unamuno, que fuera rector de la Universidad de su ciudad, cuando dijo, a propósito del alzamiento militar de 1936, "venceréis pero no convenceréis". El alcalde Lanzarote, del PP, no ha tenido inconveniente en hacer uso indebido de Unamuno, como Aznar, en su día, hizo uso indebido de Azaña. ¡Cosas veredes!. No cabe duda de que el alcalde Lanzarote ha perdido los papeles, en los dos sentidos que conciernen a la frase, aunque no tanto como ese capitán de la Legión que, en plan mesías, quería trasladarse con su compañía a Madrid para entregarle una patriótica carta de agravio a su ministro de Defensa. Que no cunda el ejemplo, porque si comenzamos todos, civiles y militares, a perder los papeles, que nuestros manes históricos nos libren de tanto frente abierto en la convivencia pacífica que tanto nos ha costado alcanzar. De los documentos sustraídos en su día a la Generatlitat catalana ha quedado copia autentificada en el Archivo de Salamanca. No han sido "expoliados a sangre y fuego" como dice, exaltado, el alcalde Lanzarote, sino que el traslado fue votado por una mayoría del parlamento español. Y no hay expolio sino restitución a sus legítimos archivos de Cataluña. No hay lugar, pues, a los exabruptos verbales, tan desmedidamente cometidos en este país por quienes pierden los papeles todos los días. Como esos senadores del PP que no han tenido el menor pudor moral al comparar el triunfo electoral de Zapatero "entrando en el Congreso en trenes de cercanías" (así, brutalmente pronunciado) con los desafueros del simbólico caballo del general Pavía y las pistolas y metralletas de Tejero y sus acompañantes. Esas burradas son propias de unos tiempos que no conviene recordar. Ese lenguaje que pierde los papeles no sólo de la buena educación sino de las buenas maneras políticas es un lenguaje de barbarie. Nos retrotrae a los más desventurados recuerdos de nuestra historia común, cuando los que perdían los papeles pasaban de las palabras a los hechos de sangre fratricida. Y es propio de unos personajes, ya sean un alcalde, un capitán de la Legión, un general o un senador electo, que pretenden convertir nuestro presente democrático en el inquietante "pandemonium" de un futuro por nadie deseado. Por mucho que lo pretendan esos matones de palabra, no van a conseguir que los ciudadanos perdamos los papeles. Faltaría más.
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Carlos Rivera
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