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FUMARADAS

Artículo octavo

Carlos Rivera

(18/01/2006)


No vamos a remontarnos a las mesnadas de Viriato que, según la leyenda, está enterrado cerca de mi pueblo, en el castillo de Azuaga. Ni Viriato, ni Indíbil y Mandonio tenían una tropa. Con ellos nace la "guerrilla", palabra universalmente española por individualista e imprevisora. Los soldados iberos, con su variado componente tribal, debieron ser una especie de OTAN del secano. Para hablar del ejército español en el sentido moderno tendríamos que hacer las cuentas de nuestro Gran Capitán después de la guerra contra el moro. Hasta entonces sólo podía hablarse de glebas campesinas obligadas a dejar la mancera del arado y empuñar, por feudal obligación, las armas de la conquista y de la reconquista del país de la fe y no de la autoestima de sus condiciones sociales y personales.
Con don Gonzalo de las Tendillas nace el ejército, el soldadito español se convierte en depositario del destino en lo universal y comienza a poner picas en diversos flandes a cambio del beneficio del botín.
No tienen buen recuerdo de nuestros tercios y banderas en plan "marines" de los siglos por los paisajes de la vieja Europa. A paso de infantería ligera fuimos dejando miedos y cadáveres a modo de prestigio secular. Un prestigio dilapidado hasta el extremo de la decadencia, del ridículo colonial, del golpe de Estado decimonónico en movimiento contínuo, de la guerra civil como larvada enfermedad de un cuerpo histórico en el que el soldadito español sólo era un apéndice de orgullo en su inocente condición de súbdito sometido al azar de carne de cañón de la política.
Desde el poema heroico de Mío Cid y la burlesca "Mosquea" de Villaviciosa el soldadito español es una anónima entelequia sacrificada a mil causas que, en el fondo, le importaban un bledo. José Moreno Villa hizo de él un gélido retrato: "Te morirás prestado/ y nadie entenderá tu voz postrera/ por más que cielo, luz, espada y fuego/ se digan "cielo", "luz", "espada" y "fuego"/ en la tierra en que mueras./Tu madrina de guerra no es tu madre/y si morir es retornar a un seno/irás al que no es tuyo".
Eludo hablar del soldadito de cuota y de otras históricas injusticias. Eludo hablar de los forzosos heroísmos y de las gestas que sonrojan. Eludo hablar del prestigio de la muerte tan propio de la casta militar, cuya pesada carga ha soportado, sobre todo, el soberano pueblo que ha contribuído con más muertos que nadie a los desvaríos militaristas del poder. Hoy, en la paz, las cosas han cambiado. Se ha suprimido la mili obligatoria y el soldadito español se alista porque quiere, porque no tiene perspectivas de futuro o incluso porque un desamor le ha inferido una herida romántica a su sensible corazón civil. Tal vez por eso, el soldadito o soldadita españoles ya no pretenden salvar sino la propia patria de su ser, la más necesitada. El factor económico o social ha sido su banderín de enganche. Es un obrero del Ministerio de Defensa que cobra por los servicios prestados. Y, como tal, está sometido a la movilidad geográfica.
Como en los viejos tercios y banderas que sembraron Europa de miedos y cadáveres, el soldado profesional, cumpliendo órdenes, acude a Afganistán, a Haití o a donde le ordenen sus superiores civiles del Gobierno en el sagrado nombre de la democracia y de la paz, que han acabado por reconciliarnos a todos, o a casi todos, con el Ejército español, profesional y disciplinado y con prestigio reconocido y merecido.
Ocurre, sin embargo, que en los civilizados cuarteles de la paz, hay opiniones. Pues, como en cualquier conjunto de personas, faltaría más. Un soldado es un ciudadano que tiene sus ideas políticas. Otra cosa es que, como tal, pretenda expresarlas públicamente haciendo uso de su rango superior para interferir en el decurso de la democracia civil. Lamento compartir con pesimismo la opinión de bastantes ciudadanos en el sentido de que todo ha cambiado en el Ejército excepto el discurso de algunos de sus altos mandos que aún creeen erróneamente en la existencia de un poder militar.
No es de recibo que, a estas alturas, un general aluda veladamente a una posible intervención del Ejército para salvarnos nuevamente no sabemos de qué o de quien. Ha ocurrido y ese soldado superior ha sido convenientemente destituído. Una anécdota salida de tono no hará categoría. El Ejército de la democracia no debe perder su prestigio porque un general haya tenido un antidemocrático desliz. Tal vez no supo interpretar adecuadamente el artículo octavo de nuestra Constitución. En el supuesto de que lo haya leído.
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