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El infierno es el cielo
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EL INFIERNO ES EL CIELO

CARLOS RIVERA

En cualquier ciudad americana, a estas horas, cualquier reverendo Jackson, anabaptista y forrado de dolares, está predicando la próxima llegada de la Ciudad de Dios. Todos los reverendos Jackson que conozco son concienzudos milenaristas, lideres de los ejércitos de salvación de las almas americanas y apóstoles de la doctrina del apocalipsis, según la cual el fin del mundo debió haberse consumado en el año 1.000. Sólo que como ellos nacieron después han aplazado un milenio la ejecución de la sentencia. Así que todos los reverendos Jackson, muy listos, están acaparando fortunas considerables a costa de la inocencia de la gente en un país sin historia ni método científico para corregir los errores de desviación de la escuela de Aristóteles. Aunque lo mismo puede ocurrir en este país nuestro, en el que a falta de reverendos Jackson tenemos videntes y pícaros de todo uso que aparecen en la televisión para avisarnos del fin del mundo, que debe ser una mezcla entre el efecto dos mil de los ordenadores y el advenimiento de lo que los milenaristas llaman la Ciudad de Dios. Razón por la cual algunos hemos tomado ya las vacaciones, encerrándonos en el paraiso de un libro para observar, como Galileo, los hechos empíricos en bruto, por medio del pensamiento, por si las moscas.
En esto estamos cuando aparece el Papa procedente del Valle de Aosta con un ligero bronceado sobre su anciana piel para decirnos que el cielo, como tal lugar físico, no existe, sino que es una abstracción relacional entre los seres humanos y Dios. Con lo que deducimos que el infierno, depósito de imágenes de terror de nuestra infancia, también debe de ser una abstracción relacional con los agentes del mal. Los jesuítas, que hilan tan fino, lo confirman en el último número de su revista “Civilttá Cattolica” : “ el infierno, aunque existe, y es una verdad de fé, no es un lugar sino un estado del alma”.
Ni el Bosco, ni Fra Angélico ni el Dante tenían sentido del humor al pintar o describir esas alucinantes cuítas de los humanos en las profundidades de la tierra, cercados por el fuego, terrible criatura elemental como salida de millones de lanzallamas del paranoico Rambo de las películas. O sea, para ponernos al día : el calor ha dejado de ser una pena de condenación. ¿ Y qué es : un estado del alma ?. En cierto modo, sí. Salga usted a la calle, cualquier cuatro de la tarde de Córdoba, y podrá comprobar otra teoría más curiosa : el infierno es el mismo cielo echando penas de condenación de cuarenta grados y más, derritiéndonos el mismísimo estado del alma. Esto sí que es una verdad de fé y no la opinión de Sartre ( “el infierno es el otro”) que era tan listo como los jesuítas.
Así que los condenamos a todos, a Sartre, al Bosco, a Fra Angélico, al Dante, a descender desde donde estén y pasearse por nuestras calles de verano de dos a cuatro de la tarde. Comprobarán que no es una metáfora ni un estado del alma sino una pena de los sentidos esta conjunción del cielo y el infierno en un mismo lugar que sí existe y tiene un nombre, Córdoba, “civitta vecchia” redundante en su historia de insoportables calores y de la que podría decirse que la mitad de sus habitantes, de creer en el cielo, lo situarían en un lugar de la costa de Málaga llamado Fuengirola donde se juntan cielo y mar con un mismo color y un mismo paladar de playas y espetos de sardinas. El mismo Papa debería pasarse por allí para que deje de pensar que el edén no es ubicable, puesto que hasta Rafael, uno de sus arcángeles más apreciados, vigila desde lo alto el cumplimiento de la catequesis del Paraíso con mayúsculas.
De haber veraneado en Fuengirola mi admirado poeta Charles Baudelaire, (que pasó, como todos sabemos, una temporada en el infierno durante la cual cortó, en forma de poemas, todas las imperecederas flores del mal posibles), habría cambiado el sentido de sus opiniones acerca de los filtros infames de la vida con los que se drogó su alma atormentada.
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Carlos Rivera » Artículos de opinión (1998-2003) » Respuesta

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