EL AROMA DE LO PRODIGIOSO
CARLOS RIVERA
Melmoth, el errante, a quien acabo de volver en una deliciosa lectura, es el canto del cisne de la novela gótica. Su sombra, de siniestra mirada, cabalga sobre el tiempo como una percepción invisible. Ultimamente ha sido detectada su presencia, mediante pluscuamperfectas psicografías, en los bancos de nuestro parlamento andaluz, mientras se debatía la controvertida ley de cajas. Alguien me ha asegurado haberlo visto en los ojos de un curioso personaje de esta ciudad y quijote de la derecha errática, durante la semana fantástica en la que se debatía dicha ley. Mi informador, de profesión fotógrafo, quiso espantarlo con una carcajada, pues ya se sabe que los diablos menores le temen a la risa, tal como llegó a intuir el mismísimo Lord Byron, especialista en fantasmas góticos, los más literarios. En sus difuntas formas pueden adivinarse no sólo las estrofas más sublimes sino las narraciones más espeluznantes. Así lo ha afirmado el cineasta Spielberg, que jura haberlos cazado con la cámara, embutidos en uniformes de las SS, durante el rodaje de la “Lista de Schindler”. Y es que de todos los fantasmas de este mundo son los góticos los más solicitados, porque se prestan muy fielmente a la pincelada imaginativa del literato y, además, son los más persuasivos y propagandísticos. En los tiempos de hoy, tan prosaicos e insustanciales, es verdaderamente difícil atrapar la presencia de Memolth y sus congéneres, salvo para espíritus refinadamente sensibles. En esta, como en otras cuestiones, es indispensable la fé, la cual no sólo mueve montañas sino que puede hacer ver fosforencias en estado fluctuante, cortinajes que se mueven en atmósfera vacía o indebidas transparencias en un debate parlamentario o en una reunión de amigos. Para ello no se necesitan castillos en ruinas ni puertas secretas ni murmullos improcedentes. Sólo la fé en lo sobrenatural, como en “Los misterios de Udolfo”. O la locura con poder de evocación, como en “El manuscrito de Missolonghi”. O una alucinante embriaguez a lo Edgard Allan Poe, mientras escribía “El cuervo”. Yo no es que crea en estas maravillosas y espeluznantes historias, pero si soy propicio a no darlas por inciertas, porque de nada puede uno asombrarse en este mundo. En cualquier tiempo, desde Propercio a Paul Valery, ha existido la creencia en la tentativa humana a poblar los espacios vacíos, dicho sea en un sentido simbolista y transcendente. De benignas o malévolas sombras están llenos los espejos de Maricastaña, los muros y las calles, los laberintos y las balaustradas. Una bien dispuesta y voladora imaginación, al estilo Lovecraft, puede llenar de noches de Walpurgis la más racionalista de las mentes. E incluso las poco poéticas mentes rediticias de los políticos y de los banqueros. Sólo hace falta una situación propicia, como que lo sobrenatural, por ejemplo, invada el espacio de los intereses económicos. No es extraño, por tanto, que se haya percibido la presencia de Memolth en un debate parlamentario puramente economicista y con intereses contrapuestos. Melmoth y sus congéneres pueden estar en cualquier sitio. Hasta en la alfombra de las palabras de un debate, en una conferencia de prensa, entre los fríos números de los presupuestos del Estado. Aunque yo esté más cerca de creerme aquella deliciosa historia que contaba Cunqueiro, el cual afirmaba haber sido testigo, con ocasión de una visita a Irlanda, de cómo unos pájaros contaban, desde una ventana, los amores de Doña Ginebra. A mí mismo me ha sucedido encontrarme la transparencia de Abderramán III en algunas de mis muchas visitas a las ruinas de Medina Azahara. Tal como le sucedió a Antonio Muñoz Molina, en algún lugar de nuestra Judería, cuando vino a nuestra ciudad para escribir “La Córdoba de los Omeya”. Tengan, pues, cuidado, porque en cualquier lugar puede percibirse el aroma de lo prodigioso : en un arcón demasiado antiguo, en un espejo de procedencia ignota o en diversos sucesos aislados cuya conexión lógica apenas nos atrevemos a formular.
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